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Roberto Obtuso tiene una materia pendiente: patinar. Sus hermanas patinaban (único hijo varón); las primas, e incluso los primos, patinaban. Como imaginan, era el "raro" de la familia. Y ya saben: no es fácil ser el diferente...
Para colmo, hermanas, primas y primos le contaban que era tan fácil patinar como caminar. "¡Justo vos, que hasta sabés correr!", le decían, con esa maldad que saben tener los niños. "¿Cuándo te vas a animar?", le gritaban ellas mientras pasaban raudas sobre ruedas, y él observaba sentado en el cordón de la vereda. Sus primos, en verdad, raramente formaban parte de las chanzas, porque ellos también preferían correr detrás de una pelota.
La angustia de Obtuso surgía porque comprobaba que aquello que le decían era verdad. Sus familiares se desplazaban con gráciles movimientos, sin torpezas que denunciaran cierto temor, alguna falta de habilidad.
Cuando nadie lo espiaba, Roberto se calzaba los patines de alguna de sus primas y se imponía volver a intentarlo. Pero no, nunca pudo iniciar ese suave deslizamiento que tanto observaba. Y llegaba a la conclusión de que el equilibrio no era su fuerte.
Como imaginarán, su venganza llegó a través del fútbol, deporte que ni sus hermanas ni sus primas practicaron. Y sus primos mostraban una clara incapacidad para patear el balón.
Roberto, obtuso, se obsesionó con desarrollar una habilidad. Quiso luchar contra su incapacidad de hacer equilibrio, y decidió que el piso no podía ser un obstáculo para vencer, sino un compañero que lo ayudara a llevar el balón muy cerca de alguno de sus pies. Eso le permitiría eludir a todos los rivales que fuesen necesarios para llegar al arco contrario y gritar gol.
Esa obsesión que no tuvo para aprender a patinar la puso en ser un crack. Y lo consiguió. El fútbol lo llevó a lugares adonde no hubiese llegado en patines. En los muchos clubes por los que pasó, dejó su huella: era un gusto ver cómo se desplazaba entre jugadores que no sólo querían hacerse del balón, sino de sus piernas o de aquella parte del cuerpo que alcanzaran golpear.
Iba en el aire. Su velocidad y su inteligencia daban letra cada domingo para los más sinceros halagos. "¡Tiene cohetes en los tapones!", decía uno. "¿Va a pisar alguna vez el césped?", se preguntaba otro. "¡Me recuerda a los equilibristas del Circo de Moscú!", gritaba otro, más veterano, extasiado ante el derroche de talento, habilidad y gracia.
Sus marcadores quedaban derramados en el campo de juego cada vez que él se inspiraba. Pocos podían mantener el equilibrio...

