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En tiempos en los que los entrenadores están por encima de cualquier actor del fútbol argentino, nace la pregunta, una vez más, sobre su influencia en el resultado de un partido. En la antesala, un director técnico diagrama los partidos y elige a los jugadores que van a ser titulares. Durante el juego, ayuda con sus indicaciones y, también, contagia estados de ánimos con sus acciones.
Américo Rubén Gallego es un entrenador de mucha experiencia. Muchísima. Campeón en nuestro país con River, Independiente y Newell's, le sobra vestuario como para saber ser piloto de tormentas, justamente con climas como el de ayer en cuanto a la lluvia y a la situación especial que vive el equipo de Avellaneda. Gallego sabe que los árbitros tienen indicaciones de no tolerar reclamos aireados que vengan desde el banco de suplentes. Para un referí, es mucho más fácil expulsar a un entrenador que a un jugador de campo. No hay consecuencias directas en el juego, ya que se mantienen once contra once. Pero sí aparecen consecuencias indirectas.
Cerca de los 20 minutos de la primera parte, Gallego se hizo expulsar por reclamar posición adelantada en el primer gol de Newell's, algo que no existió. Su reclamo fue injustificado y fuera de lugar. Entonces, cuando Independiente más necesita de calma, su entrenador comete una infantilada que perjudica a su equipo. Primero, porque naturalmente sus dirigidos pierden la calma si ven que el que manda está fuera de las casillas. Segundo, y nace la pregunta que nunca tendrá respuesta: ¿Gallego hubiese ordenado otro ejecutante del penal que erró Farías? Con el diario del lunes escrito es fácil hablar, es cierto. Pero el interrogante no puede dejar de plantearse.
Gallego es el ejemplo de hoy. La actualidad lo pone en el centro de la escena. Pero es costumbre de los entrenadores pasarse de la raya dentro del campo de juego y también fuera, con declaraciones que no aportan nada para el fútbol en general y para su club en particular. Las tarjetas rojas que reciben deberían ser escarmentadoras. Sin embargo, pocos corrigen sus defectos. No estaría mal que los clubes castiguen a los entrenadores que son expulsados por situaciones innecesarias. Que con sus impulsos inmanejables afectan los intereses de su club. Desde la cabeza fría del entrenador debería partir el ejemplo.


