

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
Diecinueve años ya había cumplido cuando se hizo famoso. En otro nivel, claro, porque en 1982 no existía la mediatización que nos sacude hoy. Resulta que a la Argentina se le ocurrió organizar un Mundial de voleibol y él, parte de un grupo llamativamente joven, se ocupó de cambiarles el hábito a los argentinos. Los chicos empezaron a jugar al voleibol en los recreos, los más grandes cambiaron algo de su temática deportiva, el fútbol le dejó espacio a este fenómeno emergente y, de paso, él empezó a escribir una trayectoria brillante.
Dieciocho años transcurrieron desde entonces. Y él sigue en la misma. Hugo Conte, el único argentino seleccionado por la Federación Internacional de Voleibol entre los 25 mejores jugadores de la historia, será uno de los referentes del seleccionado en Sydney. Los terceros Juegos Olímpicos de su carrera.
"Estuve en Los Angeles 84 y en Seúl 88. Después, también desfilé en Atlanta 96, pero ahí fui para acompañar a Martínez y a Conde, que competían en beach-volley. Por esa época no jugaba en la selección."
Daniel Castellani, que había sido su compañero en las dos máximas gestas del voleibol argentino (bronce en el Mundial 82 y misma aleación de metales en los Juegos de Seúl 88), no lo había llevado. Y eso venía con una historia detrás.
"Yo renuncié a la selección después del Mundial de Brasil 90. Y no volví sino hasta el 99, cuando Castellani nos llamó a Kantor y a mí."
-¿Por qué no volviste antes?
-En esos nueve años yo nunca recibí una llamada telefónica para volver. Castellani tenía su proceso y yo no formaba parte, así de sencillo.
-¿Cómo era tu relación con él?
-Respetuosa. No fuimos ni somos amigos, pero había respeto. Yo creo que eso fue lo más impresionante de aquel grupo que nació en la década del 80. Jugábamos Buby Wagenpfeild, Martínez, Kantor, Castellani, Quiroga y yo. Y en Seúl ya estaba Uriarte por Buby. Lo mejor, decía, fue que nos bancamos durante 10 años. Empezamos a jugar siendo adolescentes. Y queríamos resolver los problemas de todos: a mí no me gusta cómo comés vos, tenés que cambiar; y vos, que te bañás con la puerta abierta... típico de juventud, que querés cambiar todo. Después maduramos y aprendimos a respetar al otro.
-¿Qué recordás de aquel tercer puesto en el Mundial 82?
-Eramos muy jóvenes. Yo tenía 19 años; Castellani, 20; Kantor, 21; Quiroga, 19. El más viejo era Buby, de 25. Fijate que le decíamos siempre Buby, ¿hasta cuándo vas a seguir? Y tenía sólo 25. ¿Qué tendría que hacer yo hoy, con 37? Ja ja...
-¿Cómo es que se armó un equipo tan joven para un Mundial? ¿Ustedes eran unos fenómenos o no había nadie más en el voleibol argentino?
-Había historia, pero nosotros éramos una camada de pibes chiquitos con físicos excelentes, técnica bárbara y mucha competencia internacional. Tuvimos la suerte de poder viajar y conseguir roce. Y mirá que cuando empezamos éramos muy malos, ¡eh! Mi primer partido, por ejemplo, lo jugué contra China. Yo ni la veía. Los chinos pegaban por todos lados, parecían monstruos. Y eran buenos, pero no extraterrestres. Creo que eso también nos ayudó, porque aquello era jugar, jugar, jugar, perder, perder, perder.
-¿Eso no es frustrante?
-Y... por momentos pensás que sos un gran perdedor. Pero si tenés el objetivo claro, te recuperás. Y nosotros estábamos obligados a recuperarnos para el Mundial.
-¿Esperaban el tercer puesto?
-No teníamos ni idea. Creo que con pasar la primera rueda ya nos conformábamos, pero en realidad no conocíamos demasiado. Si hasta un día antes del Mundial no sabíamos si iba a ir gente a la cancha.
-Pero fue.
-Sí, qué locura. En el segundo partido no podíamos ni llegar al estadio de tanta gente. Y cuando salíamos a la cancha no veíamos al que corría delante de nosotros, por los papelitos.
-¿Con el técnico (el coreano Sohn) se llevaban bien?
-No terminamos bien, porque él se peleó con la confederación y terminó por trasladar sus problemas al equipo. Igual, para nosotros era Dios.
-¿Aquel fue el mejor equipo que integraste?
-Diría que fue el de Seúl. La diferencia fue que en el 88 nos preparamos para subir al podio. Fuimos a jugar con un objetivo claro.
-El partido por la medalla de bronce en el 88 fue ante Brasil. ¿Cómo afrontaron un clásico para el que no eran candidatos?
-Hablamos antes del partido. Nos dijimos que era la única oportunidad de nuestras vidas. Que ellos siempre nos ganaban e incluso que ellos sabían que nos ganaban, pero que esa vez teníamos que ganar nosotros. Y jugamos el partido de nuestras vidas, nomás. Yo me perdí casi todo el cuarto set por una descompensación. Pero volví y jugué el quinto. No me lo olvido nunca más.
-¿Por qué renunciaste después?
-En el 90 fuimos al Mundial de Brasil y terminamos sextos. Nosotros apuntábamos al podio, y no haberlo alzanzado fue una desilusión demasiado grande. Encima, se dio de una manera especial porque inventaron un sorteo nuevo cuando vieron que Brasil podía cruzarse con Italia o Cuba, los grandes candidatos. Al final, nos tocó Italia y perdimos. Estábamos tan calientes que dijimos de todo, que el sorteo nuevo se había hecho en la habitación del técnico brasileño... fijate que si después no nos suspendieron fue porque debíamos tener razón.
-Y volviste en el 99, en un grupo nuevo para vos.
-Sí. No fue fácil, porque el grupo ya estaba formado desde hacía años. Al principio estaba eso de ver cómo me recibirían. Pero me enganché bien. Lo que pasa es que este grupo nuevo había vivido muchas cosas de fama que yo, aun con las medallas, nunca había vivido. A mí me cuentan los pibes que en el 95, después de los Panamericanos, hubo un cambio muy importante por la mediatización. Con esa medalla dorada se hicieron todos famosos.
-Y vos, ¿cómo manejaste tu fama?
-Aquello nunca fue lo de hoy, eh. Pero igual, ni me creí lindo porque las minas pudieran perseguirme ni me costó diferenciar a los amigos de los que se acercan por conveniencia. De todas maneras, hoy sería más difícil. Nosotros no éramos tan famosos.

