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Por Claudio Mauri
Si bien el estupor se interpone en el análisis, la fría mirada futbolística indica que el descenso de River fue algo lógico y previsible. El empate ante Belgrano consumó la degradación que venía sufriendo el equipo desde hacía varias fechas. Con un director técnico que empezó perdiendo el criterio para armar la formación y terminó resignando la autoridad ante sus dirigidos. Con futbolistas que ni siquiera parecían creer en sus fuerzas, arrastrados por una irrefrenable dinámica negativa.
River no supo aprovechar el contexto favorable de haberse puesto en ventaja a los cinco minutos, con un derechazo de Pavone desde fuera del área que parecía resucitar al goleador adormecido de los últimos meses. Era lo mejor que le podía pasar a un conjunto que andaba con la moral por el sótano. El destino les daba una oportunidad más a los que poco venían haciendo para no ser vistos como unos desahuciados.

Vinieron minutos en los que River daba la impresión de sacudirse los miedos y complejos que lo tenían en estado de pánico desde hacía varios partidos. Era una cuestión anímica, porque el fútbol y el juego que le faltan desde hace rato no los iba a encontrar justo en la tarde más tensa en la historia del club. Belgrano trataba de mantener el orden, pero no se sentía seguro. Debía mostrar personalidad para sobrellevar el momento más adverso de la serie. Aguantó con algo de sufrimiento, una atajada decisiva de Olave a Pavone y el favor de que Pezzotta no cobrara el claro penal de Pérez a Caruso. También que el árbitro le perdonara la segunda amonestación a Lollo por una fuerte infracción a Pavone. Todo eso ocurrió entre los 25 y 32 minutos, cuando River insinuaba con llevárselo por delante.
Lo hacía con empuje y pelotazos, porque a pasarse la pelota entre compañeros había renunciado con la inclusión de Arano como acompañante de Acevedo en el círculo central. Un discretísimo lateral que al ser improvisado como volante quedó más expuesto en sus torpezas y limitaciones. Erró infinidad de pases, entre ellos el que precedió al empate de Belgrano, facilitado aún más por la chapuza en el despeje de Díaz y el rebote en Ferrero que le dejó la pelota servida a Farré. El caso Arano tuvo la agravante de que intervino mucho en el juego para perjuicio del equipo.

River pudo haber finalizado el primer tiempo con la ventaja necesaria de los dos goles. La tuvo en los pies de Caruso, que falló en la definición tras un desborde de Pavone. Lamela era más de lo que venía mostrando: mucha insinuación y poca concreción. A cada sucesión de gambetas le seguía una mala decisión. River acusó esa carencia porque el pibe es el único que muestra condiciones y categoría, pero la debida maduración la está haciendo en un contexto que retrasa su progresión.
El desconcierto de River ya se olía desde las formaciones. Jugadores que entran y salen. Modificaciones de esquema. Jóvenes (Affranchino, Villalva, Mauro Díaz, Funes Mori, Pereyra) que son rescatados después de una larga inactividad para ponerlos dentro de una caldera. Un desgobierno total que no hacía más que evidenciar que todo se iba al garete.
El segundo tiempo fue la tumba de River. Ya no supo controlar los nervios ni la ansiedad. Atacó mal y se defendió peor. La pelota empezó a quemar y la ceguera fue general. Belgrano descubrió el tesoro oculto del primer tiempo: el contraataque. Ya a los tres minutos, en otro zafarrancho de Arano con la pelota, Pereyra se perdió el empate al correr solo hacia Carrizo y definir desviado.
La igualdad de Farré heló un poco más la tarde en gran parte del Monumental, mientras el grupito de cordobeses arrinconados en la popular apenas si se hacía oír.
River se reencontraba con los fantasmas que hace rato tiene instalados a cada lado que va. Tuvo una última oportunidad de espantarlos cuando el imprevisible Pezzotta se hizo el riguroso al sancionar con penal un leve empujón de Tavio a Caruso, que se dejó caer. Falló Pavone en la ejecución, como para certificar que los héroes de este River son de corta vida, no completan un partido. Olave, un arquero que pasó por River y supo ser suplente en una época diferente de la de estas penurias, apagó la última ilusión local.
Quedaban 20 minutos y a River lo empezó a atrapar la congoja de ser carne de descenso. El infierno tan temido fue un destino inexorable. El ingreso del casi siempre marginado Bordagaray (el único refuerzo del verano) fue como una alegoría de todo lo que hizo mal River, que ahora llora un descenso cantado.
Algunas decisiones de Juan José López evidencian que había perdido el rumbo. Ayer fue titular Facundo Affranchino, que en el Clausura sólo había jugado ocho minutos contra Vélez, cuando Ricky Álvarez le ganó en un cuerpo a cuerpo que derivó en un gol de Silva. Más inexplicable fue la inclusión de Keko Villalva (18 años), que hacía más de un año que no jugaba (24 de abril de 2010, en una derrota por 1 a 0 con Estudiantes) a causa de una fisura en una vértebra.
En esta temporada, River no aprovechó la Promoción para mantener la categoría, como sí lo hicieron otros equipos. Independiente Rivadavia (Mendoza) se mantuvo en la B Nacional ante Defensores de Belgrano; Los Andes, en primera B contra Central Córdoba, y Sacachispas, en primera C frente a Atlas.
En el Clausura, el delantero de River había convertido los dos penales que había ejecutado. El primero, en la derrota 2 a 1 ante Vélez, y el segundo, en el 1 a 0 a Racing, el 30 de abril, cuando River ganó por última vez. No lo hizo más en los nueve partidos siguientes.



