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YOKOHAMA, Japón.- "No creo que pueda ser consolado. Estoy completamente seguro de que fue el único error que cometí en los siete partidos del Mundial. Y ese error fue brutalmente castigado." Oliver Kahn, el icono de la resistencia alemana en la Copa del Mundo, el impenetrable guardavalla a cuyo amparo el equipo se permitió ilusiones que ni imaginaba, estaba vencido. Era cerca de la medianoche y la nube de periodistas que tropezaban unos con otros en la zona mixta lo perforaba con miradas entre curiosas e inquisidoras. Sus nervios martirizaban un chicle que le permitía una descarga emocional en un momento inmensamente doloroso.
Cuando Pierluigi Collina hizo saber que ya no había nada más por verse en el Mundial, dio pena ver la mutación que transformó a Kahn de un hombre que parecía de acero a una marioneta desencajada. Lo primero que hizo el guardavalla considerado el mejor del Mundial por la FIFA fue meterse en el arco, como quien quiere ocultarse bajo tierra; tomó la botella plástica que guardó ahí durante el juego, bebió un par de sorbos y arrojó el envase contra la red. Luego dejó que un poste sostuviera su cuerpo abrumado. Veía, pero no miraba. Después de unos minutos empezó a recibir consuelos que seguramente ni siquiera oyó: Thomas Linke, Carsten Ramelow, Torsten Frings, Jens Jeremies, el DT Rudi Völler; le fueron dando el abrazo que necesitaba, pero que no alcanzaba. Hasta Collina y Cafú se acercaron para tratar de animarlo.
Después de un buen rato se dio fuerza para levantarse, acercarse a la tribuna donde sus compatriotas lo esperaban para dedicarle un aplauso y saludarlos con la mano en alto. Sólo por algunos minutos pudo resistir viendo cómo los jugadores brasileños recibían las medallas. Pero no aguantó más y desapareció rumbo al vestuario.
"Collina vino a consolarme, pero, como dije, no había forma de hacerlo. Es un árbitro de primera clase mundial, pero creo que no nos trae mucha suerte... Con él perdimos (Bayern Munich) la final de la Liga de Campeones ante Manchester United, caímos en casa con Inglaterra (5-1 en las eliminatorias) y también esta noche. Quizá la cuarta vez tengamos más suerte", dijo.
Oliver Kahn lo había hecho todo bien en el recorrido previo de Alemania. Más que bien. Y lo seguía haciendo todo bien hasta ese minuto 21 del segundo tiempo, el del error fatal, el que hizo que toda esa historia previa se derrumbara. Un remate de Rivaldo se le escapó de las manos y Ronaldo, que ya había perdido tres veces ante él, no lo perdonó. No hubo retorno.
"No voy a cometer el error de decir que todo fue malo en este Mundial. Eso no sería justo con lo que Alemania desplegó en el Mundial. El equipo realizó una tarea tremenda. Cuando vinimos a la Copa del Mundo, apenas un puñado de personas pensó que podríamos superar la primera rueda. Lo hicimos, y después avanzamos hacia nuevos objetivos, que nadie creyó que eran posibles. Y continuamos construyendo el equipo para el futuro. Creo que pusimos otra vez a Alemania y el fútbol alemán en lo más alto. Los recuerdos de este Mundial serán muy buenos, y no podrán ser destruidos por un gol desafortunado." Ese mensaje, que realmente contenía una buena dosis de verdad, es el que eligió para sobrellevar la profunda amargura que en ese momento estaba en el máximo de intensidad y que no lo abandonará por un buen tiempo.
Mientras hablaba, todavía conmovido, tenía las manos caídas y cruzadas. En la derecha podía verse un vendaje que le envolvía dos dedos. "Se me estiró un ligamento del dedo anular. Llevará unas semanas que se recomponga, pero ahora tendremos vacaciones y descansaré, así que no hay problemas." La lesión se le había producido en el segundo tiempo, en un choque con un brasileño que obligó a detener el juego por algunos minutos.
Así es el fútbol. Todo lo que se construye en horas, en días, puede desvanecerse en una fracción de segundo. Una verdad que no tiene remedio. A los 33 años, a Kahn le sobran partidos para conocerla desde hace rato, pero toda la experiencia del mundo no alcanza para tener que asimilarla en la final de una Copa del Mundo.


