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Se tiñe de Rojo la noche de Parque de los Patricios. Sobrevuelan las características banderas que en su corazón tienen un Globo. Se desata toda la alegría contenida y finalmente El Quemero grita campeón. Tuvo que sufrir demasiado, es cierto, no la pasó para nada bien, porque se encontró con Quilmes, que quería revertir el 0-1 que traía desde el Sur y también ansiaba el ascenso. Pero el destino quiso que en los libros del fútbol de los sábados quedara grabado el nombre de Huracán, que tras empatar 1 a 1, otra vez está en primera división.
Es cierto que quedará en el recuerdo la corrida de Fernando Di Carlo, esa que culminó con el empate del local y que le dio la tranquilidad suficiente como para festejar el ascenso. Pero el momento clave que marcó el rumbo de esta historia se produjo justamente 14 minutos antes. Fue sólo un segundo. Un instante: se congela la imagen en Parque de los Patricios, el reloj marca 30 minutos del segundo tiempo. Se corta la respiración de los hinchas del Globo y la mirada es la más desesperada. Se preparan las gargantas de los cerveceros para explotar y dejar todo en el grito de gol.
Baja la pelota Czornomaz mientras que forcejea con Morquio, mira al arquero Martín Ríos e intenta darle su mejor pase a la red, ese que dejaba Quilmes en el fútbol de los domingos. Pero no. Porque se agiganta la imagen de Ríos que contiene y se queda con la pelota del partido, la del ascenso.
Ahora sí, vuelve a correr el tiempo en el Palacio Tomás A. Ducó. Los hinchas de Huracán respiran, los de Quilmes no salen de su asombro. Queda en el aire la sensación de que ése fue el instante clave del partido. El momento en que Huracán comenzó a acomodarse el traje para asistir a la máxima categoría.
Fue un partido vibrante, sin duda el mejor del torneo. Tanto Huracán como Quilmes dejaron todo y brindaron un notable espectáculo. La gente también puso lo suyo para que la fiesta fuese completa.
Es cierto que en los libros figurará la consagración del Globo, pero es inevitable decir que en el balance final el cervecero fue más. El conjunto que conduce Ricardo Rezza demostró en el campo de juego que tiene un gran juego colectivo y que cuenta con individualidades desequilibrantes.
Es por eso que salió a llevarse por delante a Huracán, un conjunto que se mostró impotente ante la habilidad de Giampietri, la velocidad de Domínguez y el manejo y el orden de Ceferino Díaz, la figura del partido.
No podía salir de su letargo el local, que aguantaba los embates del rival ante la sólida defensa de Morquio y la seguridad de Ríos. No le encontraba la vuelta al partido Luis González y se perdían en tibias intenciones Soto y Saboredo.
De esa manera se definía el último capítulo de esta historia. Que tenía reservadas muchas más sorpresas. Por ejemplo, que a los 24 segundos del segundo tiempo Alejandro Domínguez avivara la ilusión del conjunto del Sur y su equipo se transforme en el protagonista.
Pero todo será para el recuerdo, porque el campeón hizo su negocio en los momentos más importantes. Fue el líder de todo el torneo, marcó la diferencia cuando era necesario, de visitante, en el primer partido de la final, y contó con el mejor jugador del torneo Gastón Casas.
Eso es lo que quedará en el recuerdo. La tarde-noche del 25 de junio de 2000 será la que cuenta. El gol de Di Carlo perdurará. Huracán está de vuelta, luego de una temporada en la B Nacional. Resuena el grito de campeón, en el regreso a la primera división.

