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La política es muy dinámica. Suele cambiar, para que nada cambie. Suele transformarse, para que la historia se repita. Otras caras, la misma moraleja. El deporte, el fútbol, en realidad, tiene demasiado de ese circo peligroso. El grotesco de que un plantel -en este caso, léase Quilmes- sea custodiado por la policía provincial por temor a ataques de hinchas que dicen defender el mismo sentimiento parece propio de una película de humor negro. Más aún, si el presidente de esa popular entidad es uno de los dirigentes con mayor ascendencia en la AFA. O que el vicepresidente es el jefe de Gabinete del gobierno nacional. Queda la sensación, entonces, de que la "sensación de inseguridad" no sólo es una sensación. Y no es un juego de palabras. Lamentablemente, no lo es.
Quilmes no puede ganar. Seguro, debe intentarlo, pero no puede. No se trata de que no quiera: sus adversarios jugaron mejor o, en todo caso, igualaron fuerzas. Los hinchas (¿violentos con identidad propia o anónimos de una sociedad enferma?) entienden que la mejor manera de provocar una reacción es atacarlos, violentarlos, intimidarlos. Provocarles inseguridad. No sólo son violentos: son incapaces de entender que atentan contra su propio interés.
Pero ése, en realidad, no es el problema principal. Lo doloroso es que este grupo de individuos -como los hay en todos los equipos de nuestro herido fútbol, aun en las ligas regionales- actúa con la complicidad dirigencial y policial. ¿Será por miedo? Tal vez. ¿O será por peligrosa necesidad? El caso de Quilmes es testigo. Porque es presidido por José Luis Meiszner, una autoridad que suele reflejar el mismo pensamiento que Julio Grondona. Y porque Aníbal Fernández no es "un socio más", como advierte el presidente. No puede serlo con el poder que representa en nuestro país. Justo en una vereda sensible para muchos, como la seguridad. O la sensación de su ausencia.
"La sensación está y no se cambia con discursos; se cambia con hechos", contó Aníbal, alguna vez, en julio de 2006. El problema de Quilmes, en realidad, debería ser menor: hay episodios de inseguridad mucho más graves e irreparables que la rotura de un vidrio de un ómnibus. Sin embargo, su caso refleja, desde el pago chico, lo indefensa que se encuentra la sociedad. Si un club con dos personas influyentes -en el fútbol, en la política- carece de las mínimas condiciones de protección, qué les queda a los demás.
Los futbolistas, muchas veces, colaboran con los barras. Por miedo, tal vez. Por obligación, acaso. Pero deben sentir, en estas horas, los entusiastas que juegan en Quilmes, una creencia similar a otros hechos delictivos. O peor aún: la percepción de que el enemigo está en su propio hogar. Y no sólo el cretino que cree que rayando un automóvil puede vengarse por eventuales malos resultados. Se trata de algo más profundo. De vivir, de jugar, a la deriva.
aruya@lanacion.com.ar

