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Desafiado por la incomodidad, Boca apeló a la rebeldía, y su vitalidad no lo abandonó. Especialmente debía apuntalar su ánimo, algo aguijoneado por un par de semanas sin victorias en el campo local, un fresco traspié en el escenario internacional y la pérdida de Juan Román Riquelme, su insignia, el guía futbolístico y líder espiritual. Con una formación bien alternativa, el conjunto xeneize tenía que cosechar frente a Colón el imprescindible triunfo que lo mantuviera en la línea de flotación del Clausura. Y, a la vez, exhibir un grado de madurez que lo dejara a salvo de la Riquelmedependencia . Una victoria cimentada en el carácter para desacreditar cualquier sospecha sobre la despersonalización que lo podía atacar sin su gurú. A Boca no le sobró rigor estético, es verdad, pero espantó los fantasmas de adicción a Román. Desprovisto de elegancia, desde la determinación y el compromiso colectivo se las ingenió para que volvieran a brotar sonrisas, donde hace apenas algunas horas crecían dudas.
Boca no tardó en imponer las condiciones del partido. Enseguida espantó cualquier mal augurio con un cóctel de autoridad y personalidad avasallante. Vorágine y decisión para arrinconar a Colón. Con Dátolo, como un electrizante pistón por la izquierda, y Leandro Gracián con el peso de la conducción. Más el ímpetu de Alvaro González y Monzón por las bandas, el despliegue de Cardozo y la búsqueda atropellada de Castromán. Una saludable vergüenza deportiva que, aun pisoteando la pureza de los recorridos, les permitía a los boquenses instalar una sensación de peligro en cada avance. Así, enseguida quebraron la resistencia de los abatidos santafecinos, que llegaron a la Bombonera arrastrando su proceso de demolición, que ya los encuentra en la zona de Promoción. Gracián giró rápido a la salida de un lateral y habilitó a Castromán, que enseguida habilitó a Dátolo: el arquero Blásquez controló el primer remate, pero otra vez Dátolo capturó el rebote y mejoró la definición enfocando hacia el palo más alejado.
El callejón entre Ariel Garcé y Sebastián Romero era bien aprovechado por Dátolo, un jugador especial, inclasificable: sorprendente por su facilidad para desequilibrar en espacios reducidos a partir de un pique urticante, y desconcertante por su falta de recursos conceptuales para elegir la mejor solución que pide la jugada. Igual, a Boca le alcanzaba para dominar con los toques cortos y las pequeñas sociedades, que intentaba dibujar el participativo Gracián. Colón, como si quisiera atravesar cuanto antes esta transición entre Mántaras y Mohamed, rápidamente asumió su condición de débil. Y salvo el criterioso esfuerzo de Capurro, se arrinconó muy cerca de Blásquez, prácticamente desentendiéndose de los dominios de Caranta.
Sin exigirse, Boca amplió la ventaja. En el instante de mayor brillo individual de la tarde, Palermo asistió con un cabezazo el ingreso de Gracián y el volante definió sin ahorrarse lujos: enganchó ante el zaguero Aguilar, desparramó a Blásquez y empujó la pelota a la red. Así como Boca debía reacondicionar su autoestima, este gol era una caricia para el costado narcisista de Gracián. El elegido para reemplazar a Riquelme, nada menos, respondía con un toque de distinción. Los locales ya habían resuelto el encuentro, antes del entretiempo, y sin atravesar ni un sofocón.
En el segundo tiempo, el cotejo se podía perder en la languidez del desinterés. Boca, sin apuros ni urgencias, y Colón, sin revulsivos que partieran desde el banco. Gracián advirtió la aparición de Dátolo por la izquierda y le sirvió una filosa asistencia; el volante definió cruzado, Blásquez bloqueó a medias y sobre la línea despejó Aguilar. Casi después de una hora de juego, Colón creó la primera situación de riesgo, con Gandín por dos, pero en ambas ocasiones respondieron Caranta y Morel Rodríguez, que siempre exhibió buen timming y sentido de la ubicación.
Palermo pudo ampliar, pero su derecha le falló. El árbitro Bassi ignoró un penal de Roncaglia a Rivarola, y Colón desperdició muchos minutos hasta que el DT Mántaras se atrevió a sumar a Cardetti, Carignano y César González, autor del descuento cuando el partido ya era historia. Los triunfos, además de alumbrar los atajos hacia la punta, conservan el poder de fortalecer la confianza. Y Boca está de pie por una personalidad que no sabe de titulares.
Antonio Mohamed, el nuevo entrenador de Colón, siguió ayer a su equipo desde los palcos de la Bombonera. Esta mañana se pondrá al frente del plantel, que se encuentra en la Promoción.
Con Gustavo Bassi como árbitro, Boca había jugado dos veces con Colón en la Bombonera... y no le había podido ganar. Había empatado 0-0 en el Apertura 2001 y caído 0-1 en el Apertura ´05.
Desde su regreso a Colón, tras jugar en Basilea (Suiza), Carignano aún no había debutado. Ayer, a diez minutos del final, reemplazó a Romero. Su demora se debió a un acondicionamiento físico especial, para ponerse en el mismo estado que sus compañeros.


