Gabriel Copola, el atleta paralímpico que se reinventó desde el amor

Gabriel Copola y su ilusión paralímpica en Río 2016
Gabriel Copola y su ilusión paralímpica en Río 2016
El actual campeón panamericano del tenis de mesa en 2011 y 2013 cuenta su historia de vida
Julián Polo
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16 de septiembre de 2016  • 12:32

RÍO DE JANEIRO.- Gabriel Copola está tirado al costado de la Autopista del Oeste, justo al lado de la colectora. Acaba de sufrir un accidente mientras andaba en bicicleta y no puede mover las piernas. Solo siente un cosquilleo en ellas. Está tendido en un badén, tiene once años y no entiende qué le ocurre. Cree que va a morir. Para darse aliento, conjuga el verbo amar en el presente del modo indicativo. “Yo amo, tú amas, el ama, nosotros amamos, vosotros amáis, ellos amaron…”

Al día siguiente hay prueba en la escuela. La profesora evaluará los tiempos verbales y él decide repasarlos. Lo necesita para sentir que su mente todavía está en funcionamiento.

En el pabellón tres de Riocentro, una de las sedes de los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro ubicada a pocos metros del Parque Olímpico de Barra de Tijuca, Copola vence al coreano Jeong Seok Kim en su debut en el tenis de mesa . Compite en la categoría TT3, en la cual participan atletas en silla de ruedas. El revés del coreano se va ancho y el mejor jugador argentino de tenis de mesa -11° del ranking mundial- sacude su brazo izquierdo, aprieta el puño y lanza un grito de victoria, la primera que obtiene en tierras cariocas.

Hace 21 años festejaba por haber ganado un partido de fútbol con sus compañeros del primario. Con la euforia de la victoria colegial le pidió a su madre Adriana que lo dejara salir a andar en bici. Ella accedió, pero le ordenó que hiciera lo mismo de siempre: “salí, andá y tocame timbre cuando estés dando la vuelta manzana”.

Gaby desobedeció a su madre. En lugar de hacer cuatro cuadras rodeando su casa en Ituzaingó, decidió tomar la Avenida Gaona y volver en quince minutos. Al costado de la autopista que conecta Liniers con Luján estaban construyendo una estación de peaje. La tierra transformada en montículos era muy tentadora para los ciclistas. “Siempre me tiraba por una bajadita que estaba buena. Adelante mío vi a unos pibes que se largaban de una montaña más grande y pensé ‘si estos se tiran, cómo no me voy a tirar yo que soy un campeón’”, le cuenta Copola a LA NACION.

“Cuando voy a encarar para tirarme me asusté. Dije ‘no me tiro’. Y no me tiré. Miré para atrás y pensé, ¿me tiro o no me tiro? Ya fue…”. La bicicleta voló y él también. En el aire cerró los ojos y grito ‘Ay mamita’. Después caería al costado de la autopista y allí quedaría tirado durante una hora y media.

El recuerdo sigue intacto y hasta no olvida la camiseta de Boca que llevaba puesta. Conjugar los verbos lo mantenía con ánimo, pero el sentimiento de agonía persistía. En su muñeca izquierda llevaba puesto un reloj digital, que rompió para dejar grabada la hora de su muerte. Eran las tres de la tarde. “No me podía levantar. Sabía que algo estaba pasando. Pensé que me había quebrado las piernas. Tenía once años. Lejos estaba de saber qué era una lesión medular y quebrarme la columna”, cuenta Copola, quien este año fue 5° del ranking mundial de su categoría.

Más tarde, otros chicos pasaron con sus bicicletas y llamaron a su mamá. Después llegaría la ambulancia que lo trasladaría al Hospital Posadas. Allí permanecería cien días en terapia intensiva hasta recuperarse. “El post fue durísimo. El accidente ya estaba, el tema es cuando empezás a enterarte las consecuencias. No vas a jugar más a la pelota con los pibes y vas a usar una silla de ruedas”.

El día que le dijeron que no volvería a caminar lloró por única vez por el accidente sufrido. “Mi padre me contó que la historia la escribían los hombres, los valientes y que había que continuar así. Con el tiempo entendí: la historia la escriben los que ganan las batallas. Los que mueren no la pueden escribir. Era reinventarme y volver a escribir la historia”.

En la actualidad, Copola es Licenciado en Educación Física y aunque recibe el apoyo del Enard y la Secretaría de Deporte , trabaja como docente universitario en la Universidad Nacional de La Matanza, en el profesorado de Educación Física de Luján y en el Servicio Penitenciario Bonaerense.

Durante su vida no se privó de nada: vacaciones con amigos, viaje de egresados a Bariloche, vive solo hace ocho años y maneja su propio auto. “Es todo igual, simplemente no puedo caminar y estoy en silla de ruedas. No hay discapacidad, hay una merma de la posibilidad de caminar porque tengo una lesión en la médula. Lo que no hay es un contexto que me ayude a ser autónomo, como una persona que tiene las capacidades completas. Si me ponés en un buen contexto no tengo ninguna discapacidad. Una rampa, un ascensor, la alacena más baja, no me tapes el estacionamiento del auto, un baño adaptado en todos lados. Soy uno más”. El taiwanés Cheng lo derrotó y puso fin a sus Juegos.

En 1996, Copola estaba viendo el programa de Susana Giménez, que entrevistaba a los medallistas olímpicos y paralímpicos argentinos. Uno de ellos era Daniel Haylan, bronce en los Paralímpicos de Atlanta 96. “Papi, llévame a jugar este deporte que yo le gano”, dijo. Ganó su primer torneo sin saber cómo jugar al tenis de mesa. Apenas había peloteado sobre un tablón que le había armado su tío. Después no pararía más hasta convertirse en campeón panamericano en 2011 y 2013 y participar los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 y Río de Janeiro 2016 .

jp/gs

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