Miguel Angel Jiménez, el mecánico del pelo atado

Su aspecto es inconfundible y a los 45 años sigue dando batalla; es un golfista-bisagra entre dos épocas de este deporte
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23 de diciembre de 2009  • 11:27

Es fácil reconocerlo. Su pelo rizado y colorado permanece sujeto con una colita detrás de la gorra. Usa bigotes. En cualquier torneo del Tour Europeo se lo puede ver en los alrededores del putting green intercambiando habanos con Darren Clarke, otro apasionado en eso de lanzar al aire volutas de humo. Nació en Churriana, a dos pasos del aeropuerto de Málaga, al lado del campo de golf del Parador. Es Miguel Angel Jiménez, de 45 años y uno de los personajes más pintorescos del golf de estos días.

"Pisha" camina los fairways y los greens con unos zapatos de diseño aleopardado. Sólo él y Gary Player entre los golfistas utilizan ese calzado fabricado a mano en Italia. "Comodísimo", según su opinión. "Estuvimos una semana persiguiendo al leopardo. Es el guante de mis pies", bromea Miguel, como lo hace siempre para quitarle el halo de solemnidad a este deporte. Cuenta que en el circuito del Viejo Continente le dicen "El Rojo". "Me llaman así por mis ideas y no me molesta; he sido socialista toda la vida. Defiendo a los que hacen política para la gente, a los que trabajan para crear bienestar. Y no le debo nada a nadie, puedo disfrutar de todo lo que tengo porque me lo he ganado", asegura.

Rojo es también el color que lo apasiona, como su Ferrari. En una entrevista confesó su amor por la marca del Cavallino Rampante y su sueño incumplido de ser piloto de Fórmula 1. Con malicia, el periodista escribió que Miguel, más que piloto, tenía aspecto de mecánico. Entonces se ganó otro de sus tantos apodos: "El mecánico", "Pisha", "El Rojo"… Lo cierto es que, detrás de esas pecas coloradas, hubo una infancia humilde y una familia compuesta por siete hermanos (él era el quinto). Su padre se desempeñaba como albañil y el joven Miguel, que abandonó la escuela a los 15, comenzó a ganarse unas pesetas como caddie en el club Torrequebrada, donde su hermano, Juanito, trabajaba de profesional. "Pero trabajé poco de caddie. Fui más bien bolero en el campo de prácticas y ayudante de mi hermano. Y jugaba mucho al golf", aclara.

En la línea de tiempo de los grandes golfistas españoles, Jiménez representa un eslabón en la cadena que de Severiano Ballesteros conduce a Sergio García, pasando por José María Olazábal. Ganó 15 títulos en el Tour Europeo y el último de ellos fue el más importante de su currículum: en 2008 se adjudicó el BMW PGA Championship, en Wentworth. Es un fiero competidor que, aún con su veteranía y barriga prominente, punteó este año el Abierto Británico de Turnberry con una excepcional vuelta de 64 golpes. "Muchas gracias", se despidió en la conferencia de prensa de aquel jueves glorioso en Escocia. Y ahí mismo encendió otro puro.

Pisha resiste; figura 48º en el mundo y sigue asomando la cabeza en el imperio del golf, pese a que detesta el estilo de vida americano. "Jugué cuatro años en los Estados Unidos entre 1999 y 2002, pero me volví para Europa. Allí no es todo Nueva York o San Francisco: si te metes en la América profunda es muy distinto. Terminas de jugar, vas al hotel y no sabes a dónde ir. Te miras en el espejo del hotel y lo único que ves del otro lado es un pedazo de carne con ojos", describe. En aquel momento de su carrera, su juego empezó a empeorar en paralelo con su depresión y nunca más volvió al PGA Tour; sólo lo hizo para decir presente en los majors. No dudó en refugiarse en la calidez europea. "¿Dónde encuentras en Estados Unidos los jamones, las gambitas, las almejitas, el vino…?", se pregunta.

Jiménez bien podría considerarse un golfista bisagra, entre aquel deporte que premiaba a los jugadores-sensación, de feeling con el palo, y estos que parecen máquinas, cuidadosos de la técnica, la pegada y la fuerza. "Soy el último caddie jugador, el último mohicano de esta forma natural de jugar. Ahora terminan el hoyo 18 y se van para el gimnasio. Y, al lado, nosotros hacemos lo mismo para aguantar más tiempo con ellos. Para mí es un privilegio, porque llegué al tour en 1989 dándole la patada a todos los que tenían cuarenta y pico. Ahora veo a todos los chicos jóvenes que me está dando patadas a mí. Lo que pasa es que, como estoy fuerte, voy encajando", comentó hace poco al diario El País.

Si Jiménez no tuviera sueños ni ilusiones no seguiría jugando. Con 45 años acumula 24 en el circuito. Actúa 30 semanas al año y lo hace con gusto. En el último Open de Francia cumplió sus 500 torneos disputados. "No soy un jugador largo, pero sigo siendo consistente, moviendo la pelota a mi gusto. A veces, físicamente, me vengo un poco abajo. Pero sé por dónde hay que atacar", señala el malagueño, que sabe distinguir la paja del trigo: "No se trata de hacer una montaña de dinero, eso ya lo vas a conseguir, sino de hacer una montaña de títulos, de prepararte y mejorar para hacer cosas grandes".

Todavía recuerda el Mecánico esos encuentros mágicos luego de las prácticas, a fines de los ochenta. Momento ideal para una partida de mus y cervezas con avellanas. El whisky también era compañero. "Ahora está todo mucho más profesionalizado, por los premios, por los materiales de los palos y las pelotas…Antes sólo eran unos privilegiados los que llegaban. Ahora puede llegar cualquiera. El golfista tiene un preparador físico, un psicólogo, y le dedica más horas".

La inagotable sabiduría de Jiménez en el golf lo llevó a pronunciar una frase premonitoria sobre Tiger Woods, aunque sin saber que el Nº1 caería en esta profunda crisis existencial de hoy: "En el golf también se dan aberraciones. Niños presionados por sus padres. Niños a los que roban la infancia y a los que, si triunfan, les cae encima un saco de millones. Y no están preparados para eso". Palabra de un hombre tan vigente como su juego y sus bromas.



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