

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
Aquietadas las aguas mediáticas, tras su inadecuada reacción hacia el engreído ocupante ocasional de los palcos preferenciales de la Bombonera, vale volver sobre Riquelme, aunque desde un ángulo más deportivo. De su rol gravitante para que Boca esté en las puertas de una nueva vuelta olímpica.
No caben dudas de que Román sabe cuándo dar las puntadas. Lo demostró hace un año y medio: desahuciado futbolísticamente en Villarreal, donde Pellegrini no tuvo contemplaciones ni le otorgó privilegios, desembarcó seis meses en Boca y jugó en nivel superlativo. Héroe en la conquista de la Libertadores, cumplió con creces con el millonario préstamo, no casual, afrontado por Macri en tiempos de comicios. Y se garantizó lo que vendría poco después: un contrato por tres temporadas. Lo que se dice "cosecharás tu siembra".
Su 2008 transcurría con pincelazos, fastidios, enconos internos, pero vivía sin sobresaltos. ¿Quién lo censuraría si en cualquier momento podría transformarse en la llave de la alegría? Hasta que sobrevino el affaire con Cáceres, justo en el paréntesis por las eliminatorias, en octubre. Boca estaba lejos de la punta, pero había algo peor: el defensor paraguayo estaba haciendo público el malestar interno del grueso del plantel con su figura emblemática. Algo así como si Del Potro, Acasuso o Calleri (y siguen las firmas) hubieran salido a contar en Mar del Plata, accidentalmente o no, sus diferencias con Nalbandian.
Pasaba, Riquelme, a estar en su momento más crítico como jugador xeneize. Esto era serio, bastante más que aquella renuncia temporaria al seleccionado por evitar un hipotético disgusto de su madre. Es que quedaba expuesto ante los hinchas -los que lo veneran desde siempre- por camarillero, egoísta, líder negativo, divisor de aguas.
En el regreso, en el superclásico, brotó el mejor Román. Que no mejoró físicamente en esas dos semanas, ni se internó en un spa ni se sometió a sesiones terapéuticas para encontrar la salida a su irregular rendimiento. Simplemente apeló a su interruptor interior. Era el momento de volver a escena. Desde entonces, fue determinante, con goles y con fútbol. Sin que los problemas de fondo desaparecieran. Basta con ver con quiénes festeja los goles decisivos que convierte: con Viatri, Figueroa, Ibarra y no muchos más. Y se lo sigue viendo más rodeado por los juveniles que por otros históricos.
Riquelme está acostumbrado (cuando lo dejan) a manejar todo. Incluso, sus picos de rendimiento, en beneficio propio o para quedar a resguardo. Eso no lo hace cualquiera: hay que ser grande. Es, casi, como conducirse a sí mismo en la PlayStation. ¿Qué le falta a estas alturas en su carrera? Manejar como nunca en su vida el joystick, pero con la camiseta de la selección, y reverdecer los tiempos más felices.



