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SAINT-DENIS, Francia.- A Italia las cosas siempre le cuestan un poquito más. Es como si sufriera de un masoquismo eterno que lo lleva a complicarse la vida cuando parece tener todo definido. Se clasificó, sí, de eso no había duda. Si perder con Austria era lo más parecido a una utopía...
Pero atravesó por una etapa de desconcierto que por poco lo condena al segundo lugar del grupo y, por ende, casi lo envía a unos octavos de final contra Brasil. Ganó, se ubicó primero en la Zona B, esquivó a Brasil por lo menos de aquí a la final y dejó en claro que, aunque no juega bien, siempre cuenta con algún nombre que lo salva.
Por una cuestión cronológica, vale la pena comenzar por esto del sufrimiento eterno. Lo aceptó Paolo Maldini en la zona mixta: "Y... sí, es cierto. Siempre tenemos que sufrir. Ya es una costumbre".
Y es que, mientras Chile vencía por 1 a 0 a Camerún, en Nantes, aquí Italia empataba de casualidad. Con Del Piero golpeadísimo, Nesta ya afuera por el salvajismo austríaco, Maldini algo atontado por un codazo atroz de Polster y Vieri revolcado por la brutalidad de Schottel, el hábil y atrevido Vastic le complicaba la existencia a toda la defensa.
Merecía más Austria, a pesar de la golpiza física que le asestaban sus jugadores a los italianos (el árbitro inglés Durkin, mientras, desenvainaba un siga-siga más lamentado por Italia que por Austria).
Fue entonces cuando la squadra azzurra recurrió a uno de esos nombres que siempre tiene guardado en el bolsillo. No fue Del Piero ni Paolo Maldini. Y menos Roberto Baggio, aún en el banco de suplentes. Cuando el mundo se llenaba la boca con tres apellidos ilustres, el ex tricampeón le dio chapa de figura a Christian Vieri, que, de cabeza, se convirtió en co-goleador de la Copa junto con Gabriel Batistuta (ambos con cuatro tantos). Allí cambió el partido, pero no el principio italiano que parece obligarlo a sufrir para ganar.
El equipo de Cesare Maldini le regaló la pelota a Vastic y a Kuhbauer y, mientras los austríacos se peleaban entre ellos (Reinmayr y Polster se insultaron dos o tres veces), buscó el contraataque como fórmula para acabar con la resistencia blanca.
Pero antes de que Roberto Baggio -siempre Baggio- armara una pared bárbara con Inzaghi y pusiera el 2 a 0, a los 44 del segundo tiempo, Italia se dedicó a repartir faltas tácticas así como Austria había utilizado los golpes en la primera parte.
¿Qué pasó? Maldini le cometió un penal a Vastic, Inzaghi le hizo otro a Pfeffer y, si Austria no empató, eso se debió exclusivamente al pésimo arbitraje de Durkin, que no vio ninguna de las infracciones. Ah, además, Pagliuca le había contenido una chilena de locos a Wetl.
Italia sufría para mantener la victoria, sin saber que en Nantes Camerún había empatado y, por lo tanto, ya no peligraba su primer lugar en la clasificación. Encima, Baggio convirtió el 2 a 0 y pareció todo más fácil. Pero Costacurta bajó a Wetl en el descuento, Herzog marcó el penal y otra vez hubo que rezar para mantener la victoria.
Al final, Italia ganó, es verdad. Sin jugar bien, también es cierto. Y con sufrimiento, como de costumbre. Pero se clasificó primero, como esperaba, porque le hizo honor a su historia y supo sacar de la galera un nuevo nombre para la elite mundial.
Italia está en octavos de final con toda su tradición a cuestas. Sin catenaccio, pero con una dosis folclórica que lo convierte en un equipo temible. Es un clásico. Por donde se lo mire.
