La pelota está manchada

Daniel Arcucci
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23 de junio de 2002  

OSAKA, Japón.– Demasiadas cosas hay en juego como para dejar todo esto en manos de incapaces. Este Mundial no merece, ya, ser calificado como el de las sorpresas, eso sería una superficialidad: merece ser dejado sin efecto en este mismo momento, declarado nulo, por culpa de los errores –no hay pruebas para ir más lejos, lamentablemente– de estos jueces impresentables a los que la irresponsable FIFA les dio la responsabilidad, paradójicamente, de impartir justicia. Basta, basta ya. Ni chicos que se acercan a los grandes, ni fútbol emergente que evoluciona. Pavadas. Este Mundial es sólo una penosa injusticia.

Escribo esto temblando de bronca, con el corazón palpitando, desde la sala de prensa de Osaka, donde dentro de un rato jugarán senegaleses y turcos. No me curo el espanto, hasta tengo el presagio de que algo raro puede volver a pasar. Algo como lo que acabo de ver por televisión: vi, igual que el resto de los amantes de este juego alrededor de todo el planeta, cómo le robaban a España su ilusión.

Un delito perpetrado por un tal Gamal Ghandour, árbitro de Egipto –un país que, como se sabe, tiene una enorme trayectoria en la historia del fútbol–, un tal Michael Ragoonadh, de Trinidad y Tobago -otro grande de este deporte-, y un tal Ali Tomusange, de Uganda -casi tanto como los otros dos-, pero avalado por la misma FIFA, que los designa y califica.

Y no es sólo por lo que ha sufrido la pobre España que esta Copa del Mundo ya no es seria. Hay que sumarle que Brasil llegó a donde llegó no sólo con el talento innegable de su Fórmula R, sino también con la ayuda de tristes jueces, decisivos para que pudiera superar a Turquía y a Bélgica; que Italia no sigue por estas tierras por culpa de su amarretismo, sí, pero más que nada por los errores de árbitros, que le anularon goles lícitos y trascendentes contra Croacia, México y... Corea; que a Estados Unidos le birlaron la posibilidad de seguir escribiendo su historia, como antes lo habían ayudado a acrecentarla; que... ¿hace falta más, es necesario?

No me interesan, ya, los Diablos Rojos que copan las tribunas coreanas, ni tampoco esos futbolistas que más que eso parecen karatecas, aunque analicemos que han evolucionado tanto. Si el fútbol es resultado –como lamentablemente han logrado que sea–, éste debe cancelarse, tiene el vicio de la nulidad. Nada de lo que suceda de ahora en más será cierto. Nada. Todo estará salpicado por la duda, por la sospecha. Parafraseando a Maradona, hay que decirlo: la pelota está manchada.

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