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Mataderos. Alma verde, de tango y rock and roll; corazón negro, de paredones, adoquines y camiones; sangre caliente, calles oscuras que brillan mejor con la luz de la luna. "Por allá no vayas que es una zona complicada", aconseja un carnicero hincha de Vélez. Puede ser, pero esta noche hay fiesta, es zona liberada para la alegría. Nueva Chicago vuelve a primera división después de 18 años y nadie lo puede creer, por eso la explosión, porque no había nada premeditado. El sueño estaba intacto, pero era eso, un sueño, y ahora se hizo realidad. "La República de Mataderos", como autoproclama una leyenda callejera, vive un momento inolvidable.
"Toquen trompetas y matracas al compás, éste es el verde que se va para la A, en Mataderos todo el año es carnaval", gritan a ritmo murguero unos 500 hinchas que no pudieron viajar a Córdoba para ver ascender a su equipo y que copan las puertas del estadio.
"Viejo, decime algo, viejo, ¿qué te pasa?", le pregunta Elsa, cacerola y cucharón en mano a su marido; el hombre, de más de 70 años, no responde y mira fijo a la masa, tiene los ojos rojos, casi no pestanea a pesar de las lágrimas.
Gabriel Brandoni, vestido de pies a cabeza con ropa de Chicago, no quiere mirar el partido, pero igual va al bar. Su impaciencia lo traiciona, se para, con la colilla de un cigarrillo prende otro, mira de reojo, vuelve a sentarse; termina, llora, al lado de sus dos hijos, que todavía mucho no entienden de qué se trata todo esto. Brandoni fue director técnico de las inferiores del club en los comienzos de los 90; llora por amor al club, pero sobre todo porque tuvo a su cargo a pibes como Frangella, Jesús o Argüello, que le dan el ascenso a Chicago.
En una casa típica de Mataderos -algo vieja, con la infaltable terracita para tomar mate o hacer algún que otro asado-, "Cacho" y Uriel Miguel, padre e hijo, miran abrazados la fiesta sobre la avenida de Los Corrales. "Hoy no dormimos", dice el pibe, de 25 años, y agrega: "Ni me acuerdo de cuando jugábamos en primera, espero poder disfrutarlo ahora... jugar con River, con Boca... todavía no lo puedo creer". Agacha su cabeza, sólo lo contiene el abrazo paterno.
Hay cantos para Vélez, eterno rival con el que ahora Chicago volverá a verse las caras. Las chicas de Mataderos se suman a la fiesta, en realidad, son tantas que casi copan la parada; jeans bien ajustados, flequillo stone y zapatillas Topper de lona. Parece un recital de La Renga; es el ascenso de Chicago (hoy por hoy, el fútbol y la banda de rock son los dos emblemas del barrio).
La fiesta apenas empieza, "Chi, Chicago". Vuelan petardos, "Matadeee, Matadeee". Se prenden las bengalas, "Soy del verde, soy del verde". Bocinas de camiones con olor a matarife, cuerpos robustos y cansados de años de bajar tanta media res. Barrio humilde, enorme, sufrido si se quiere, pero de primera al fin, gracias a Chicago.



