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Destapar con crudeza las necesidades, demostrar abiertamente las carencias, pueden ser pecados que exponen al abuso de quienes cuentan con poder y con recursos. Pasa en la vida, ¿cómo no va a pasar en el fútbol? Allí está Gabriel Milito, pobre, víctima de un manoseo degradante, indigno y más que nada inmerecido, para demostrarlo.
La escandalosa frustración de su pase de Independiente al Real Madrid deja al descubierto algo más que las penosas luchas internas del club español, impropias de una institución devota de su imagen: revela hasta qué punto las potencias futbolísticas europeas son capaces de aprovecharse de las urgencias y de las ineficiencias argentinas y, peor todavía, confirma el menosprecio hacia esas figuras que acá se destacan, sí, pero allá llegarán casi siempre como sudacas futbolísticos, hasta que demuestren lo contrario.
Antes de bautizarlo La Muralla en la Roma, que consiguió el título del calcio tras tantísimas frustraciones, a Walter Samuel lo habían recibido con otro mote, algo menos consagratorio: El Tronco. Antes de que... agigantaran lo de la lesión en su rodilla, al líder de uno de los más grandes clubes de la Argentina, al último capitán del seleccionado nacional, lo habían presentado en la TV española con una única jugada: metiéndose un gol en contra.
Samuel, como tantos otros argentinos en la historia del fútbol europeo, tuvo la oportunidad de responder con su capacidad a los prejuicios; Milito no podrá ni siquiera pisar el césped del Bernabeu para demostrar que, a los 22 años, tiene lo que a ellos les falta.
En estas condiciones, claro, sería temerario intentar una defensa de Juan Román Riquelme, el otro crucificado del día que no hace más que alimentar la tendencia desvalorizadora: Barcelona prefiere apostar a la combinación de holandeses y brasileños -que tan buenos resultados le dio en los últimos tiempos- y hasta es capaz de conminar a Saviola para que se vuelva comunitario, a riesgo de perder su lugar.
Que no se malinterprete: no se trata de una visión chauvinista; les sobra culpa a los dirigentes de aquí por este estado de las cosas. De hecho, los de Independiente ya estaban gastando a cuenta por este pase que no fue y todos, todos, deben una explicación: ¿cómo es posible que clubes que desde hace años venden y venden en millones de dólares tienen que volver a vender para volver a pagar deudas?
Mientras tanto, Jorge Valdano, en el ojo de la tormenta , no encuentra palabras -justamente él- para defender aquello que ha definido más de una vez y con talento literario mejor que nadie: el orgullo de ser futbolista argentino.


