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Morrudo y envasado en 1,70 metro, Carlitos Martínez encaraba y desparramaba rivales en los polvorientos potreros del barrio Ejército de los Andes, ahí donde alrededor de 100.000 personas se amontonan en 70 edificios. Vivía en el primero de los nudos -como es identificado el conjunto de monoblocks- y por eso su equipo se llamaba La Estrella del 1. El hacía la diferencia. Todos querían jugar con el Manchado, como lo conocían por esa quemadura que arranca en el pecho y le trepa hasta la oreja derecha porque a los nueve meses se le cayó una pava con agua hirviendo. "Nos matábamos para ganarnos la coca y el sándwich. La patada más chica te llegaba al cuello..., pero en el potrero te divertís más que en primera" , contaría con los años. Sobreponerse a los golpes se volvería una constante.
Como alguna vez Walter Luján decidió llamarse Samuel y Bruno Giménez después fue Marioni, el hijo de Adriana Noemí Martínez cambió el apellido y se transformó en Carlos Tevez cuando Segundo, su padre, lo reconoció. Hasta los 16 años fue la joya de Fuerte Apache. También brilló en el baby de Santa Clara, en el equipo de Villa Real -casualmente, donde se inició Carlos Bianchi- y en All Boys. Ahora vive en Versalles, y enfundado en la camiseta de Boca se convirtió en un crack nacional, pero jamás renegará de aquella infancia de privaciones, y menos de los afectos que no tuvieron, como él, la suerte de gambetear la pobreza y hasta la marginalidad. Los visita con frecuencia; extraña aquellos picados. "El Fuerte es un sentimiento. Sigo enamorado de lo que es y de lo que fue. Si alguna vez alguien me discrimina, le diré que viví en el lugar más lindo del mundo" , aseguró para el que lo quisiera escuchar.
No abandonó ninguna de las señas particulares. Se contorsiona al ritmo de la Mona Giménez y conserva el hobby de coleccionar todo tipo de gorros. Mantiene partidos los dientes frontales, las paletas, tras un choque con una compañerita de la escuela N° 50 de Fuerte Apache, a los nueve años, mientras jugaban al poliladron . Tampoco se interesó en que Boca le pagara la cirugía estética para borrarse la ya célebre quemadura cuando se enteró de que el postoperatorio le demandaría seis meses de inactividad para favorecer la cicatrización.
Parece que no les teme a las marcas... y eso que hoy es el jugador más magullado del fútbol argentino. Sabe que indefectiblemente su guapa reincidencia por encarar recibirá el castigo de las brusquedades. Será porque la vida de Tevez se ha construido sobre los golpes.


