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“El Club Atlético Huracán lamenta profundamente el fallecimiento de Roque Avallay, uno de nuestros campeones del 73″, la noticia llegó de la mano del club que acaso más lo disfrutó. A los 80 años, murió Roque Avallay, delantero de notable trayectoria, ganador de la Copa Libertadores con Independiente en 1965 y pieza clave de uno de los equipos más emblemáticos del fútbol argentino: el Huracán campeón de 1973 bajo la tutela de César Luis Menotti.
Nacido en Mendoza, en 1945, se crio jugando en los potreros del barrio Ciancio, en Maipú. Jugaba en el club América y siendo niño, en época fuera de la escuela, ayudaba a su padre, trabajador de Bodegas Giol. El chico Roque daba una mano en su casa y se hacía de unos pesos cosechando frutas u olivas.
El Club Atlético Huracán lamenta profundamente el fallecimiento de Roque Avallay, uno de nuestros campeones del 73.
— CA Huracán (@CAHuracan) May 2, 2026
Saludamos afectuosamente a sus familiares, amigos y seres queridos en este duro momento.
Hasta siempre, Roque ♥️ pic.twitter.com/awj7D2fFs3
A fines de 1964, cuando ya destacaba en el Deportivo Maipú como goleador de la liga mendocina, formó parte de un seleccionado provincial disputó un certamen en Mar del Plata. Allí lo captaron dirigentes de Independiente de Avellaneda, que rápidamente lo convencieron de sumarse a sus filas. Roque Avallay creció de golpe. Lo anotició el propio presidente de Deportivo Maipú una calurosa tarde de enero de 1965. Con la venia de su papá, que había sido un recio marcador central en los años 40 y 50, Roque dejó Mendoza para no volver por muchos años. Se unía al campeón vigente de la Copa Libertadores (Independiente había obtenido su primera conquista continental en 1964, ante Nacional de Uruguay).

Su adaptación fue inmediata. Y fue partícipe de la época dulce del equipo de Avellaneda: no bien llegó conoció la gloria. Independiente repitió el título: el 15 de abril de 1965 se consagró bicampeón de América tras vencer a Peñarol por 4 a 1, en el tercer partido final disputado en terreno neutral, en Santiago de Chile. Roque Avallay anotó el tercer tanto de un equipo que, dirigido por Manuel Giúdice, tenía en sus filas a Pepé Santoro, Hacha Brava Navarro, Pipo Ferreiro y Raúl Bernao, entre otros.

Dejó como anécdota el debut en Independiente, el 24 de marzo de 1965, ante Boca, por la semifinal de la Libertadores. En la vieja Doble Visera de Avellaneda, Avallay saltó casi en la línea de fondo para cabecear una pelota, pero con tanta mala suerte que se fue contra el alambrado y cayó al foso perimetral, lleno de agua. Lo contó él mismo hace unos años: “Como la cancha estaba resbaladiza, y seguí de largo después de pegar el salto. En el alambrado bajo de la cancha de Independiente me enredé las piernas en el alambre de púa, di una vuelta y caí al foso. El agua me llegaba hasta el pecho y encima me hice un tajo enorme en la pierna. Igual seguí jugando”.
Tras una temporada en el Rojo, lo compró Newell’s, donde estuvo hasta 1970. Fue entonces cuando puso sus ojos en él Huracán. Bajo la batuta de César Luis Menotti, en 1973, integró uno de los equipos más emblemáticos de la historia del fútbol argentino. Aquel que se consagró campeón del Metropolitano, con una delantera que Avallay integraba con René Houseman, Miguel Brindisi, Carlos Babington y Omar Larrosa.

La cuenta pendiente de Avallay estuvo en la selección nacional, que integró desde 1968, cuando lo convocó por primera vez Renato Cesarini. En pleno auge de su carrera, en 1974, Avallay formó parte del plantel que se preparaba para el Mundial de Alemania.
Vladislao Cap, el seleccionador argentino, lo tuvo en cuenta para una gira por Europa. Avallay se había lesionado jugando para Huracán por Copa Libertadores ante Unión Española. Igual fue a la gira e ingresó en varios amistosos. Sin embargo, la dolencia continuaba. Cap tomó una decisión tajante: no podía contar con un futbolista que no le brindaba garantías. Y lo mandó de vuelta a Argentina. Convocó en su lugar a Carlos Babington. Avallay se quedaría sin Mundial.

Su carrera continuó, ya sin tanto brillo, por Atlanta, Chacarita y Racing, para terminar en el club donde más quedó marcado a fuego su apellido: Huracán, donde se retiró en 1980.

