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La primera fecha del fútbol argentino dejó algunas señales penosas. Apenas consumada la derrota de River frente a Belgrano, miles de aficionados insultaron a Passarella, y algunos menos -pero no pocos- descargaron sus reproches en Almeyda y sus jugadores. En el Monumental se recreó una atmósfera repetida en los últimos años. Se difundieron una y otra vez las voces de los hinchas, volvieron las encuestas, los pedidos de elecciones anticipadas, y a cada minuto se recordaron los promedios y los riesgos de la permanencia.
Luego del triunfo de Quilmes ante Boca, la final de América fue un recuerdo lejano. El título de campeón tiene ocho meses de "antigüedad" y sin embargo parece prehistórico. También se duda de que Falcioni pueda seguir en su puesto "si las cosas no mejoran". Ganar la Copa Argentina no fue más que un alivio temporal.
Esta semana disfruta San Lorenzo, mientras que Independiente y Racing quedaron observados. Próximamente, ellos también serán víctimas de la desmesura y la intolerancia. ¡Estamos en la primera fecha, no en la 37a! Todo es urgente y agresivo. El mensaje lleva décadas, pero en este tiempo se impuso con una fuerza aplastante: ganar, sólo sirve ganar, y el resto es descartable. Lamentablemente para quienes hacen suya la idea, el fútbol, el deporte, la vida misma se componen mayormente de derrotas y algunos pocos triunfos. De modo que es pertinente aprender a perder, a ser pacientes y a comprender que el año dura más que dos semanas.
En el fútbol argentino tenemos una desmedida consideración por el triunfo que nos hizo fuertemente competitivos, hasta que nos volvimos fundamentalistas del éxito. Vamos a la cancha a esperar resultados más que a ver fútbol. Lo curioso es que ese deseo provoca el efecto contrario: de tanto miedo a perder, se gasta mucho y se invierte poco, se enseña más a competir que a jugar, todo se protesta y discute, las injusticias deportivas se ven como despojos o conspiraciones y las trayectorias casi no cuentan. ¿No es todo eso una gran derrota?
En el campo de juego, lo mismo. Permanecemos indiferentes a 50 pelotazos por tiempo, pero nos escandalizamos si alguien arriesga salir jugando; silbamos un pase atrás, consentimos las demoras y sobrevaloramos las pelotas paradas, pero no extrañamos nada una sucesión de pases firmes y al pie, una pared, un desborde, algo.
"Toda situación es para el ser humano tan sólo una posibilidad, que a él le toca conservar o destruir", dijo el filósofo italiano Nicola Abbagnano. Un fútbol reconocido mundialmente por sus fábricas de jugadores y equipos ha desarrollado ahora una conducta autodestructiva. Todo es ahora, inmediato, nada puede esperar. Ni la tradición ni los ídolos ni la caballerosidad quedan a salvo. Y quienes no participen de la locura estarán afuera, sospechados de debilidad.
No se trata de nostalgia ni de romanticismo. No se puede ganar todo el tiempo. Y como el triunfo es escaso, conviene persistir en la búsqueda de las herramientas que nos acerquen a él. La victoria es la consecuencia de ese recorrido. Ganar lleva tiempo, y a fin de cuentas es un instante, eufórico y breve. El resto de los días deberían ser para disfrutar del camino.


