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Nunca será un metrosexual, él lo sabe. Tampoco seducirá desde un discurso tan cuidado como encantador. Pero logró hacerse querer..., consiguió que se peleen por tenerlo. Es cordobés de nacimiento, pero desde muy chiquito su mamá, doña Carmen, mudó a la familia a Rosario para intentar un futuro menos sombrío. Allí, en las precariedades del barrio Matheu, aunque fuese el menor de cinco hermanos, le tuvo que pedir permiso a la infancia para asumir responsabilidades de grande; entonces, fue hielero, churrero, verdulero y empleado en una fábrica de ventiladores. Ya le decían Bartolo -de allí derivó el popularísimo Tolo- y comenzaba a desarrollar esa estampa de luchador.
Américo Rubén Gallego se convirtió en un director técnico ganador. Como muy pocos. En realidad, como ningún otro colega argentino si se tiene en cuenta que se coronó campeón en los cuatro clubes en que trabajó. Simple, espontáneo... pero a veces también es indescifrable. Quizá por ello suela refugiarse en el psicoanálisis. En ocasiones parece soberbio, pero juran que se trata de su armadura contra la timidez. Casi todos sus dirigidos lo adoran, se encariñan con ese tipo que es mandón, estridente en las prácticas y un poco tozudo... pero también frontal, noble. Obsesivo, enfermizo con los detalles, apasionado por el fútbol hasta extremos... Algunos futbolistas, confidencialmente, se han atrevido a deslizar que era el Tolo el verdadero entrenador en sus días como ayudante de campo del Káiser Daniel Passarella.
Paradójico, pero este confeso leproso, de 50 años, que en algún momento se volvió un emblema de River, hace algunas semanas recibió una atronadora ovación... en la Bombonera. Es que así se conoce al estadio de Toluca, los Diablos Rojos mexicanos, el club al que acaba de conducir hacia el octavo título de su historia. Gallego llegó y ganó. Sin mediar adaptación y, además, envuelto en decenas de críticas por la propuesta algo mezquina de su equipo. Cuando el 1° de junio de 2005 lo presentaron al frente del conjunto escarlata, advirtió: "En mi país ya había cumplido con todos los retos que me había propuesto y lo único que me falta es dirigir a la selección argentina".
Incluso, pese a que ese legítimo sueño desafíe a su visión, que en ocasiones cae presa de las supersticiones. ¿Por qué? Es que el rojo es su amuleto. Se ríe cuando lo cuenta, pero tal vez en el fondo lo crea: todos los clubes que dirigió y llevó al título (River, Independiente, Newell´s y Toluca), tenían el rojo en su camiseta. Tan atento a las cábalas como a una incansable rutina de centros, el Tolo cuidó usar el mismo pantalón negro y las mismas medias durante toda la rueda final del Clausura mexicano. Nunca se las cambió. "Ni las lavé", amplió. Pero al margen de humoradas o creencias, para entender la carrera de Gallego corresponde mirar mucho más allá del guiño de la suerte.


