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Hace poco menos de cuatro años, cansado porque Argentino de Rosario le debía cinco meses de sueldo, Uriel Marcelo Bartolucci le dio un nuevo rumbo a su carrera futbolística. Su nombre no integra la gran cartelera del fútbol, pero sí figura en un salvaconducto que abre muchas puertas: el pasaporte comunitario europeo. Atrás quedaban su paso por Newell’s -jugó dos partidos en primera en 1996, con la dirección técnica de Mario Zanabria y con Raggio, Siviero, Hernán Franco y el búlgaro Iotov como algunos compañeros de época- y los cuatro años en Argentino de Rosario, con el que obtuvo el ascenso a la B Nacional.
Recaló primero en Preñá de Mar, de Cataluña; luego en Castellón y ahora está en Avilés, de Asturias. Todos equipos de la Segunda B -tercera división- de España. Categoría en la que Bartolucci pasó de un nivel de vida modesto a las penurias económicas, con unas consecuencias inmediatas sobre su salud. El domingo último, mientras enfrentaba a Racing de Santander B en el estadio Nuevo Román Suárez Puerta, pidió ser reemplazado a los 14 minutos. "Empecé a sentir que se me aceleraba el pulso, palpitaciones. Una sensación de agobio y de opresión. Me asusté mucho, me pegué un ca... bárbaro", cuenta en una charla telefónica con LA NACION.
Lo trasladaron a la clínica Rozona, donde le diagnosticaron un cuadro típico de ansiedad, con ataque de pánico. ¿Motivos? A Bartolucci y al resto del plantel les deben tres meses de sueldo, y a este santafecino nacido hace 27 años en Cañada de Gómez lo invadía la angustia porque veía que empezaba a no poder satisfacer las necesidades básicas de la familia que forma con su mujer.
"Nunca me había pasado algo así. Sufrí una crisis de ansiedad. Venía muy preocupado porque no nos pagan. Los dirigentes prometen y no cumplen. Unos a otros se pasan la responsablidad. Nunca me imaginé que iba a pasar por una situación así. Para eso me hubiera quedado en la Argentina. Creía que estas cosas sólo pasaban en nuestro país, pero aquí también hay gente que no cumple", comentó Bartolucci.
La incertidumbre económica repercutió en su estado psicofísico. "El sueldo promedio en esta categoría oscila entre los 1200 y los 1500 euros. Yo alquilo y pago 400 euros. En los últimos meses se me fueron los pocos ahorros; ya tengo que empezar a cuidarme en las compras básicas. Veía que no podía pagar el alquiler, que me iba a atrasar. No podía sacarme estos problemas de la cabeza. Le pedí el dinero a un dirigente y me lo dio, pero me hizo sentir que me estaba haciendo un favor, como si no nos debieran nada. No me gustó la actitud."
Su descompensación en la cancha tuvo bastante repercusión periodística en España. "Se armó mucho revuelo, pero nunca estuve grave. Tampoco me desvanecí, salí caminando. Si hubiera querido armar algo así para llamar la atención y tratar de que nos paguen, no me hubiera salido tan bien. Lo que pasa es que el ambiente está muy sensibilizado por las últimas muertes que hubo en las canchas (el camerunés Foe y el húngaro Feher)", explicó.
Bartolucci no volvió a los entrenamientos durante esta semana, a la espera de los resultados de unos análisis. "Me dijeron que me tranquilice, que me tome la situación con calma. Tengo que aprender a tomarme las cosas con más serenidad. Lo que pasa es que está saliendo todo mal: además de la deuda, el equipo está último. Es otro ingrediente para la crisis que sufrí".
El caso de Bartolucci se suma al que hace poco protagonizó Mauricio Pellegrino (Valencia), que ante Celta padeció una lipotimia por estrés -sin connotaciones económicas- y lo sacaron en camilla.
Por estas horas, el plantel de Avilés amenazó con una huelga si no le saldan la deuda. Mientras, Bartolucci carga con el desánimo de la imposibilidad de progresar, aspiración de todo emigrante que sale a ganarse la vida: "Esto que me pasó me hace replantear un montón de cosas. Con mi esposa hablo mucho. Jamás imaginé que me iba a suceder algo así". Bartolucci nunca ganó mucho dinero con el fútbol, pero sí el necesario como para llevar una existencia digna y disfrutar de su profesión. Hasta el último domingo, cuando su angustia se devoró al jugador y a la persona.


