El momento de Lautaro Martínez: no se consolida en Inter y todavía es una muy buena promesa

Fuente: AP
Ariel Ruya
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28 de octubre de 2020  • 07:00

Lautaro Martínez fue una de las certezas del triunfo del seleccionado argentino en La Paz frente a Bolivia por 2 a 1. No sólo marcó el primer tanto: su desempeño tuvo oxígeno, músculo y potencia. Es el número 9 preferido de Lionel Scaloni, el joven entrenador que encabeza una reestructuración de nombres y estilo. Lautaro no es el único que le imprime sangre nueva, un torbellino de juventud que se había demorado en los últimos ciclos de selección. A los 23 años, tiene todo para triunfar: talento, personalidad y gol.

Sin embargo, sufre del vértigo de la inconsistencia. Brilla, se apaga. Vuela y cae de un plumazo. La mejor síntesis es su actualidad en Inter: desde que abandonó el equipo nacional, el 13 de octubre pasado, suma contratiempos, alimenta polémicas y falla oportunidades impropias de un delantero de su magnitud.

Lo último ocurrió ayer en la travesía por Ucrania, durante el empate sin goles ante Shakhtar Donetsk en un partido correspondiente a la segunda fecha del Grupo B de la Champions League. El equipo italiano no tuvo la necesaria cuota de efectividad. La responsabilidad de esa premisa se sostiene en los cuerpos de Lukaku, un delantero formidable que baja, se compromete con la causa, vuelve a subirse en el área, pero se marea, se tropieza y cae en la trampa de la fricción. y en Lautaro, que juega con la camiseta número 10, pero su rendimiento suele tener un dígito y de mitad de tabla hacia abajo. Confuso, errático, falló una ocasión con el arco desnudo y rápidamente fue reemplazado por Ivan Perisic, una decisión que Antonio Conte repite seguido. Sacar a Martínez de la escena.

Del techo de América del Sur a la ciudad del este de Ucrania, pasaron cuatro partidos y ningún gol. Sufrió el embate de Zlatan Ibrahimovic, colosal a los 39 años, que marcó los goles del clásico triunfo por 2 a 1. Ingresó en la segunda mitad por Alexis Sánchez en el 2-2 contra Borussia Mönchengladbach. Lukaku convirtió el descuento en Milán, los tantos contra los alemanes y el primero, en el 2-0 sobre Genoa. Martínez tuvo una tarea decepcionante -antes y después-, a tal punto que a 20 minutos del cierre fue reemplazado por Andrea Pinamonti, un joven de 21 años.

Salió del campo de juego y golpeó tres veces su mano contra uno de los bancos de suplentes. "Estaba enfadado solo conmigo mismo, no había jugado como quería. Estaba furioso, pero ahora solo pienso en el próximo partido", había dicho, a propósito de la frágil relación que mantiene con Conte, un entrenador que suele estar en permanente estado de ebullición. "Me dijeron que golpeó el banco pero no pienso absolutamente que estuviera enojado conmigo. Yo con él tengo una grandísima relación. Creo que a lo mejor le pasó algo antes en el campo de juego, que estaba un poco nervioso... Yo siempre quiero jugadores con ganas de dar el máximo y que den lo mejor de ellos. Minimizaré la situación de Lautaro porque es un buen muchacho", fue su reflexión.

El problema de Lautaro -que, tal vez, afecta su rendimiento, su concentración-, es que el coqueteo con Barcelona no lo deja en paz. Juega en un gigante mundial, pero espía qué podría pasar si comparte aventuras con Lionel Messi, como en la selección. Scaloni supo encajar esas dos piezas, más allá de que son estilos diferentes. Es el goleador del ciclo, con 10 conquistas. "Ya lo dije y lo vuelvo a decir, ahora y en el futuro: Messi es el mejor jugador del mundo. Para mí está en otro nivel, entiende el juego de una forma diferente y siempre está un paso adelante de cualquier otro", declaró, días atrás.

Crédito: @Inter_ES

"Trabajo cada día para ganar y mejorar, estoy feliz de estar en Inter. Sobre mi futuro. mañana no sé qué va a pasar, pero quiero dejar el Inter lo más alto posible". Ese juego de palabras, a veces, termina por aturdirlo. Y en el híbrido 0-0 contra Shakhtar, volvió a ocurrir: Lautaro, afuera. En 93 encuentros, anoto 35 goles y dio 14 asistencias: una digna marca. Sin embargo, Lautaro sigue siendo una promesa. Lógicamente, a esta altura, no es un elogio.

Por: Ariel Ruya

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