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La tentación de discriminar sin ahondar en detalles sacude desde hace un tiempo al mundo del fútbol. Mal enquistado en la sociedad, esto de pontificar sin saber se amplificó en la galaxia del balompié desde que se conoció que el brasileño Eduardo Esidio, delantero de Universitario, de Perú, llevaba en su sangre el virus HIV.
"Yo no saltaría a cabecear con él", lanzó sin meditar Juan Carlos Oblitas, voz tan reconocida en Perú como que se trata del seleccionador nacional y de uno de los mejores jugadores de la historia de ese país.
Esidio, portador asintomático del virus del SIDA, prefirió no contestarle. Después de ampararse en la ley peruana, que prohíbe la discriminación, dio una conferencia de prensa en la que no ofreció más intimidades que su deseo de volver a jugar al fútbol. "Es lo único que sé hacer; es mi vida", confesó.
El jueves último llegó de Lima una información errónea, en la que se afirmaba que, ante el cierre del libro de pases y la falta de algún documento médico que aprobara la inclusión del brasileño, Esidio no había llegado a tiempo para inscribirse en el torneo peruano.
La noticia se corrigió anoche, cuando se supo que, una hora y media antes del verdadero cierre del libro de pases, Esidio firmó su incorporación a Universitario.
Y lo hizo con dos informes en su mano. Uno de la Facultad de Medicina de la histórica Universidad de San Marcos, firmado por el decano, José Pelayo, y otro del Ministerio de Salud del Perú, rubricado por el mismísimo ministro, Marino Costa. En ambos la conclusión era la misma:"No existe riesgo para el físico de Esidio" y "Hay remotas posibilidades de contagio".
Con esos documentos en sus manos, Esidio y varios dirigentes de Universitario concurrieron a la sede de la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional y concretaron la inscripción, con lo que el brasileño recibió su carnet habilitante.
¿Para qué querían esos documentos?Primero, porque ni siquiera Esidio tenía real noción sobre los efectos que podía causarle la práctica de un deporte de alto rendimiento.
Segundo, porque la gente de Universitario pretendía lavarse las manos y quitarse toda responsabilidad ante alguna eventual consecuencia nefasta.
Y tercero, porque sólo con una aprobación profesional se calmaría el convulsionado ambiente del fútbol peruano.
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Aunque ninguno lo acepta en voz alta, la mayoría de los jugadores del campeonato peruano tiene miedo. Una prueba de ello es la serie de reuniones que mantuvieron con dirigentes, cuerpo técnico y médicos, los futbolistas de Universitario. Esto, cuando se enteraron de que Esidio tenía el virus HIV. Con el riesgo de que la información sea desmentida, la verdad es que los compañeros de Edú pidieron que el brasileño fuera desafectado del plantel.
Hasta que se les hizo ver que el riesgo era ínfimo, no querían saber nada con compartir el vestuario con Esidio.
Osvaldo Piazza, entrenador de la U, se opuso a tal posición y defendió al delantero. "A la persona", como él se encargó de repetir.
Pero las dos corrientes ya habían quedado expuestas:¿No aceptar a Esidio era discriminarlo? ¿O en realidad con ello se estaba protegiendo a los demás jugadores?
Los informes médicos definieron la cuestión. Esidio puede entrenarse como uno más sin que su sistema inmunológico sufra perjuicios fatales.
Y las posibilidades de contagio, según los cálculos de los médicos peruanos, son de "1 en 1.000.000 de partidos".
Por todo ello, en este caso, no aceptar a Esidio no es proteger al resto. Es discriminarlo a él.



