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En los diarios, por entonces un producto cotidiano muy diferente de lo que son en nuestros días, dominaban asuntos como el debate sobre la reforma de la Constitución, los disturbios en las calles de Santiago, Chile, por protestas populares, el catastrófico temporal que azotaba a Texas y a Oklahoma. Los porteños se dejaban cautivar con los recitales del Gorrión de París, Edith Piaf. El fútbol ya era tan popular como hoy, pero ni por asomo generaba el despliegue mediático que le conocemos en nuestros días. Sólo por eso a un equipo de leyenda como Los Carasucias se le dedicaba, cuando mucho, buena parte de una página.
"Argentina ganó el certamen de fútbol". "Un triunfo basado en un desempeño armonioso, arrollador y productivo", decían los títulos ceremoniosos de LA NACION al día siguiente de la goleada de la selección ante Brasil por 3 a 0, en Lima. Ese éxito le había dado a la Argentina el título en un Sudamericano que quedó en la historia fue por el exquisito fútbol y las apabullantes goleadas que regaló el equipo nacional.
Quienes todavía conservan memoria de esos días aseguran que el equipo nació en una tarde destemplada de febrero de ese año, en la cancha de Huracán.
Guillermo Stábile era el técnico de la selección desde una década y media atrás. Ese día, ante la imposibilidad de contar con figuras como Ernesto Grillo, Ernesto Cucchiaroni, Dante Lugo o Antonio Garabal, todos emigrados a Europa, confió en su olfato y juntó en la cancha a un puñado de pibes que por entonces irrumpían a talento puro: Oreste Osmar Corbatta, Humberto Maschio, Antonio Angelillo y Enrique Omar Sívori. Era una práctica previa al viaje a Perú frente a un combinado de Paraná, que el año anterior había participado del campeonato argentino.
"Un buen rato después de empezar, el partido estaba 11 a 0, con un baile de aquellos. Stábile decidió parar el partido", recordó alguna vez Federico Vairo, que jugó aquel día. En realidad, ese amistoso fue uno de los pocos ensayos de este equipo que se formó casi de apuro, como tantas otras veces por esos tiempos. Y como también sucedió a menudo, con eso bastó para que funcionara prodigiosamente. Aunque algunos de sus integrantes -especialmente los de la delantera, que pasó al libro por sus demostraciones exquisitas- ya habían sintonizado antes: Corbatta jugó un par de años con Maschio antes del Sudamericano, y Angelillo, una temporada con ambos.
En Lima, desde el debut llovieron los goles y abundaron las exhibiciones, aunque algunas crónicas de la época cuentan que al comienzo había algunos baches en el funcionamiento. Igual, bastaba y sobraba para superar escollos con facilidad; incluso ante Uruguay, que por entonces compartía la supremacía continental con la Argentina, y al que los Carasucias golearon 4-0. "Era un equipo equilibrado, con mucha experiencia atrás a partir de gente como Dellacha y Rossi. Pipo era un poco lento, pero entregaba siempre la pelota al pie. Y adelante teníamos pibes rápidos, con mucha técnica, mucha velocidad y variantes", recuerda hoy el Bocha Maschio.
Al partido con Brasil, ambos llegaron igualados en puntos. Entre los brasileños ya había cracks que con el tiempo se volverían figuras inolvidables: el arquero Gilmar, Djalma Santos, Nilton Santos, Zizinho, Evaristo, Didí y Pepe. No hubo caso: los Carasucias los vapulearon 3-0, con goles de Angelillo, Maschio y Cruz, y se consagraron campeones, una fecha antes del final. "El público estaba dividido, pero un poco más del lado de Brasil. Fue un partido hermoso. Ganábamos 1 a 0 y estaba para cualquiera. Al final nos ovacionaron", dice Maschio, que recuerda los rasgos humanos y profesionales de Stábile: "Era de hablar poco. Para elegir jugadores era tan intuitivo como Labruna y lo elogiaban por eso. O tal vez como Ramón Díaz, hoy. Nos daba libertad, indicaciones simples y directas".
La pregunta, lógica, sería por qué medió sólo un año entre aquella página maravillosa de nuestro fútbol y la más desdichada, el desastre de Suecia. Parte de la explicación está en el descabezamiento de aquel plantel, porque de inmediato Maschio, Angelillo, Sívori y Rogelio Domínguez marcharon a Europa, y no existía la cultura de las selecciones armadas con jugadores emigrados. "Nos dolió mucho que no nos llamaran a nosotros. En Suecia pasó lo que pasó por la falta de información que había sobre cómo se jugaba en Europa. Cuando llegué a Italia noté una diferencia física tremenda. Lo atribuyo a eso y al desconocimiento de la táctica europea. Tal vez don Guillermo no le daba bolilla a eso", agrega Maschio. Pero eso fue otra historia. La anterior, de la que ya pasó medio siglo, sobrevive a toda erosión de la memoria.


