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BARCELONA.- Que tome nota quien le corresponda: desde el papelón de la selección nacional en el Mundial de Corea- Japón, el fútbol argentino también parece estar bajo sospecha. Como casi todo lo demás. Un ejemplo: más que su fama, si algo repitieron ayer las malas lenguas en favor del crédito de Riquelme y del peladísimo Esteban Cambiasso -que llegó el viernes último a Real Madrid- es que ninguno de los dos tuvo nada que ver con aquel naufragio de Oriente.
Lo mismo se dijo de Solari, Saviola y Bonano, los otros tres que asentaron sus destinos en Barcelona y Real Madrid. "Limpios de toda culpa", como repitieron las radios madrileñas.
No se sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina. Pero antes de que las radios tomaran el mensaje y lo difundieran como taladro, una columna en el diario nacional El Mundo daba cuenta del proceso de "argentinización" de ambos clubes. Y llama a no fiarse del elogio fácil. Dicho de otro modo: analizar el producto por el que se empeñaron dinero y esfuerzo. Que últimamente el mercado promete más de lo que brinda.
Parece ser que, tras el desastre en Japón, la marca de origen argentino destiñó un poco de su gloria. Y el efecto dura. Tal vez sea solamente eso o, quizá, la sospecha sea más profunda. Tanto, como la confusión que emerge desde nuestro país. Ayer, por ejemplo, las noticias sobre la llegada de Riquelme reflejaban, de por sí, otras realidades. Que la venta la cerró Mauricio Macri. Que no se sabe si el joven podrá quedarse, por ese detalle de los pasaportes... Es que el club ya cuenta con cinco extracomunitarios, uno más que lo aceptado por reglamento.
No las tienen todas consigo. Ni los argentinos ni Riquelme, en particular. Es que, encima, el DT Louis van Gaal lo ve parecido a Rivaldo, con hábitat natural en la misma zona de juego. En tiempos como los que corren, ni siquiera 13.000.000 de dólares bastan para garantizar serenidad del otro lado del océano. ¿Qué quedará para los otros? Al parecer, sólo ponerse las pilas y pasar la prueba como uno más. Que hasta la fama se ha perdido. Decimos, la buena fama, porque la mala -se sabe- nunca se va del todo.


