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El 11 de febrero de 2013 no quedará como un día más en la vida de Boca. Será un mojón en la historia del club. No uno de esos capítulos cargados de gloria, sino más bien un relato acerca de un amor extraño, denso, apasionado e intrigante. Lleno de acciones inesperadas, de contramarchas y con indescifrables desenlaces. Sí, así de raro, así de complejo, así de enredado resultó este tercer retorno de Juan Román Riquelme a la que siente su casa. En un clima festivo transcurrió la vuelta del ídolo, con casi 700 hinchas que se reunieron en el complejo Pedro Pompilio. Todo para ver al N° 10 nuevamente entrenándose con la ropa xeneize. Aunque, claro, con el interrogante ya instalado sobre cómo se desarrollará esta nueva etapa...
Porque más allá de que ayer se vio el lado B de Riquelme, ese costado alegre, recargado, con buena disposición y con ánimos de conciliar, es imposible obviar que es el mismo que hace siete meses adujo estar vacío, que también estaba molesto con los dirigentes porque no lo dejaron mostrar un trofeo que le dieron en Brasil, el que no iba a negociar su palabra bajo ningún concepto, el que no volvía más a Boca y el que se molestó porque se perdió un clásico con River... y por eso dio marcha atrás en su determinación de no volver más a la Ribera.
Se lo advirtió distinto a Román, con otro ánimo, óptimo en su semblante. Llegó a las 7.25 al club y mantuvo una charla con Carlos Bianchi, en el vestuario del entrenador. Después, antes de salir al campo de juego, Riquelme también se reunión con el resto de sus compañeros, pero sin la presencia del cuerpo técnico, ni utileros, ni médicos, ni colaboradores. Allí, el N° 10 le pidió disculpas al grupo y le dijo que si había molestado alguna declaración suya (respecto de sus palabras acerca de la falta de líderes en el plantel y el mal nivel del equipo), les pedía perdón. Además, que si alguien tenía algo para decirle, él iba a escucharlo. Pero no hubo reclamo alguno. Evidentemente, su presencia resultó más fuerte que los pataleos que surgieron cuando apareció la posibilidad del retorno.
Cuando terminó el tiempo de las palabras se trasladó al gimnasio y comenzó el trabajo físico. Y allí, en el campo, empezaron a bajar las señales de afecto de la gente que se acercó a la Boca para celebrar el retorno de su ídolo. Se vistió el lugar con banderas que le agradecían por volver y una de ellas, que después fue entregada a Cristian, el hermano de Riquelme, rezaba: "Para algunos es mejor olvidar a los ídolos, pero para mí es mejor recordarlos. Gracias Román por volver a tu casa".
Un escenario casi ideal. Imaginado, soñado, pensando, perfecto. Con la gente adorándolo, con sus amigos felices por su vuelta, con el entrenador que lo ha potenciado como nadie... Un panorama inmejorable para un futbolista que sabe que cuenta con una espalda ancha como para poder soportar cualquier embate. Ya fuera algún murmullo interno, una mirada desconfiada de determinado sector de los dirigentes o hasta un cierto cansancio de una parte de la tribuna por haber dejado al equipo después de aquella final de Copa Libertadores perdida con Corinthians, en San Pablo.
Saludó a los hinchas, corrió con sus compañeros, besó a Clemente Rodríguez, habló con Paredes, compartió tareas físicas con Rivero, se entrenó con el preparador físico Juan Manuel Alfano y firmó durante 19 minutos cada camiseta que le acercaron los fanáticos que se reunieron para verlo en su primera práctica, en su tercer retorno.
Todo resultó inmaculado. Y así quedaron maquilladas las diferencias. Riquelme se llenó de energía; en marzo podría volver a estar entre los titulares. Ahora entiende que el plantel es competitivo, que los dirigentes lo quieren... Ésa también es parte de la habilidad de Riquelme: minimizar todo aquello que lo tiene en el centro de la escena y que potencialmente puede derivar en un conflicto.
"Le guste a quien le guste, volvió el Rey. Volvió el Rey, es así de simple", se le escuchó decir a Cristian, el Chanchi, el hermano del ídolo xeneize, cuando la gente lo ovacionó. Y Riquelme, Juan Román, lo siente y lo sabe.

