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Por un día, el hincha de Racing -sobre todo aquel que pasa los 40 años- se arrogará legítimamente el derecho de hacer un paréntesis en sus habituales rezongos. Probablemente hoy sólo busque apelar a la nostalgia y rememorar aquel 4 de noviembre de 1967, cuando con el golazo mil veces repetido del Chango Cárdenas, la Academia derrotó a Celtic Glasgow en el Centenario de Montevideo y se convirtió en el primer equipo argentino en consagrarse campeón mundial.
Juan José Pizzuti, el técnico y factótum de aquel equipo, Humberto Maschio y Agustín Cejas, evocaron con La Nacion esa definición y hablaron del presente de Racing. Antes habían compartido la grabación del programa de cable "De Racing", con el actor Alberto Martín, un reconocido fanático blanquiceleste.
-¿Aquel equipo podría competir hoy con el mismo éxito?
-¡Cómo no va a poder, si lo que importa es tener buenos jugadores, y a nosotros nos sobraban! Ahora, incluso, jugarían más fácilmente, por su gran personalidad para rendir en cualquier lado. Lo que a aquel equipo le sobraba era fútbol, aunque muchos hoy lo nieguen (Cejas).
-Yo estoy convencido de que todo futbolista que jugó bien en una época podría hacerlo actualmente. El equipo del 66/67 era revolucionario, por muchos motivos: físicos, tácticos, etc. Podría jugar hoy tranquilamente (Maschio).
-En Montevideo eran visitantes en serio...
-Teníamos a todos los uruguayos en contra, pero ya lo sabíamos. El equipo ya había pasado muchísimas situaciones de adversidad anteriormente y había respondido. Para ese grupo era lo mismo jugar acá o en la China, porque tenía una gran confianza en lo que podía dar (Pizzuti).
-Fue bravo. Y eso que nosotros teníamos a Chabay, que es uruguayo, y así y todo, todo el Centenario estaba en contra, salvo por los hinchas de Racing que fueron, que eran muchos. Pero la bancamos, jugamos tranquilos. Peor fue el partido con Nacional, en el que nos agarraban de los pelos, nos escupían... Hacían todo lo que se les ocurría ante un árbitro muy permisivo (Maschio).
-¿En aquella época se jugaba por la camiseta?
-Nosotros teníamos un estadio para entrenarnos, y un lugar de reunión diario, la casa de Tita... Uno iba amando al club, al vestuario, a la camiseta. Ahora todo eso no existe. No es casualidad, por ejemplo, que un club como River salga campeón de todo, porque es un modelo de cómo se debe tratar a los más chicos. Creo que si hoy se les pregunta a los pibes si quieren ir a jugar a Racing, dicen que no, y antes era un orgullo poder hacerlo (Cejas).
-Yo sostengo que desde que el fútbol empezó a ser profesional, la camiseta quedó un poco relegada. Si a uno hoy se le ocurre traer a Ronaldo o a Batistuta no puede pensar que van a jugar por amor a la camiseta. Hoy, el aspecto económico prevalece por sobre todo (Pizzuti).
-¿Qué significó Pizzuti para el grupo?
-José fue el artífice de todo lo que logramos. No sólo porque supo ubicar a los más jóvenes en su lugar justo, sino también por imponer una disciplina que en ese tiempo era muy importante. Era un hombre muy severo y coherente, que no se casaba con nadie. Con decirte que yo era amigo de él desde antes de irme a Italia, y no nos tuteábamos. Y si me tenía que castigar, lo hacía como con cualquier otro (Maschio).
-¿Por qué tras esa gloria vinieron treinta años de padecimientos?
-Buscar culpables ahora no ayuda en nada. Hay algo de responsabilidad en todos, aunque indudablemente es mayor la de los dirigentes. Pero lo que se necesita es construir una base con vistas al futuro, y no moverse de ahí. No se puede estar en medio de los comentarios y chismes por los problemas internos (Pizzuti).
-Es muy difícil encontrar una explicación. Habría que decir que si falla la cabeza, todo anda mal. Para conformar un buen equipo hay que contar con muy buenos dirigentes y un gran presupuesto, y Racing siempre padeció por los problemas económicos. Pasaron buenos jugadores, pero pocos buenos conjuntos (Maschio).
-Yo no creo que haya una razón puntual. Es una suma de varios factores, con equivocaciones que vienen desde la cabeza hasta el que colabora con la limpieza de la cancha. Son errores constantes y de todos que van haciendo caer en el descrédito (Cejas).
Treinta años después, ese impecable remate de Juan Carlos Cárdenas corre serio peligro de salir desviado. Es que aquella hazaña en el Centenario de Montevideo, con todos los uruguayos haciendo fuerza por los escoceces del Celtic, se fue incorporando de tal manera al acervo racinguista que su recurrencia va de la mano con las frustraciones que se fueron sucediendo, increíblemente, a través de seis lustros.
Era imposible pensar, en aquel festivo 4 de noviembre de 1967, que ese 1 a 0 en el tercer partido de una inolvidable final intercontinental, debiera ser explicado una y otra vez para hacerle entender a las nuevas generaciones, huérfanas de vueltas olímpicas, que Racing no se incorporó a la galería de los grandes por decreto. Todo lo contrario. Desde su nacimiento, en pleno auge amateur, hilvanó talento con laureles.
