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PRETORIA.- "Lo único que quiero que me digan ustedes es cómo me quedaba el traje?" La primera llamada de Diego Armando Maradona, después de su debut con triunfo como DT de la Argentina en un Mundial, fue a sus hijas, las que le habían insistido en que dejara de lado el buzo y a las que no les había contestado que sí hasta no aparecerse en la cancha, sorprendiéndolas, con su nuevo atuendo. Ante la obvia respuesta afirmativa, lo que siguió fue "casi una conferencia de prensa", con Claudia detrás de sus hijas Dalma y Giannina diciéndoles: "¿Vieron? Al final yo vi el partido igual que él".
Diego quería compartir con gente de su confianza, ya no sólo sus familiares, las sensaciones que le había dejado el partido y también escuchar opiniones, algo similar a lo que le había ocurrido tras el triunfo contra Alemania, en Munich, en marzo pasado.
Así se le fueron las horas de un día que no quería que terminara. Alargó todo lo que pudo la sobremesa de una cena feliz, en el corazón del HPC de Pretoria, donde la selección había vuelto a recluirse después de la escapada a Johannesburgo, un viaje de ida y vuelta sin inconvenientes después de que los organizadores terminaran contra reloj las obras en la autopista M1, que une las dos ciudades.
Al día siguiente, la vuelta a la rutina. Con descanso total para los que jugaron 90 minutos, preocupación por el estado físico de Verón y algunos indicios en la práctica suplentes contra sparrings (sobre todo, la presencia de Burdisso como marcador lateral por la derecha), organizó la práctica de la tarde en la cancha auxiliar de siempre. Los "bieeen" y los "bueeena" también eran los de siempre, pero el humor estaba todavía más arriba. Seguramente por eso, se permitió un diálogo a distancia que fue más un juego con los periodistas. Desapareció debajo de la tribuna donde siempre están apostados los medios y reapareció bajo la otra tribuna, la de la cancha de al lado, comunicada a la auxiliar por ese pasillo. Caminando hacia el búnker, sin detener su paso, pero girando sobre sus talones y usando las manos detrás de la oreja para oír y a los costados de la boca para hablar, escuchó y respondió a los gritos?
- Diego, ¿seguís pensando que, si no fuera por los goles perdidos, el de ayer fue un debut ideal?
-¡Sí, sí, pero no podemos perdonar más, ¿eh?, no podemos perdonar más!
Ya había avanzado un par de metros, caminando para atrás?
- Después de todos los partidos que se han jugado, ¿ahora sí pensás que la selección puede ser campeona del mundo?
-¡Eeehhh, eeehhh?! ¡Yo estoy contento porque estamos en la lucha!
Un par de metros más?
- Diego, ¿vas a meter cambios?
Giró sobre sus pasos, se puso de frente a la puerta que lo comunicaba con la otra parte del predio, y levantó los brazos, con las manos abiertas, como si contestara? "¡Aaahhh, eso no se los voy a decir, pero todo puede ser!"
Todo puede ser, en realidad. Porque si bien es cierto que públicamente atribuyó todo a la falta de definición, en la intimidad reconoce que hay cosas que no funcionaron, que Verón no estará en condiciones óptimas como para arriesgarlo, que Corea del Sur no es Nigeria y que el peso del debut ya pasó. Se le notaba en la cara y en el ánimo, que terminó todavía más arriba cuando ayer, en la noche prevista para la visita de los familiares, llegaron al HPC Dalma, Giannina y, sobre todo, Benjamín. Entonces, el día después también fue completo.



