Y un día llenó dos canchas...

Daniel Arcucci
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28 de diciembre de 2001  

“¿Qué es ser campeón?”

La respuesta más justa para la pregunta más lógica salió del lugar más obvio: del corazón –y no de la boca– de un hincha de Racing: “Sentilo, escuchalo, loco... Esto es, esto es. La Academia, lo más grande”.

Sólo se trata de sentir y de escuchar, entonces, para entender. A ese hincha y a los otros miles y miles que se suman a la marea celeste y blanca, felicidad hecha grito, ya imposible de contener. Como no se contiene él, que remata, desde lo más profundo: “Sin fútbol, con huevos, ¡somos los campeones!”

Mejor definición no hay. Lo que queda son certezas y afirmaciones flamantes en lugar de sueño e ilusiones viejas...

Ya nadie podrá burlarse con aquello de que “no pasen más el gol de Cárdenas que va a terminar con la pelota pegando en el travesaño” ni sumar un número al cruel canto de cumpleaños al final de cada temporada frustrante.

Ya nadie podrá preguntarse cómo es posible que un club que debió esperar lo que esperó para dar una vuelta olímpica tenga tantas generaciones de fanáticos que sólo ahora pudieron pronunciar la bendita palabra: ahora, por si hiciera falta, la pasión tiene una razón más.

Ya nadie podrá animarse a discutir merecimientos de ese equipo fundamentado esencialmente en el ánimo, en el espíritu. A falta de brillo y de talento, allí están la seguridad de Campagnuolo, los goles decisivos de Loeschbor, la regularidad de Maciel, la solvencia de Bedoya, la entrega de Bastía, la polenta de Chatruc, los chispazos de Estévez. Todos de la mano –con cuernitos– de Merlo, y paso a paso.

Ya nadie podrá aventurarse a imaginar cómo será ese día en el que, al fin, Racing pueda gritar campeón. Porque el día llegó: jueves 27 de diciembre de 2001; llovió, salió el sol y –tal como lo preveía la mitología– fueron necesarias dos canchas para contener a tanta gente feliz. Sentilo, escuchalo.

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