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AUGUSTA - Juega como vive, con esa sonrisa melancólica que jamás lo abandona. Es un poco el resumen de la vida de Emiliano Grillo , que fue mechando certezas en el golf con ásperos momentos familiares. Casi sin quererlo, en el transcurso de los años se subió a ese vaivén de emociones, al tiempo que buscó progresar en este deporte con una convicción insobornable. Y por algo llegó al Masters, el torneo con el field de jugadores más selecto del mundo. Acá solo juegan los de méritos reconocidos, los dueños de una gran gesta golfística, aquellos que tienen con qué. En el caso de Emiliano, fue por haber ganado en octubre pasado el Frys.Com, en su primera actuación como miembro del PGA Tour . "Al Masters lo esperé toda mi vida; tengo 23 años y lo vengo viendo por televisión desde hace 20", comentaba el chaqueño, a la sombra del gigantesco roble que está enfrente del Club House y a pocos metros del tee del 1. Cerca de él lo acompañaban su esposa, Macarena, y su caddie, José Luis "Pepa" Campra.
Grillo es un debutante en el primer Major del año, pero no por eso quiere que el certamen lo tome por sorpresa. Precavido, hace dos semanas practicó la cancha con un caddie local, ese tipo de baqueanos que saben hasta el aroma de cada flor de este magnífico manto verde. "Un caddie del club te dice secretos que por ahí uno no ve; son detalles que no advertís simplemente viniendo y jugando. Realmente acá hay cosas invisibles, parece que algunas caídas de los greens caen para un lado y en realidad van para el otro. Eso lo vas aprendiendo a medida que vas jugando más y más", apunta el rubio surgido del Chaco Golf Club.
-¿Con qué atmósfera te encontraste cuando pisaste el Augusta National?
-Cuando llegué al club ya sabía que iba a haber mucha gente, bastaba con ver los estacionamientos totalmente llenos. Ya más o menos te vas dando una idea, así que no fue un lunes cualquiera. Y donde mires hay una persona con saco verde. No tengo idea exactamente de cuántos socios hay, pero están por todos lados para satisfacer tus necesidades, ya sea una pregunta o una situación puntual. Es un club en el que no hay nada fuera de lugar.
-¿Con qué expectativa llegás?
-No sé a qué aspiro, lo único que sé es que es una semana de experiencia. Jordan Spieth ganó el Masters la segunda vez que lo jugó y no hubo alguien que se lo haya llevado en su debut. Al menos yo siento que todavía me falta conocer el recorrido, es cuestión de aprender cómo juega el campo. Definitivamente, alguien que sabe cómo es la cancha y que me puede ayudar es el Pato Cabrera; este martes tenemos previsto practicar juntos de temprano. Trataré de preguntarle lo más que pueda sin molestarlo.
-¿Qué estrategia vas a utilizar?
-Dependerá del día. Lo cierto es que este lunes me encontré con unos greens totalmente diferentes respecto de los que jugué el último fin de semana. En mis primeros días de práctica, los greens estaban con una velocidad por debajo del promedio del tour y esta última vez estuvieron mucho más rápidos de la media; había putts casi imposibles. Eso te da la pauta de lo cambiante que puede ser este escenario. No tengo ninguna preferencia en cuanto a la velocidad, el tema es saber con qué te vas a encontrar y saber contrarrestarlo.
-En este último ensayo practicaste con el norteamericano Hunter Mahan y el español Rafael Cabrera-Bello. ¿Qué faceta de la cancha es más delicada?
-La parte que mejor hay que jugar es justamente la que más me incomoda, que es alrededor del green. Pero es igual de difícil e incomodo para todos, ahí estamos igualados.
-¿Cómo estás durmiendo estos días?
-¡Bien! Estoy tratando de tomarlo como un torneo más, de rutina, aunque obviamente no lo es por todo lo que significa, porque creo que es el mejor certamen del planeta. De verdad, lo esperé toda mi vida.
AUGUSTA (De un enviado especial) - A las 14.20 se escuchó un rugido incontenible, selvático, surgido desde las entrañas del hoyo 16. Y enseguida se oyó otro alarido que prolongaba la excitación del público: "¡Rory!, ¡Rory!, ¡Rory!". Era McIlroy, que acababa de anotar un hoyo en uno en ese par 3 de la laguna que recorre a lo largo. "Nunca había escuchado un rugido tan grande en una ronda de práctica", confesaría el norirlandés poco después. Ese solo episodio da una señal concreta de lo que genera el Masters, aún cuando todavía no hay nada en juego.
La gente se desvive por formar parte de este exclusivo certamen; quiere seguir a las estrellas en un campo mágico, dueño de un magnetismo especial, y ayer fue uno de los días para aprovechar porque estuvo permitido el uso de cámaras, aunque no de celulares. Ya desde el jueves, cualquier intento de utilizar un dispositivo representará motivo suficiente para ser elegantemente expulsado del club.
Nadie quiere perderse la fiesta en esta ciudad: en los alrededores del Augusta National, sobre todo a los costados de la Washington Road, se multiplicaron espectadores deseosos de conseguir una entrada. "¡Necesito tickets!", clamaron sus carteles con desesperación, como ocurre todos los años. Y en paralelo con el incesante flujo de gente que caminó las 7435 yardas, hubo dos anuncios importantes: el ganador de la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Río 2016 obtendrá un pasaje al Masters 2017. Además, por problemas físicos se dio de baja Fred Couples, de 56 años y campeón en 1992.
gs


