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No eran tiempos fáciles. Buenos Aires, diciembre de 1981. Los aires de libertad volaban encerrados en una cárcel imaginaria. Leopoldo Galtieri toma el poder, envuelto en un clima belicoso que, tiempo más tarde, sería el principio del final de una de las etapas más dolorosas de nuestra historia. Y la pelota corría detrás de los nubarrones, con equipos y figuras de nostalgia infinita. Los románticos años setenta ya habían pasado, pero en los albores de los 80 los poderosos debieron reinventarse, ante la atropellada ejemplar de Estudiantes, Argentinos y Ferro. La vida transcurre demasiado de prisa: a pocas horas del choque entre Ferro y River, curiosamente, en la B Nacional, se rememoran 30 años de aquella final del Nacional 81, que logró River, un conjunto disfrazado de estrellas, frente a Ferro, la máquina casi perfecta que ya había construido el Viejo Carlos Griguol.
Tres décadas más tarde, Ferro y River se encuentran y se desconocen. El equipo del Oeste, reconocido alguna vez por la Unesco por su impulso social, con su pintoresca sede de estilo inglés, símbolo de Caballito, un barrio típicamente de clase media, vive con las sobras de lo que supo ser, descendido también en el aspecto político y social. Manejado por un órgano fiduciario desde 2003, en principio, hasta 2014. Sus buenos viejos tiempos, con el ejemplar Santiago Leyden como conductor, con glorias en el fútbol, en el básquetbol, en el voleibol, en la natación y en el tenis no sólo parecen de tres décadas atrás: se asemejan a otro siglo. Si hasta supo ser de la primera B.
Tantos años pasaron que el Nuevo Gasómetro (el escenario de mañana) ni siquiera había sido imaginado. El viejo estadio verde de madera, maquillado en los últimos años, no puede resistir tanta historia. Habrá 18.000 hinchas de River que ocuparán la tribuna local y la platea sur, allí donde pega el sol de frente.
En diciembre del 81, River había ganado la primera final por 1 a 0, con un tanto de Julio Olarticoechea, luego de "una gruesa falla del arquero Barisio", según las crónicas de entonces. River era el River con mayúscula: Fillol, Passarella, Gallego, Kempes. Ferro era Rocchia, Saccardi y promesas, como Cúper, como el Beto Márcico, liderados por un hombre que provocó una gran revolución futbolera y social. "El que no estudia, no juega", enseñaba Timoteo. River era el de don Alfredo Di Stéfano. Un coro de fútbol. Ferro era el arte de la planificación, un equipo adelantado en el tiempo.
Mario Kempes, el héroe del Mundial 78, estableció la diferencia, luego de un excelente centro del Colorado Vieta. El cabezazo fue un flechazo en el aire, casi debajo del arco. Así se definió el título, motivó otra vuelta olímpica millonaria y provocó el orgullo del equipo de barrio. Cuando River era River y, sobre todo, cuando Ferro era el club modelo. Un modelo destruido según pasaron los años. "Un Rolls Royce al que quisieron cargarle gas", la figura dibujada por el Mago Garré.
Tiempo después, Ferro se consagró en el Nacional 82 y 84, y River conquistó el mundo. Hubo, también, otros grandes choques de primera, hasta hoy. De aquel recuerdo glorioso a esta extraña versión del ascenso. Un mundo nuevo, 30 años más tarde.
56.000 socios llegó a tener Ferro en su etapa de esplendor; hoy, apenas cuenta con 4000. En aquella época, Rafael Aragón Cabrera apostó por Alfredo Di Stéfano para darle un perfil europeo a River, cuya contratación estrella fue la de Mario Kempes.
Con la obtención del Nacional 81, ganó en el corto plazo, pero le pasaría factura tiempo después con un marcado problema financiero. Más allá de los altibajos institucionales, hoy River tiene 85.000 socios.



