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PARIS.- Lo recordará de por vida y lo demostró. Lo sufrirá de por vida, aunque no lo demuestre.
Steffi Graf nunca imaginó que su último Roland Garros iba a ser un cúmulo de dicha. Casi con 30 años, verse en la final constituía el mejor regalo de cumpleaños anticipado que podía hacerse -los festeja el lunes 14-.
Martina Hingis nunca imaginó que tendría ganas de irse de la cancha. Que podía perder frente a una rival con 11 años más, aunque esa adversaria haya ostentado 281 semanas más el Nº 1. Con 18, soñaba ser la octava mujer de la historia en ganar los cuatro Grand Slams. Esta era la ocasión de dar el golpe en Roland Garros, ese título esquivo. No estaban las morenas Williams ni Seles, tres que la pueden. Y ¿cómo haría esa alemana de un solo golpe para ganarle?
Siempre quedará un lugarcito (como aquella final del 92, con Seles venciendo a Steffi por 10-8 en el tercero) para El Juego de las Lágrimas. Ese día en el que lloraron las dos: la campeona y la vencida. Esa jornada en la que dos mujeres de distintas generaciones protagonizaron la definición más controvertida, cambiante y condimentada que se haya visto en París.
Desde hoy Nº 3 del mundo, Graf (6a. favorita), en 2h24m, superó a Hingis (1a.) por 4-6, 7-5 y 6-2 y se adjudicó su sexto título en Roland Garros, el 22º de Grand Slam y el 107º de su carrera. Para elevar su tope de ganancias, sólo por premios, a 21.600.000 dólares, con los 662.000 que se llevó de aquí. Enorme Graf, porque pegó los latigazos a tiempo, cuando la subestimaron olvidándose de que a los campeones nunca hay que darles una segunda oportunidad.
Puede apuntarse el análisis a si ganó una porque lo perdió la otra y no es errado. Pero lo vivido ayer contempla ambas situaciones. Era claro que Graf no podía jugar contra Hingis; al menos, contra la suiza que se fue 5-2 adelante con una velocidad de pelota insostenible, ese revés paralelo mágico y su capacidad para armar un ataque desde una acción defensiva.
De genio difícil, Hingis, como negando el cachetazo que le dio hace dos años, en esa misma cancha, la croata Majoli, volvió a jugar con su destino. Regaló un par de games, pero obtuvo el parcial igual y picó 2-0 en el segundo. La mesa estaba servida...
Nunca se entenderá por qué la suiza discutió tanto esa pelota que le dieron por mala. Era el primer punto, y cuando pasó el límite de la red, con un warning (advertencia) previo, sabía que quedaría a un solo acto de ser descalificada. Absurda reacción, aunque entendiese -y con razón- que la discreta umpire Anne Lasserre la perjudicaba.
Segundo error: Graf no tiene un solo golpe. La derecha le corre -menos que antes, pero le corre-, aunque construye desde el revés. Y además del tenis, está la cabeza. Alquien que juega su 31a. final de Grand Slam conoce a la perfección los momentos de cada partido y percibe las reacciones del rival.
Pudo ganar Hingis, en el 5-4 del segundo, con 15-0. Estaba a sólo tres puntos. Nunca más. Dicen que cuando se retiró momentáneamente de la cancha, en el 1-0 del tercero, no quería regresar. Cierto o no, la sensación se reflejó en el juego. Las piernas no le respondían, como sí funcionaban las de la treintañera. Faltaba ese último acto, el de los saques de abajo en los match-points. ¿Argucia? ¿Rebeldía? ¿Suficiencia? Sólo ella lo sabe. Para el torneo, su rival y el público, fue una falta de respeto. Irreverencia que no redimen sus lágrimas del final.
Graf ganó un partido que no podía y en el que le abrieron la puerta que precisaba. Después, su historia hizo el resto. Porque Steffi es historia pura. Ella sintió otro impacto: el que abre el pecho de alegría. No era algo nuevo. Pero lo vivió como el primero.
Síntoma de grandeza.
PARIS (De un enviado especial).- Martina Hingis, con los ojos brillosos, se soltó en la conferencia de prensa, que tuvo de todo menos autocrítica. La suiza salió con los tapones de punta...
-¿Por qué creés que la gente no te quiere y te reprobó?
-Es gente que no entiende mi tenis. Juego fácil, pero ellos prefieren los grititos de Seles o el esfuerzo de Graf para llegar a una pelota.
La tensión se quebró cuando, involuntariamente, alguien comenzó mal su pregunta: "Steffi, cuando usted sacó para ganar el partido..." Hingis sonrió por el acto fallido y dijo: "Oh, Jesús. ¿Algo más? Oh, Dios". Pero enseguida la charla retomó el carril que tenía...
-¿Por qué perdió un partido que tenía dominado?
-Porque tuve que luchar contra Graf, la gente, la umpire, los jueces de línea, los fallos que me perjudicaron. Y encima, ella no era una mala jugadora.
-Protestó demasiado esa pelota en el 2-0 del segundo set. ¿Fue perjudicial?
-No sé, pero protesté porque tenía razón. La marca del pique estaba ahí y me lo negaron. Hasta Steffi vio que era buena.
-Sorprendió que sacara de abajo en los match-points. ¿Cuál fue el motivo?
-No tenía otra posibilidad. Es legal. Saqué así para buscar sorprender a mi rival.
-Alguna vez dijo que Graf estaba vieja. ¿Qué piensa hoy?
-Es una gran campeona. Ganó seis veces aquí. Es un gran día para ella.

