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Es el hombre que más veces ganó los mejores títulos, los más deseados, los de mayor importancia dentro del universo golf. El más grande jugador de la historia, el mejor preparado de todos los tiempos para triunfar en los Grand Slam. El mojón que se propuso alcanzar Tiger Woods en su carrera a la cima. Es Jack Nicklaus, uno de los íconos de este deporte, pero, como suele ocurrir con los grandes héroes, todo lo que lo rodea es sencillez, humildad sin poses ni artificios.
El Gran Oso Dorado, como lo bautizaron en un ambiente aficionado a buscar esos distintivos, está en ese paraje de ensueño que propone el Chapelco Golf & Resort para inaugurar su propio diseño hecho realidad. Una actividad con la que desde los años 70 ha dejado su huella en los cinco continentes. Pero está lejos del divismo, los guardaespaldas y la actitud distante que persigue a las grandes figuras actuales. Nicklaus pertenece a otra generación, a otra forma de entender el profesionalismo. A cada paso demuestra que puede caminar sin esfuerzo aunque cargue con un saco repleto de éxitos.
Ingresa sin demasiados protocolos en la sala donde presentará el proyecto y se sienta a esperar que todo termine de acomodarse. No está en el centro de la escena. Ese lugar es para su hijo, Jack II, al que le cede la mayor parte de los méritos en la concreción del diseño.
Después, acepta un contacto más informal con algunos periodistas, para hablar de otros temas. Y se relaja al punto de sacarse los zapatos y las medias para colocarse unos apósitos que protegen sus dedos de ampollas. "Ningún golfista se salva de esto", dice y se prepara para la clínica y el primer recorrido por los 18 hoyos, alternando golpes con su hijo mayor.
"El golf argentino siempre estuvo muy ligado a mi carrera y de alguna manera me influyó. Cuando sólo tenía 17 años, jugué mi primer Abierto de los Estados Unidos, en Inverness, y no superé el corte. El sábado fui a ver el torneo y trepé casi gateando una loma para verlo jugar a Roberto De Vicenzo. Lo conocí y desde ese día nos hicimos amigos. La última vez que jugué un torneo aquí fue en 1969 y lo recuerdo muy bien. Fue en el Torneo de Maestros, en el Olivos Golf Club, y también jugaba Roberto", cuenta Nicklaus.
"Me gusta mucho el Sur de la Argentina, porque además de jugar al golf se puede pescar y esquiar, dos actividades que me gustan mucho. Aunque lo más importante es el famoso asado argentino. Lo hemos disfrutado mucho." Los golfistas profesionales sienten una atracción casi misteriosa hacia la pesca, y Nicklaus no escapa a la regla. Por eso, aprovechó este viaje para despuntar el vicio de la pesca con mosca. El viernes, en la víspera de la inauguración, pasó gran parte del día en el río Chimehuin, y el domingo último viajó especialmente a Tierra del Fuego en busca de más acción con el agua hasta la cintura.
Nicklaus habla de su empresa y de lo que significa trabajar en familia: "Todavía no sé cuáles son las desventajas de trabajar en familia. El problema en todo caso lo puede tener Jackie, habría que preguntarle a él. Creo que todo padre tiene en algún lugar el deseo de trabajar con sus hijos y con las generaciones que le siguen. Trabajar en familia es un proyecto de todos, que nos une a todos, y da muchas satisfacciones".
Con 66 años cumplidos hace pocos días, Nicklaus está considerado entre los mejores diseñadores del mundo. Hace más de dos décadas dejó de ser el rey de la competencia para convertirse en un emblema de la creación de canchas: "Diseño canchas desde la década del 70 y desde entonces cada vez que nos juntamos con otros golfistas hablamos sobre cómo tiene que ser una cancha de golf. Mi posición es que básicamente tiene que ser divertida, que tenga sus dificultades, sus desafíos, pero que sea jugable para todos los niveles. Pero también es fundamental que sea linda, que llene los ojos y ayude a pasar grandes momentos. Al principio empecé diseñando como hacemos todos, poniendo mi propio punto de vista, pero después encontré que es importante involucrar a otros y conocer su pensamiento".
¿Cuál es su lugar en la historia del golf? Nicklaus se resiste a determinarlo: "Supongo que es una herencia que he dejado. Yo hice lo que podía hacer y el tiempo va a decir lo que eso significó en la historia del golf". Un legado que permanece inalterable por ahora es su récord de 18 Majors: "No sé si tuve una fórmula para ganar. Un Major se presenta y uno lo tiene que jugar. Es algo que uno tiene que tener, esa habilidad de poder concentrarse en cada hoyo. Un Major es lo más importante y yo siempre busqué concentrarme un poco más de lo normal. Me enfocaba mucho en el objetivo. Y si en mi época hubiese jugado Tiger Woods, seguramente hubiera tenido que focalizarme aún más..."
No extraña aquellos años de competencia: "No tengo ningún tipo de nostalgias de los grandes torneos. Cuando me retiré de los Majors ya no era competitivo, y entonces ya no pienso en eso. Mi vida pasa por otras cosas ahora. Después del Abierto Británico en St. Andrews, el julio de 2005, sólo jugué al golf cinco o seis veces, y eso demuestra que mi mente y mis ganas están por otro lado". En 2006 el Abierto Británico regresa a Royal Liverpool, a 39 años de la victoria de Roberto De Vicenzo. Nicklaus apela otra vez al humor para describir sus memorias de aquel torneo: "¿Qué recuerdo del Open de 1967? Que terminé segundo..." Antes de irse al driving range para mostrarles a los casi 500 socios e invitados que algunos de sus mejores golpes resisten el paso del tiempo, deja su impresión sobre el mejor jugador argentino: "Es sorprendente la manera en que Angel Cabrera le pega a la pelota, alcanza distancias a las que pocos llegan y hay muchos profesionales del tour que quisieran ser como él. Lo tuve muy cerca en la última Copa Presidentes, cuando yo fui capitán del equipo americano y él integró el combinado internacional. Jugó con Phil Mickelson el último match y estuvo muy cerca de ganarle. Tiene una gran potencia, pocos par 4 se le resisten y eso lo hace un jugador muy peligroso".
El más grande sostiene su prestigio creando campos de golf y ya dejó su sello en la Argentina.