Es cierto que en la era profesional debió esperar 18 años para consagrarse. Pero, como una revancha más que merecida, se dio el gusto de repetir los lauros en 1949, 1950 y 1951. Fuera de las cuestiones políticas, acaso movilizadas por un dejo de envidia, poco se podía discutir la categoría de Salvini, Méndez, Bravo, Simes y Sued. O la capacidad de Fonda, Rastelli y Gutiérrez, el inolvidable Rey petiso. Y menos a Antonio Rodríguez en el arco y la seguridad de Higinio García y José García Pérez, en la zaga.
Ese tricampeonato de Racing marcó una época, que luego reverdecería en 1958 y 1961. Con otros nombres para agigantar una prosapia de fútbol escrita, con mayúsculas, en colores celeste y blanco. Corbatta, Pizzuti, Sosa, Belén, Sacchi, Anido. Domínguez en el arco. Grandes, sin vuelta de hoja.
Un tiempo de indefinición institucional -nunca peor que el actual- que se extendió por cinco años, fue el lapso para crear, sin saberlo, un mito: el equipo de José. De Juan José Pizzuti, el técnico de un equipo que estaría invicto durante 39 partidos. Engendrado casi por necesidad en 1965 y alumbrado para la felicidad suprema de los hinchas racinguistas, en 1966. Cejas, Martín, Perfumo, Basile, Díaz, Maschio, Chabay, Cárdenas, Rulli, el Yaya Rodríguez, Mori, Raffo, Martinoli. Míticos, por imperio de circunstancias que ellos no pudieron predecir.
Ni el mismo Chango Cárdenas pudo imaginar jamás que su impresionante gol adquiriera dimensiones de epopeya. Celebrada año tras año hasta llegar a treinta. Nada menos. Como para recordar que, pese a quien le pese, las instituciones quedan porque algunos hombres no pasan en vano.
Cualquier equipo tiene historias, anécdotas y curiosidades que hacen a sus características. Aquí van algunas de esas cosas, a veces desconocidas.
Un susto. Agustín Mario Cejas, el arquero del equipo, guarda una anécdota que incluye futurología: "Ocurrió en la Copa Libertadores, durante un viaje en avión de Medellín a Bogotá. De pronto, nos encontramos en medio de una flor de tormenta, entre las montañas, volando muy bajo. Por un rato tuvimos un miedo bárbaro, porque pensábamos que nos veníamos abajo. Pero nos salvamos porque sí, y una vez en tierra la compañía aérea nos invitó con unos tragos, como para que nos relajáramos. En ese momento, si mal no recuerdo, fue Coco Rulli el que dijo: ´Si zafamos de esto, somos campeones del mundo´. Un visionario", recordó.´
Todos sumaron. Cada uno de los integrantes de Racing aportó su granito de arena para llegar a lo más alto. En 1967 el presidente de la institución era Baldomero Pico, quien junto a Carlos Cúneo como vicepresidente, continuó el legado de Santiago Saccol. El cuerpo técnico, además del entrenador Juan José Pizzuti, estaba conformado por Rufino Ojeda (preparador físico) y Héctor Venturino y Argentino Pico (médicos). También estaban Roberto Valverde (masajista), Nilo Furlán y Celestino Bolchini (utileros) y César Mattiussi (canchero y padre de uno de los símbolos inalterables de Racing, la querida Tita).
Los entrenamientos. El siguiente era el diagrama semanal de tareas que tenía Racing: lunes, libre; martes, trabajo recreativo y desintoxicación; miércoles, práctica intensa física y técnica y movimientos para adquirir mayor fuerza; jueves, fútbol; viernes, trabajo físico y técnico, velocidad y movimientos gimnásticos combinados con carreras; sábado, ejercicios livianos, y domingo, partido.
El plantel no hacía trabajos con pesas, ya que el profesor Rufino Ojeda consideraba que traían problemas en las articulaciones y eran innecesarios para el fútbol.
Además, dos veces por semana, los martes y viernes habitualmente, se realizaban charlas para cuidar la parte psíquica.
La mascota. En ese tiempo, el pequeño que salía al campo con los titulares, la mascota, era Marcelo Carballo, hijo del tesorero, quien se trasformó en una de las tantas cábalas. Los jugadores empezaron a creer en él en el partido en el que River le quebró a Racing la racha de 39 partidos invicto, en 1966. Marcelito... no estuvo. Por la Libertadores faltó a los encuentros contra 31 de Octubre en Bolivia y Universitario, de Perú, en Avellaneda. En ambos cotejos, Racing perdió. Eso sí, aunque los jugadores lo obligaron a viajar a Chile, Glasgow y Montevideo, no siempre dio resultado.
Basile y los Beatles. Con su estampa recia y su figura varonil, el Coco Basile fue asociado siempre con la noche y el tango. Alguna vez, comentó: "El tango es tan nuestro como el mate". Sin embargo, un inédito Basile supo decir en algún momento: "Los Beatles me gustan cuando los escucho instintivamente; me dan ganas de moverme al compás de la música". Por algo Basile y Beatles empiezan con B.
La foto. Juan José Yaya Rodríguez tenía una cábala que jamás olvidaba cumplir: los días de partido usaba siempre el mismo gabán. A tal punto llegó, que lo bautizaron La Foto, porque siempre estaba igual. Pero luego del lograr la Copa Libertadores en Chile, el plantel decidió quemárselo en "un acto público".
Alcohol ganador. Miguel Mori era un obesivo de las cábalas. En una ocasión previa a un match, Roberto Perfumo tenía una líneas de fiebre. Entonces, Mori le agregó unas gotas de alcohol al té azucarado del defensor. Resultado: Racing goleó. Desde entonces, por más que Perfumo intentó resistirse, Mori controlaba in situ que el Mariscal se tomara el "té con gotas".

