La leyenda de Vito Dumas: navegar es preciso

Ezequiel Fernández Moores
Vito Dumas
Vito Dumas Crédito: Twitter
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21 de agosto de 2019  • 00:01

Es el 1° de setiembre de 1945 y Vito Dumas inicia el tercer y penúltimo de sus cuatro grandes viajes. El navegante solitario parte con el Legh II de Buenos Aires a Nueva York. La llegada se complica. Primero, "un avión de combate", escribe Dumas, "deja caer un voluminoso objeto" que podría haberlo enviado "al fondo del mar". Dumas, acaso exagerando, creyó siempre que "fue un acto intencionado" de Estados Unidos "para amedrentarlo", porque el Legh II llevaba bandera argentina y un día antes, 4 de junio de 1946, había asumido como presidente Juan Domingo Perón. Y luego un remolcador "ignora por completo" su pedido de auxilio. Dumas lleva treinta horas sin dormir. Decide lanzarse otra vez al mar abierto.

Son dos mil millas por el Atlántico Norte hacia las islas Azores, sin carta náutica ni comida suficiente. No puede recalar en Madeira, Canarias ni Cabo Verde. El hambre acosa. Todo se vuelve hostil. El barco se va "trasformando en un ataúd". Escribe que siente deseos de abrir las esclusas y hundirse. Lo salvan desde el barco español Serantes con alimentos y bebida. Retoma hacia Brasil. Atraca cerca de Ceará. Doble cruce del Atlántico. Ciento seis días en el mar. Veinte kilos menos. En el hotel lee una revista que habla de su muerte. "Desaparecido en el Caribe". Llega a Buenos Aires un año y medio después. 20 de enero de 1947. Lo reciben apenas unos amigos. Perón es presidente. Rodolfo Petriz, director de "El Navegante Solitario", cuenta con maestría la historia de Dumas. Historia de locura, odio y olvido. Tiempos de Perón. Y de antiperonismo.

El primer viaje de Vito Dumas fue el 13 de diciembre de 1931. Sin haber navegado jamás antes en mar abierto, Dumas quiere unir Europa-Buenos Aires. Ningún navegante solitario lo hizo antes. Parte desde Arcachon, Francia, en un viejo velero construido en 1912 y que lleva cuatro años tirado en un astillero. Tempestad furiosa, diez grados bajo cero, hambriento y sin ropa seca, Dumas llega extenuado a Vigo. Navega luego más de 4500 millas náuticas por el Atlántico. No está solo. El Arco Iris, "símbolo de unión entre Dios y los hombres", es su poesía. El crujir de la madera su música. Las corrientes le impiden tocar tierra en Río de Janeiro. Dormido, vara cerca de Río Grande do Sul. Lo rescata la marina brasileña. Con la madera del Legh I ya podrida, arriba a Buenos Aires el 13 de abril de 1932.

Una década después, 1° de julio de 1942, parte con el Legh II. Desde Montevideo a la primera etapa en Ciudad del Cabo. Lleva apenas diez libras prestadas. Son 4200 millas náuticas, 55 días bajo temporal permanente, olas de 15 metros, sin electricidad, bengalas ni balsa salvavidas. Y el temor a tener que amputarse el brazo derecho infectado. Tiempos de Segunda Guerra Mundial. Es interceptado por un submarino alemán. Sigue hacia el cabo de Buena Esperanza. El Océano Indico lo recibe con ciclones, vientos de más de cien kilómetros por hora, olas como murallas. Sin agua y con escorbuto arriba a Wellington. Mitad del mundo cubierta, 104 días en alta mar. Es el primer navegante solitario que cruza las 7400 millas de Sudáfrica a Nueva Zelanda en línea recta por la "ruta imposible" de los cuarenta bramadores. Vientos y aullido permanente. Suma 5200 millas por el Pacífico. Arriba a Valparaíso. Dobla el Cabo de Hornos, cementerio de muchos barcos. El 8 de agosto de 1943, más de un año después, llega a Buenos Aires. Una multitud recibe al "domador de olas", como lo llama Crítica. El Legh II llega al Luna Park. Francisco Canaro le dedica un tango. El mundo celebra su hazaña.

Cuarto y último viaje. La obsesión de Nueva York. Siete mil millas. Ahora con el Sirio, su velero más pequeño, él 55 años. Parte el 23 de abril de 1955 para evitar los ciclones. Extenuado tras 106 días de navegación, sediento, con disentería (bebió agua salada), tiene que hacer escala en Bermuda. Se repone y parte el 10 de setiembre. Lo recibe el Ione. El huracán sube a 150 kilómetros por hora. A las dos semanas, tras 117 días de navegación, llega por fin a Nueva York. "Adelgacé veinte kilos y tengo el rostro de un viejo decrépito". Dumas cuenta que lo salvan dos médicos argentinos. Lo peor está por venir. "Navegar es preciso, vivir no es preciso". Es Caetano Veloso que retoma a Fernando Pessoa. Navegar, nos dice el poeta portugués, es cálculo. La vida no. "Vivir no es preciso, lo que es necesario es crear".

Es un intruso en un mundo de botones dorados. Un fotógrafo de matrimonios y profesor de natación en GEBA que supera apenas con un velero los viajes de oficiales de apellidos aristocráticos. Autor de cuatro libros, muy religioso, Dumas fue también uno de los emblemas deportivos de Perón, que lo designó teniente de navío y le dio una Escuela Náutica. A su vuelta, con Perón ya derrocado, sufrió comisión investigadora, humillación y olvido. Mufa. Innombrable. Aquellos que lo recordaron en años difíciles, familia y amigos navegantes sintieron justicia en el último BAFICI, cuando Petriz presentó su película, que ojalá pueda llegar al Gaumont. Una persona que dijo cuidar y limpiar diariamente la placa que recuerda a Dumas en Vicente López contó en aquella noche del Bafici que, en general, nadie que pasa por allí sabe quién es "salvo un matrimonio alemán". La placa dice "Vito Dumas. El Navegante Solitario".

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