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A los 90 años, falleció ayer Juan Carlos Muñoz, el último sobreviviente de aquella fantástica delantera de River conocida como La Máquina, que descolló en la década del 40 y que él integraba junto con Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Actuaba como puntero derecho y también jugó en Platense. Había nacido en Avellaneda, el 6 de mayo de 1919.
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Nunca renegó de su suerte ni de su destino, aun sabiendo que se lo consideraba la quinta pata de aquella extraordinaria delantera conocida como La Máquina. Sabía que sus cuatro compañeros de ataque brillaban con luz propia y características de cracks, mientras él sólo era mencionado cuando alguien se refería en forma grupal a esa espléndida conjunción de notables.
Por el contrario, Muñoz era un agradecido. Se sabía querido entre los hinchas de River y devolver esas muestras de permanente cariño con resultados positivos era lo que lo hacía realmente feliz. Hijo dilecto de Avellaneda, empezó su campaña en Independiente y de las divisiones inferiores de los Rojos pasó a Dock Sud. Don Antonio Liberti fue quien lo vio jugar uno de los tantos sábados de ascenso en los que despuntaba su habilidad y precisión y se lo llevó a River. Resultó uno de los tantos aciertos de aquel gran presidente millonario. Apenas lo adquirió en 400 pesos y a los pocos años ya valía cien veces esa cifra.
"Me gustaba gambetear; la ablandaba, la llevaba, la traía y tenía a los hinchas con el corazón en la boca, porque a veces dilataba la jugada de gol", reconoció cuando debió relatar sus características. Pero, un poco a la sombra de sus compañeros de ataque, Muñoz fue mucho más que eso. Resultó, con todo lo que ello significa, el hombre que la entidad de Núñez necesitaba para reemplazar a Carlos Peucelle. Y aunque en algún momento tuvo que alternar su posición de wing derecho con Deambrosi (tapado por el otro puntero, Loustau), cooperó con los títulos de 1941, 1942, 1945 y 1947.
Tenía una jugada característica: la corrida por el lateral derecho encarando uno a uno a quienes salían a su marca, con la idea fija en el desborde. Cuando lo lograba, era una fija el centro atrás. Lo hacía con suficiencia y velocidad. Así colaboró con muchos de los goles que lograron Moreno y Labruna. Sobre el primero, tenía una opinión formada muy clara: "Era un verdadero fuera de serie. Tenía un gran talento y entendía el fútbol a partir de su cualidad. La vida, para él, eran el fútbol y la noche". Más allá del Charro, Labruna fue un socio ideal; Pedernera, aquel que imponía disciplina en el quinteto, y Loustau, un espejo en el cual reflejarse aunque transitara el otro andarivel. Juntos eran imparables. Y así los recuerda cualquier hincha que los haya observado en directo. Porque como el mismo Muñoz reconocería a la vuelta de los años: "No sólo gente de River nos seguía, venían a vernos simpatizantes de otros cuadros también". Y así era, nomás.
En River disputó 184 partidos y marcó 39 goles; en 1951 pasó a Platense y allí jugó tres temporadas, en las que totalizó 39 encuentros con los últimos tres goles de su carrera.
Aunque se inclinó luego por la dirección técnica, nunca creyó que aquello pudiera cambiar el curso de una historia. "Sin jugadores, nadie puede armar un buen equipo", sostenía con convicción. Jugador de una época en la que no se ganaba mucho dinero, los camiones y los repuestos ocuparon su tiempo cuando pasó al bando de los retirados.
Ahora, aquella célebre Máquina que hizo las delicias de miles de hinchas vuelve a estar junta en su bien ganado espacio de eternidad y seguramente, gracias a ello, será más inmortal que nunca.



