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Tal vez, de haber nacido en otra época, la gloria les hubiera sonreído a los remeros Juan Cruz Fernández, de 18 años, del Campana Boat Club, Fernando Loglen (17) y Patricio Mouche (14), ambos del Club Canottieri Italiani, y sus nombres serían hoy parte de la historia grande del deporte argentino. Pero claro está que las suposiciones carecen de sentido frente a una realidad que, lamentablemente, hace añicos cualquier utopía. Lo cierto es que ayer, en el aeropuerto internacional de Ezeiza, no fueron recibidos como se lo merecían.
Es que no fue un título más el que estos tres jóvenes se adjudicaron en la categoría dos con timonel del Mundial junior (hasta 18 años) que se realizó en la localidad de Ottensheim, Austria. ¿Por qué? Porque arrasaron en todas las pruebas que disputaron con grandes potencias como Alemania y Gran Bretaña, entre otras, que cuentan con presupuestos anuales millonarios en dólares. Porque obtuvieron la primera medalla dorada en un Mundial juvenil para el país y porque, además, esta presea también es la primera que gana la Argentina desde 1971, cuando Alberto Demiddi triunfó en el Mundial que se efectuó en Saint Catherine´s, Canadá.
"No esperábamos volver con la copa. Una vez que ganamos las primeras regatas, nos empezaron a mirar con más respeto. Desde el principio se notó una gran discriminación con los sudamericanos", aseguró con timidez Loglen, de 1,96 metro de altura y 96 kilogramos de peso. Y el Nº 1 del bote agregó: "Nos sacaron fotos, firmamos autógrafos. Todavía no lo puedo creer. Este fue mi primer Mundial representando a la Argentina y lo que viví fue espectacular. Impresionante".
El más pintoresco de los tres, sin duda, es Fernández, de 1,82 m y 95 kg, cuya apariencia es tan impactante como su simpatía y su sencillez. "Durante tres meses, tomaba el tren desde Campana hasta Pacheco y desde allí pedaleaba en bicicleta unos 15 km hasta el club. Y encima, iba a la escuela de noche -comentó el N¡ 2 del conjunto-. Nunca pensé que en un Mundial, y siendo sudamericano, iba a llamar tanto la atención. Parecía Maradona. Encima, tengo un tatuaje de Ringo Bonavena y todos querían sacarse fotos conmigo. Yo empecé a remar más que nada por la musculatura y siempre había soñado con sacarme fotos trabándome. Además, disfruté al escuchar el Himno y al ganarles a los alemanes y británicos que nos decían sudacas...", recordó Fernández con emoción.
Para el timonel Mouche, que imitó el corte de pelo de su compañero Fernández luego de la victoria en las semifinales y que jamás había cruzado las fronteras del país, este título es como un cuento. "Empecé a remar en enero último y ya salí campeón del mundo. Es increíble", señaló el más pequeño del grupo.
También Pablo Scuri, uno de los entrenadores junto con Mario Espinosa, expresó su satisfacción por el logro obtenido: "Todavía la emoción continúa. La alegría que se siente es la misma que se adueñó de nosotros cinco minutos después de haber conseguido el triunfo. Es un hecho fantástico, con mucha gloria. Es una medalla dorada, nada menos, que todavía seguimos disfrutando". Y aclaró: "La discriminación es habitual en este tipo de torneos. Los chicos lo notaron a medida que avanzaban las pruebas. Entendieron rápido que ellos no podían solucionarlo y que no tenían que sentirse agredidos ni contestar a las burlas y a las miradas provocativas. Les dije que recordaran siempre para qué estaban ahí". Así de peculiar es la historia de este trío que debió soportar la hostilidad de sus adversarios por el sólo hecho de vivir en otro continente. Así de fuerte es el carácter de estos jóvenes -consolidado a diario con dedicación y tesón en las sucias aguas de Tigre- que alcanzaron un logro histórico, no imaginado por nadie cuando llegaron al centro de Europa para representar a la Argentina. Así, a puro corazón, el mérito es mucho mayor.



