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Masters de Augusta

George Archer, el campeón del Masters '69 que guardó un doloroso secreto casi hasta su muerte

Gastón Saiz
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11 de abril de 2019  • 08:00

Toda la expectativa del golf mundial se focaliza en el Masters, que comenzó este jueves y atesora historias increíbles. Como la de George Archer, campeón hace 50 años en Augusta y que guardó un doloroso secreto hasta el día de su muerte. Una incapacidad intelectual que le astilló el alma y que hasta lo tentó con pensamientos de suicidio durante su infancia. Lo peor de todo: tuvo que procesarlo internamente y sólo alivió su pena con la complicidad de su esposa, su fiel Donna.

El golf es un deporte de nombres y números en el tablero, pero este norteamericano no era capaz de reconocer quiénes iban por delante y detrás de él. Tampoco podía deducir los apellidos que lo acompañarían en las salidas. Concretamente, Archer fue campeón en Augusta '69 sin saber leer ni escribir. Y no lo aprendió en toda su vida, más allá de los esfuerzos de su mujer, a quien le permitió revelar al mundo su talón de Aquiles pocos días antes de su desaparición en 2005, a sus 65 años y como consecuencia de un cáncer linfático. Sí, claro, este golfista de casi dos metros de altura podía llenar la tarjeta con los scores.

Durante esta semana del 83° Masters, Donna está siendo homenajeada por el 50° aniversario del triunfo de su esposo, ganador de 46 torneos a lo largo de varias décadas. "No lo contó porque no quería darle a sus rivales ninguna ventaja. Sabía que no sería capaz de soportarlo si alguien se enteraba, que se derrumbaría", cuenta la mujer, que agrega: "Ninguno de nuestros amigos lo sabía. Solo nuestras hijas y muy pocas personas estaban al tanto sobre su analfabetismo".

Las firmas garabateadas de Archer tras ganar en el Masters
Las firmas garabateadas de Archer tras ganar en el Masters Crédito: The Guardian

La revista Golf Digest utilizó una frase poética para describir la gran virtud y el gran karma de este particular campeón: "Archer no podía leer un libro, pero sí un green como si estuviera escuchando una canción que nadie más podía escuchar". Es un excelente resumen de la vida de Archer, que somatizó sus carencias intelectuales con su talento para el golf, su mejor y más genuina vía de expresión.

Archer no podía leer un libro, pero sí un green como si estuviera escuchando una canción que nadie más podía escuchar
Revista Golf Digest

Seis semanas después de conocer a George, en 1960, Donna se enteró de que la discapacidad en la lectura y la escritura de su marido no era absoluta, ya que tenía las habilidades mentales de, quizás, un chico de ocho años. Ella lo tranquilizó diciéndole: "Oh, no hay problema, te voy a enseñar a leer". Sin embargo, nunca consiguió que aprendiera, recuerda Donna hoy con pesar. Con todo, aquello significó apenas una frustración más después de sus tortuosos primeros años de vida, donde la humillación era moneda corriente. No hubo ayuda de sus padres ni palabras tiernas; tampoco lectura en voz alta. Al contrario. "Este es mi hijo George. Es tan tonto que ni siquiera puede escribir su propio nombre", solía decir su padre.

Nacido en San Francisco, Archer fue un brillante jugador de putter. Aquel Masters de 1969, el único Major que atrapó en su carrera, se lo llevó luego de emplear un total de 281 golpes (-7), con vueltas de 67, 73, 69, 72; un triunfo que le reportó 20.000 dólares (hoy el campeón embolsa US$ 1.980.000) y el reconocimiento unánime, tras superar por un golpe a Billy Casper, Tom Weiskopf y al canadiense George Knudson. Lo más sorprendente es que el lunes, martes y miércoles previos al Masters estuvo con gripe y dudaba acerca de si podía levantarse de la cama. Aquel domingo 13 de abril confesó: "Tenía tres golpes de ventaja y empecé a practicar mi discurso de ganador. Me escuché a mí mismo y me dije: 'Mejor te callas, tienes nueve hoyos por jugar".

