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Más allá de los condimentos personales que tuvo para Javier Mascherano la final de la Liga de Campeones, su actuación estuvo a la altura de los acontecimientos. Era una pieza fundamental en el esquema de Liverpool dispuesto por el técnico Rafael Benítez. Tenía la difícil misión que frustrar los intentos de Kaká, en Milan, y cumplió correctamente la tarea que se le asignó. Claro que no fue suficiente para llevar al conjunto inglés a la consagración.
En el primer tiempo, Kaká tuvo dificultades de tomar contacto con el balón por el despliegue del "Jefecito", que le quitó la pelota en varias jugadas. Cerca del final de la etapa, puede decirse que Kaká se vengó con una pirueta realizada en velocidad que desairó al argentino y desató una ovación en las tribunas.
En definitiva, hasta que Rafa Benítez decidió reemplazarlo por Peter Crouch, a los 33 minutos del segundo tiempo, Mascherano se había convertido en el principal argumento de Liverpool para contener a Kaká cuando el brasileño se volcó por su sector de la cancha. A tal punto que el volante brasileño pasó a rendir más cuando incursionó en el costado izquierdo y se alejó del campo de acción de Mascherano.
Se trataba de un partido especial para Mascherano. Como un "volver a vivir", según sus propias palabras, después de los meses sin ser tenido en cuenta en West Ham. En febrero, después de conseguir la autorización de la FIFA, Liverpool lo contrató y al poco tiempo se ganó la titularidad. La obtención del título hubiese sido la frutilla del postre para Mascherano, quien puede poner la cabeza en la almohada sin tener nada que reprocharse.



