El éxito de Vélez no se compra con dinero ni se mide en títulos

Román Iucht
Román Iucht PARA LA NACION
Nicolás Domínguez, un talentoso que Vélez moldeó y ahora jugará en la selección. Su venta a Bologna le dejará al club casi 10 millones de euros.
Nicolás Domínguez, un talentoso que Vélez moldeó y ahora jugará en la selección. Su venta a Bologna le dejará al club casi 10 millones de euros. Fuente: FotoBAIRES
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30 de agosto de 2019  • 16:33

Cavallero; Otamendi, Sebastián Méndez y Torsiglieri; Castromán, Nicolás Domínguez, Ricardo Álvarez y Bassedas; Posse, Flores y Vargas.

Un gran equipo que seguramente pelearía el competitivo campeonato del fútbol argentino surge como consecuencia de la fusión de las mejores ventas de Vélez en el último cuarto de siglo. La lista podría incluir a Peruzzi, Santiago Cáseres, Morigi, Damián Escudero, Mauro Zárate y Hernán Toledo, entre otros.

Desde los tiempos de Carlos Bianchi hasta este presente inundado con jóvenes surgidos de la cantera, el Fortín sabe de qué se trata la historia y cómo se desarrolla el proceso. Plantar una semilla, darle tiempo y elementos para hacerla crecer con paciencia y conocimiento, y luego disfrutar de sus cualidades hasta que el destino marque el inexorable rumbo hacia ligas europeas. Una vez cortado el cordón serán la fortaleza mental, las condiciones técnicas y la mínima dosis de suerte las que guíen el camino del futbolista, pero para cuando llegue ese momento el club ya habrá hecho su parte.

Vélez ha logrado que el círculo virtuoso funcione a la perfección y el ejemplo de la realidad es su mejor carta de presentación. La transferencia de Nicolás Domínguez al Bologna de Italia a cambio de casi diez millones de euros por el 75 por ciento de la ficha es la confirmación de que los buenos jugadores tienen en Liniers un lugar de desarrollo. Y de que con técnicos que miran hacia adentro todo es mucho más fácil.

Heinze charla con Matías Vargas, que acaba de mudarse al Espanyol de Barcelona.
Heinze charla con Matías Vargas, que acaba de mudarse al Espanyol de Barcelona. Fuente: LA NACION - Crédito: Marcelo Aguilar

El club encontró en Gabriel Heinze un constructor perfecto para aprovechar los recursos genuinos y el entrenador siempre supo que la sólida base de la pirámide de jóvenes que mostraba el menú ayudaría a interpretar su mensaje con una marcada identidad de juego y buenos resultados. Más allá de algún lógico cortocircuito, la fórmula parece maridar con éxito.

Domínguez, flamante jugador del seleccionado argentino, tuvo hasta aquí asistencia perfecta desde la llegada del Gringo. Es esa clase de mediocampistas modernos que juegan de área a área con despliegue, juego y gol. El entrenador fue puliendo sus defectos para transformarlo en una realidad cuyo margen de crecimiento es todavía enorme y a partir de una buena negociación los hinchas podrán seguir disfrutando de su juego hasta diciembre, como mínimo.

Lucas Robertone, Thiago Almada, Álvaro Barreal, Francisco Ortega y Maxi Romero, por mencionar solo algunos, forman parte del plantel principal y encajan a la perfección en la idea de intensidad, presión y mucho movimiento que exhibe Vélez en cada partido.

Lamentablemente, la gran paradoja histórica del proyecto es la aceptación de que a mayor crecimiento, más complejo resulta retener a los futbolistas y por ende más difícil poder pelear campeonatos. Para los tiempos que corren, ser competitivo y prestigioso, lograr una plaza en las copas internacionales y mantener a pleno la fábrica de jugadores debería ser mucho más que un premio consuelo.

Hay muchas maneras de dar vueltas olímpicas y la más fácil siempre será con billeteras gordas. Vélez lo sabe. Por eso, mucho más por convicción que por necesidad, elige no apartarse de su fórmula histórica. Ese es su mayor éxito.

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