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Martín Palermo había llegado a Villarreal como una estrella por 1600 millones de pesetas. Corría noviembre de 2001 y el calendario le proponía al Submarino Amarillo de Benito Floro una visita a Leganés, por la Copa del Rey. Palermo arrastraba seis partidos sin convertir, pero a los 8 minutos de la prórroga envió un zurdazo a la red. Salió disparado hasta detrás del arco para abrazarse con esa veintena de seguidores de Villarrreal, entonces su cinematográfica vida capturó otro episodio… peculiar: se le cayó encima un muro del estadio Ciudad de Valencia. Esa pared de un metro se desplomó y le rompió la tibia y el peroné de la pierna derecha. La vida de Palermo está tapizada de obstáculos. Tantas desventuras se pueden resumir en que aquella fractura quedó aprisionada entre dos roturas de ligamentos, nada menos. Pero siempre volvió. Rumbo a los 38 años, su ADN indica que no desfallece nunca. Ese es Palermo, mientras camina hacia el mito… y el inaplazable final de su carrera.
Un goleador serial que transita con naturalidad esa región del campo tan inhóspita para otros. De una eficacia poco fascinante, la faena de Palermo encierra mucho de demolición y nada de arte. Pero hasta esa fórmula destructiva traspapeló el hombre que quedó preso de la maldición de los 300: llegó a esa marca de festejos en la fecha que cerró el Apertura 2010, ante Gimnasia… y nunca más se topó con la red. Arrastra una racha negativa de 622 minutos sin anotar, su tercer peor registro. Generalmente, cuando su inoperancia ponía nerviosos a todos, él clavaba un gol. Acudía a la pelota en el momento justo, guiado por el instinto. Así construyó su chapa de ídolo. Declarada la emergencia, Boca ya necesita reencontrar al señor de los goles imposibles.
Hace tiempo que Palermo decidió reinventarse y, hasta desde un escenario de fábula, ha sido capaz de todo. Sí, de todo, incluso de lo impensado. Palermo hace años que se especializa en desobedecer a un escenario sensato. Y como Boca se volvió ilógico, desconcertante y hasta absurdo, el reencuentro podría estar a la vuelta de cualquier partido. Una de las huellas que ha enseñado su trayectoria es que no conviene subestimarlo.
Lejos de conocer todos los secretos de este juego, Palermo necesita asistencia. El no suele autogestionarse sus conquistas. Actualmente es una víctima directa del vacío de tejido colectivo que apresa a Boca. El voraz depredador está apagado en la cancha. Pero encendido de orgullo y rebeldía según las declaraciones de ayer. Tan lejos de ser un virtuoso y tan vengativo con las críticas más despiadadas, Colón, en Santa Fe, será el despegue o el corredor hacia la tormentosa última decena de partidos de su vida. Desafío perfecto para Palermo. Intimamente aturdido porque hasta su leyenda recoge cuestionamientos, un animal competitivo como él detesta que su despedida pueda ser escoltada por la decrepitud que guía a Boca.
cgrosso@lanacion.com.ar