Cómo hacía para viajar y comer en los restaurantes

Lógicamente, un golfista profesional debe viajar alrededor del globo para construir una carrera. Cuando Archer se trasladaba al extranjero y tenía que cruzar el océano, Donna siempre lo acompañaba y le llenaba el papeleo de migraciones. Pero más allá de su impedimento para leer y escribir, él disimulaba muy bien sus limitaciones: "Era muy bueno con las direcciones, nunca se perdía. Podía encontrar su camino en un mapa, que es diferente a leer las ciudades en él. Tenía un sentido general de la ubicación. Creo que ésta pudo haber sido la razón por la que fue tan bueno con el putter; Tenía una inteligencia espacial increíble", describe Donna.

George Archer, con el mítico saco verde de campeón de Augusta 1969
George Archer, con el mítico saco verde de campeón de Augusta 1969 Crédito: Golf Digest

Tiempo después de su deceso se explicó por qué nunca pudo formar parte de la Copa Ryder, la competencia que enfrenta a los Estados Unidos con Europa. Archer había argumentado un "problema burocrático"; la realidad es que no pudo llenar los formularios para unirse a la PGA of America, requisito necesario para jugar el certamen. Sucedió que no envió los papeles ni tampoco quiso someterse a un test escrito, otro de los formalismos para los inscriptos del equipo estadounidense.

Se las arregló como pudo. Con el menú en sus manos en un restaurante, buscaba algunas palabras que le parecían familiares como "hot dog", "hamburguesa" y" camarones", o simplemente le pedía una recomendación al mozo por algún plato más sofisticado. Cuando necesitaba dinero y Donna no estaba para asistirlo, escribía en un cheque un monto cuidadosamente copiado de una de las plantillas que ella había confeccionado para él, y que siempre tenía a mano por si acaso. Pero se perdía cuando las cantidades variaban, y otra vez volvía la frustración si no salía su mujer al rescate. Si los fans le pedían autógrafos, él mostraba su cara más sonriente y garabateaba unas líneas sobre pelotas, banderines o fotos. Lo mismo para firmar prórrogas de contrato con su marca de palos y bolas.

Archer en la taoa de la revista Sport Ilustrated
Archer en la taoa de la revista Sport Ilustrated

El analfabetismo de Archer le causó una agitación terrible, incluso en la victoria. Mantuvo a muchos patrocinadores alejados por miedo a que le pidieran que leyera un discurso o escribiera algunas palabras. En su regreso a Augusta en 1970 para la defensa del título, estaba preocupado porque temía que los fanáticos quisieran que personalizara los autógrafos firmados o que tuviera que leer algunas frases preparadas en la televisión. Todo era un suplicio fuera del juego en sí.

En medio de su increíble historia personal, un relato paralelo: una de sus hijas, Elizabeth, se convirtió en 1983 en la primera mujer caddie en formar parte del Masters, acompañando a su padre llevándole los palos. Y no les fue nada mal, terminaron 12°. Hoy, Elizabeth recuerda con emoción a su papá: "Nunca fue bien diagnosticado y, por lo tanto, no se le enseñó correctamente. Ahora estamos casi seguros de que tenía dislexia grave con algunas otras complicaciones y fue particularmente mitigada por la ansiedad; durante su etapa colegial, las monjas usaban la vergüenza y recurrían al castigo físico cuando los niños no podían tener éxito".

El palo dorado, recuerdo del título de Archer
El palo dorado, recuerdo del título de Archer

Además de su conquista imperecedera en Augusta, Archer dejó otro legado a partir de su problema: en 2008, Donna creó la Fundación George Archer Memorial para la Alfabetización, una organización ubicada en Nevada cuya misión es recaudar fondos para identificar deficiencias de lectura, diagnosticar causas y tratamientos efectivos para las discapacidades de aprendizaje, mejorar los sistemas para capacitar a maestros, tutores y otros educadores en temas de alfabetización. Ya recaudaron 1 millón de dólares.

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