Justo a tiempo

Fernando Pacini
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19 de noviembre de 2015  

Se sintieron desafiados y respondieron. Los jugadores de la selección sacaron su espíritu competitivo en Barranquilla y no se dejaron llevar jamás por la indiferencia ni la confusión. También frente a Brasil, incluso con más ambición. Los partidos importantes, cuando se sacan adelante, rara vez encuentran en la táctica y la estrategia su mayor sustento. Los detalles futbolísticos son accesorios en las situaciones límite. Lo significativo es la compostura y la determinación, ambos, valores sobresalientes en el equipo.

Cualquiera que compare las pretensiones de funcionamiento que tiene Martino con la realidad de Barranquilla seguramente descubrirá una brecha. Aun así, para volver a creer en el ideal, era indispensable recuperar algunos aspectos ausentes luego de la final de la Copa América. Aquel partido ante Chile fue más que una derrota: fue un juicio que develó una duda razonable sobre el estilo de juego. Nada más y nada menos que eso estaba en juego en esta doble fecha: resurgir, volver a creer, o capitular.

El entrenador cree, no tiene dudas, pero cuando el plantel, impactado por un resultado y sus circunstancias, comienza a sospechar del camino elegido, la tarea del conductor se ve sometida a la prueba más exigente: persistir a pesar de las críticas, convencer a pesar de las miradas dudosas, dar seguridad a los inseguros y persuadir a los rebeldes. La receta no es apartarse del discurso que apasionadamente transmitió y renunciar a la sensibilidad y a la convicción para entregarse a los incansables reclamos del bendito "plan B". Lo único que asegura ese camino es el final.

No importan las ausencias notables ni las dificultades del rival, el calor, la humedad... Más, los obstáculos pueden cooperar con la determinación que se demanda. Y la Argentina estuvo a la altura. Tuvo momentos excelentes frente a Brasil, y se sintió a gusto en Barranquilla con una postura más calculadora y práctica.

Está claro que este grupo de futbolistas no sólo no padece vértigo al asomarse al precipicio, sino que disfruta mirar al vacío. En estas circunstancias extremas, surge en ellos algo esencial. Se sienten plenos de jugar con el oficio, de ser astutos, de manejar los tiempos, de esconder la pelota, de replegar y dañar con un contraataque, y con cuánto atributo de un equipo que se define por esos trazos y no por los que pretende la selección argentina y su técnico. Sin embargo, saben que esta versión los saca del apuro, les resuelve problemas urgentes, pero que para ilusionarse con la grandeza, no alcanza.

El asunto es que ahora, mezclando la prédica del entrenador con esa habitual capacidad colectiva de sacar adelante las cosas cuando se atascan, la Argentina llega a fin de año más tranquila, esperando confirmar en 2016 lo que hasta la semana pasada estaba en duda. No se trata de morir con las botas puestas, todo lo contrario. Un técnico puede morir de mil maneras, pero cuando vive, seguro que es por no quitarse las botas.

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