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No es de acá, ni de allá. De familia surcoreana, nació en suelo japonés, pero juega para los norcoreanos. Jong Tae-Se representa a un país en el que jamás vivió, pero del que se siente identificado. En todos lados es ciudadano de segunda, pero él se cree un jugador de primera.
Con 26 años, el delantero que juega en el fútbol nipón llegó al Mundial de Sudáfrica como la gran figura de Corea del Norte. Le dicen "El Rooney norcoreano", aunque él va por más y aclara que juega como Didier Drogba. Junto a un plantel de nulo roce internacional (salvo Tae-Se y otros dos futbolistas, el resto de los que integraron la lista jugaban en la liga local y no hablan otro idioma que el propio), el delantero mostró lo mejor de su repertorio en la derrota ante Brasil. La mínima diferencia ante el conjunto más poderoso del grupo motivó a los asiáticos, pero Portugal (0-7) y Costa de Marfil (0-3) los volvieron a poner en órbita. El golpe retumbó por encima del "Paralelo 38", la línea imaginaria equidistante entre el río Yalu y el sur de la península. El gobierno de Kim Jong Il no televisó en directo el choque ante los brasileños, por miedo a una goleada. Pero, entusiasmados, se rindieron ante el fútbol y las autoridades en Pyonyang autorizaron transmitir en directo las acciones del cotejo ante los lusos. Ceguera dictatorial, que le dicen.
Fue tanto el misterio que rodeó la llegada del equipo norcoreano a Sudáfrica que dejó un tendal de curiosidades, como las de entrenarse en un gimnasio público de Johannesburgo, inscribir a un delantero como arquero o tener que aclarar, por intermedio de la siempre correcta FIFA, que no habían desertado cuatro jugadores en la antesala del debut mundialista.
Dentro de ese ámbito se mueve Jong Tae-Se, el hombre que saltó a la fama mundial por llorar en el momento del himno. Tae-Se nació en Nagoya, Japón, hace 26 años, y su historia le suma un ribete aún más colorido al equipo más pobre de la cita ecuménica. Es un descendiente de surcoreanos, que nació en Japón y que optó por la ciudadanía norcoreana siguiendo los consejos de su madre, una ferviente seguidora del comunismo. En territorio japonés es considerado un ciudadano de segunda por sus raíces, aunque mostró nivel de delantero de primera en Kawasaki, de la J-League. En marzo de 2010 confesó que debía esforzarse el doble "porque mis goles no los pasan en televisión". Después de Sudáfrica, el salto fue hacia las grandes ligas: ahora, milita en Bochum de la Bundesliga alemana.
En la tierra del sol naciente fue educado en una escuela norcoreana, bajo los ideales de Pyongyang. Pero en cualquier otro régimen comunista podría estar bajo la mira: habla japonés, maneja el inglés y mantiene conversaciones en portugués. "Eu quero outro pais. Alemanha, Inglés (sic), Espanha. Trazer um bom contrato", dijo en una entrevista realizada por la revista Veja, en la que dejó en claro su amor por el dinero. Dentro de su visión capitalista se cuentan su Hummer plateada, el fanatismo por el rap, su Play Station portátil, su laptop, su Nintendo y la infaltable Ipod. Mientras, la mayoría de sus compañeros desconocen que es eso de ver televisión.
"No me voy contento porque tenía esperanzas de sacarle un punto a Brasil", contó Tae-Se, tras la primera derrota mundialista, mientras el asistente del cuerpo técnico Kim Myong lo tomaba del brazo y le apresuraba el paso. Pero él agregó, en charla con la agencia DPA, que "la gente no sabe nada de Corea del Norte. Queremos cambiar la imagen". A su lado, el resto del plantel se retiró sin hablar. Además de no conocer otro idioma, los compañeros no aceptan siquiera un intérprete.
Corea del Norte volvió a un Mundial tras 44 años, pero su papel fue demasiado pobre. Insinuó en Johannesburgo, pero se terminó desinflando en Ciudad del Cabo y en la siempre cálida Durban. Entre las decepciones del torneo, emergió el oriental con vida en Occidente.
En la eliminatorias del Mundial 2006, tras ver cómo quedaba afuera Corea del Norte, decidió jugar para ellos. Aunque legalmente no puede renunciar a su nacionalidad surcoreana, Jong siempre renegó de ella y se siente norcoreano. Su pasaporte de la República Popular Democrática de Corea se lo debe a las gestiones de organizaciones norcoreanas en Japón. Más allá de las consecuencias políticas de desertar hacia el Norte, su juego no mermó. Más bien inició una clara progresión futbolística.
En la parada de un viaje de Suiza a Austria, sus compañeros salieron horrorizados al comprobar que debían pagar para usar un baño. "Esto es verdaderamente la sociedad capitalista", le reprocharon al ídolo. A quien no consideran "lo suficientemente norcoreano".



