Símbolo de la prosperidad capitalista, mezcla de antigüedad e innovación

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22 de diciembre de 2009  

ZURICH (De un enviado especial).- Aire de fiestas navideñas; ecos lejanos que depositan en la mansa felicidad de la niñez. Se escucha una canción bien suiza, casi un himno: "Là-haut sur la montagne" ("Ahí arriba sobre la montaña", aquella canción que los mayores de 30 identificarán con el dibujo animado de Heidi). Una especie de registro de la Suiza ideal e idílica que cada tanto se repite en los negocios y centros comerciales de la ciudad.

Zurich parece un resumen de muchas cosas. Una caminata puede dejar imágenes como éstas: un hombre que se empeña en tostar lo mejor posible las castañas en las ollas de acero dispuestas en las plazas; un anciano que se empecina en sacar todos los afiches que promovían el uso del condón; una rubia con botas hasta las rodillas, que se prueba las gafas de nieve; un mozo en un café cualquiera sobre el río, que ofrece tapados de piel para mitigar el frío en las mesas a la calle; varias personas tocando organillos en distintos puntos de la ciudad, pero no para ganar monedas, sino por el simple gusto de tocar y hasta algún que otro personaje vestido de ardilla.

Un vendaval de gente enfundada en camperones y pieles llevan bolsas de compras en una mano y una lámpara con una vela encendida en la otra. Per Natale, se escucha en italiano, uno de los cuatro idiomas que conviven en uno de los modelos de democracia más avanzados del mundo que, desde el corazón de los Alpes, sabe cómo exportar la presencia suiza a todos los puntos cardinales. Alcanza con recordar sus grandes industrias de relojes, alimentos y medicamentos que llevan la bandera roja de cruz blanca, o en delicias más cotidianas como los quesos o el chocolate.

Con unos 360.000 habitantes y una extensión relativamente modesta, esta ciudad tiene esas cosas de las ciudades europeas que mezclan con tanta espontaneidad sus costumbres con el urbanismo, como la antigüedad con la innovación. Está ubicada entre los Alpes, junto al lago Zurich y sobre ambas márgenes del río Limmat. Acaso por eso conserva cierta mística de pueblo de montaña.

Más allá de la fascinación por su paisaje -el lago azul y las montañas nevadas- y por una calidad de vida envidiable, Zurich es el símbolo de la prosperidad capitalista. Y eso está en sus cimientos, pocos metros debajo de la superficie de la avenida principal, Bahnhofstrasse. Allí, en las bóvedas subterráneas de los más renombrados bancos suizos, está celosamente custodiada gran parte del oro y del dinero de los poderosos del mundo.

Zurich es, en gran medida, esta mezcla de bancos, palacios del siglo XIX y tilos que no se inmutan ni por el paso del tranvía. Como Bahnhofstrasse está cerrada a los autos, el ambiente recoleto sólo se quiebra en las horas pico con el leve bullicio que provoca el transitar de niños con sus esquís recién comprados y banqueros que enfilan a sus casas en las afueras de la ciudad. La agitación comienza temprano y no termina hasta bien entrada la noche, cuando los hombres de negocios y los turistas son reemplazados por grupos de jóvenes en busca de diversión.

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