La lámpara de Aladino

El técnico del seleccionado desmenuza el juego del 10 y cuenta qué sensaciones le provoca compartir la vida con un geniecillo
Alejandro Sabella
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24 de diciembre de 2013  • 02:03

Una encuesta realizada recientemente por ESPN en los Estados Unidos acaba de situar a Lionel Messi como uno de los 10 deportistas más admirados por el público norteamericano, detrás de figuras como Michael Jordan y LeBron James, ambas leyendas de la NBA, pero por encima de estrellas rutilantes como Serena Williams y dos astros del fútbol americano. Ese solo dato da una dimensión exacta del peso que tiene Messi en este mundo global.Cada uno en su disciplina puede tener diferentes sensaciones y realizar distintos análisis de lo que representan algunos personajes importantes. Pero Messi inspira de una manera diferente, provoca sensaciones verdaderamente únicas.

En un partido de fútbol, todo es distinto con él o sin él. Es Leo quien invita a querer estar presente en un campo de juego. La gente quiere verlo dentro de una cancha. Jamás vi que nadie movilice como él lo hace. Es ir a la India y ver que despierta locuras. Es estar en Bangladesh y que se generen procesiones similares a la de una asunción de un primer mandatario. La gente espera a que pase esa persona especial, como lo es Messi. Y cuando llega a la Argentina la gente va a la cancha a verlo a él. Por eso, se potencia la preocupación de la gente cuando él no está. Todos quieren que se cuide, porque con él se generan ilusiones más intensas.Y uno como entrenador tiene la tranquilidad de contar con un jugador que te puede ganar un partido, que te puede resolver, con un gesto, una historia. Él le ofrece a sus compañeros la confianza necesaria para hacerlos crecer. Sentimos que tenemos al as de espada con nosotros y que es argentino. En el rival despierta una inquietud constante. Messi es un fenómeno mundial, una de las personas más conocidas del planeta, un jugador extraordinario y sabemos que todas las personas que son extraordinarias, trascienden todo tipo de fronteras y rompen todas las barreras de lo imaginado.Cuando agarra una pelota en un estadio se electrifica todo, te genera una esperanza, querés que él tenga el balón siempre porque sentís que puede ganar el equipo. Va de cero a cien como nadie, tiene un manejo de la herramienta como ninguno, es increíble. Tiene una comprensión del juego impresionante. Tiene la capacidad de los genios porque mentalmente es superior. Y físicamente está dotado en un nivel más alto que el resto. Es un deportista que ve cosas del juego que los demás no pueden advertir.Y es tan alto su rango de genialidad que es un desafío para uno como entrenador tenerlo dentro de un equipo. Entonces, hay que tener sensibilidad, tacto, saber qué decir, cómo hacerlo y cuándo, justamente porque a los genios hay que saber interpretarlos, escucharlos, esperarlos. Como alguna vez me dijo Guardiola, a Leo hay que hablarle poco, rodearlo en el equipo con compañeros que lo ayuden a hacer el trabajo más sencillo y hay que escuchar atentamente lo poco que dice. Hay que dejarlo que haga en el campo lo que a él más le gusta: jugar. Y aprender de él, también, porque de solo mirarlo desplazarse en el campo, de solo prestar atención a la manera en que distribuye el juego, de solo poner en foco los pequeños movimientos que hace en el dribbling, todos enriquecemos nuestra propia visión del juego.Por supuesto, para cualquier entrenador siempre es bueno compartir espacio con una persona tan influyente. Es un modo, también, de tutearse con un pedazo de la mejor historia de nuestro deporte.

Tiene una comprensión del juego impresionante. Tiene la capacidad de los genios porque mentalmente es superior. Y físicamente está dotado en un nivel más alto que el resto

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