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¿A cuánto ascenderán las pulsaciones de un boxeador en el final de una pelea?
Pregunto, porque eso de "las pulsaciones a mil" es una de las excusas más usadas a la hora de justificar las más detestables reacciones ante la adversidad de un simple, o trascendente, resultado deportivo.
Pregunto porque anteanoche, ya casi la madrugada, a esa hora incierta en que culminan las veladas boxísticas, vi cómo Sebastián Heiland, ex retador mundial, noqueaba esa teoría a puro golpe de nobleza y de sentido común.
Había terminado el combate contra Sergio Sanders y la contrariedad de su rostro no podía ocultarse ni siquiera debajo de esa boina que le pusieron y que lo identifica en el mundillo del boxeo y que complementa su espíritu chacarero.
Estaba contrariado con él mismo, el Gaucho, porque justo ante sus gente, en los pagos de Pigüé, donde está afincado desde hace tiempo, después de llegar de la Patagonia, había tenido una actuación muy deslucida, nada que ver con lo que esperaba.
Pero más contrariado estuvo cuando empezó a escuchar que las tarjetas de los jueces lo favorecían? ¡a él!
Levantó las manos, pero no para festejar sino para señalar con sus dedos en alto "¡No, no, no, no!". Después, todavía sobre el ring, puso su gesto en palabras: "Ganó Sanders; lo sé porque soy de contar las manos que pego y las que recibo. Trato de ser mejor cada día y me parece bueno empezar por decir la verdad. Estoy en contra de los fallos localistas y esta decisión me avergüenza. Las derrotas siempre me dejaron más que las victorias, y hoy Sanders me dio una lección de boxeo", dijo, con la naturalidad de quien no quiere ventajas, del que hace lo que hace para ganar, pero por las buenas. De quien está hecho de la mejor madera.
La semana pasada, más o menos a la misma hora, sobre un ring parecido a ése, también en la Argentina, veíamos cómo volaban las sillas, porque alguien se había sentido despojado. Esta semana, asistimos a la degradación del fútbol argentino en un lamentable show ininterrumpido y obscenamente público de paranoias, en el que todos pujaban por considerarse los más perjudicados? Por suerte, todavía hay gauchos como Heiland. Una pena, eso sí, que no haya muchos más.


