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El ex futbolista Félix Loustau, brillante puntero izquierdo e integrante del recordado conjunto de River conocido como La Máquina, uno de los más exitosos de la historia del fútbol argentino, murió ayer en Avellaneda, a los 80 años, como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio. Sus restos son velados en la cochería Néspola, Crisólogo Larralde 3226, en Sarandí, y serán inhumados hoy, a las 15.30, en el Cementerio de Avellaneda.
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Alguna vez aclaró que, pese a la cantidad de vueltas olímpicas que dio con River y con el seleccionado argentino, el momento más feliz de su carrera fue cuando se fue a probar al club de Núñez, en 1939. Es que aquel joven, que venía de no ser aceptado en Racing por su físico diminuto y su reducida altura, llevó los sueños desde su Avellaneda natal hasta uno de los principales clubes argentinos con sólo 17 años. Y ese primer día, casi sin darse cuenta, empezó a cumplirlos.
Entró en el Monumental convencido de que iba a ser parte de un picado con los chicos de las divisiones inferiores, pero la emoción lo envolvió. En la cancha se estaban entrenando Labruna, Moreno, Pedernera, Vaghi, Minella... Lo pusieron al lado de Moreno y aunque por única vez le temblaron las piernas, cumplió. Su intención era jugar de volante, pero Renato Cesarini lo hizo cambiar de idea. Así nació el wing izquierdo que, con el tiempo, se ganó el corazón de los hinchas millonarios.
Con Loustau pegado a la raya, empezó a formarse una de las más efectivas, vistosas y contundentes delanteras de las que tenga memoria nuestro fútbol: La Máquina, que perpetuó en la memoria colectiva cinco apellidos que surgen espontáneos en cada conversación futbolera y que nadie desconoce: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Este último, ya conocido como Chaplin por su parecido con el legendario cómico, no tardó en abrir su abanico de virtudes para regocijo de los hinchas más exigentes.
Sucesor natural en el gusto de la gente de otro gran puntero, Enrique Chueco García, figura de Racing, Loustau tuvo una gambeta endiablada, frenos constantes e inesperados, gran resistencia física y una velocidad que desairaba al marcador de turno. Fue el primer ”ventilador” de nuestras canchas, ya que nunca renegó de colaborar con los defensores cuando la situación así lo requería. Se entendía a la perfección con Angel Labruna, pese a que éste era el delantero de La Máquina que menos bajaba. No obstante, siempre destacó la capacidad de Pedernera y Moreno. “Nunca vi dos físicos tan extraordinarios. Ellos hacían el doble del desgaste de cualquier persona normal. Si yo les hubiese seguido el ritmo, estaría enterrado hace veinte años...”, dijo a mediados de los setenta. Atrás quedaba un campeonato ganado tras otro, hasta llegar a los ocho con la banda roja.
Por aquellos días, los simpatizantes de paladar más exigente coincidían: nadie hubiese protestado si la AFA le agregaba “un plus al valor de las entradas cuando jugaba Chaplin”. Con él, decían, el espectáculo siempre estaba garantizado. A la vuelta de los años, con su humildad a cuestas, en una entrevista con LA NACION, en 1996, dio a entender que Moreno fue la gran estrella de aquel conjunto de excepción. “Ni Pelé ni Maradona. Moreno fue el más grande jugador de todos los tiempos. No tengo dudas: el Charro fue superior. No sé cómo hacía para jugar tan bien”, expresó con convicción.
En el seleccionado nacional, le alcanzó con menos de una treintena de partidos para bañarse de gloria. Tres campeonatos sudamericanos ganados en forma consecutiva dejaron testimonio de ello. Todos logrados con la jerarquía que el fútbol argentino mostró en su época de oro. Siempre invicto, sin dejar dudas. Forzando sólo dos empates en 18 cotejos. El hecho de que aquellos torneos se hayan jugado en un período vacío de Mundiales (1939-1949) no permitió que el planeta observase la calidad de Loustau. Una injusticia que ni siquiera el brillo de esas mismas conquistas continentales alcanzó a enmendar.
La década del 50 encontró a Pistola (tal su otro apodo) en su plenitud. Seguían los goles, las gambetas, las frenadas... sus compañeros no eran los mismos, pero su estilo sí. El recambio generacional hizo que a su lado estuvieran Vernazza, Prado y Walter Gómez. Apellidos tan célebres como los de los 40. Y siempre nuevas conquistas jalonando una trayectoria envidiable.
Después de los tres títulos conseguidos en forma consecutiva (55-56-57), se fue de River. Algo impensado, ya que siempre sostuvo que iba a retirarse en el club que lo consagró. En Estudiantes, ya veterano (36 años) intentó seguir desparramando rivales. Pero ya no le resultaba tan fácil. Jugó sólo nueve partidos y dijo basta. Lo esperaban algunos clubes del interior, donde dictó cátedra y mostró parte de su frondoso repertorio, antes de incorporarse a la escuela de técnicos de la AFA.
En 1984 dejó de ir a las canchas. Lo alejaron la violencia y un fútbol con el que no comulgaba. Nadie pudo reprocharle nada. Si al fin de cuentas, ya lo había entregado todo.
Nombre : Félix Loustau
Fecha y lugar de nacimiento : el 25 de diciembre de 1922 en Avellaneda (Pcia. Bs. Aires)
Debut en primera : el 28 de junio de 1942, en River (River 1 v. Platense 0)
Trayectoria : River (1942-57) y Estudiantes de La Plata (1958).
Partidos en primera : 374 (365 en River y 9 en Estudiantes).
Goles : 101 (todos en River).
Partidos en el seleccionado : 27, con 10 goles.
Títulos : 11. Ocho con River: 1942, 1945, 1947, 1952, 1953, 1955, 1956 y 1957. Tres con el seleccionado argentino: Sudamericano de 1945, en Chile; 1946, en Buenos Aires, y 1947, en Guayaquil.
Cuando aquellos que vieron jugar a Félix Loustau hacen referencia al puntero izquiero de La Máquina, la coincidencia surge espontánea y el reconocimiento no se hace esperar: Chaplin fue el mejor en su puesto.
Oscar Sastre, de 82 años, hermano de Antonio, y también jugador de Independiente, recordó lo difícil que era ponerle freno. “Yo lo marqué durante nueve años y no tengo dudas: no había otro wing izquierdo como él, era fabuloso. En su repertorio tenía un recurso que nunca le fallaba. Se lanzaba a la carrera y después frenaba de golpe cuando menos te lo esperabas. Era impredecible y te hacía pasar unos papelones bárbaros...”
Por fortuna para él, Sastre también lo tuvo como compañero en el conjunto nacional. “En 1947, cuando fuimos a Guayaquil a jugar el Sudamericano, hizo algo de lo que no me voy a olvidar nunca. Enfrentábamos a Bolivia y en una jugada se llevó la pelota hasta una esquina. Durante un minuto tuvo a un defensor de acá para allá, tirándole caños y pisándola sin que el marcador pudiese pararlo. ¡No lo podíamos creer! Loustau era así. Tenía la condición natural de aquellos que se formaron en los potreros”, dijo.
El uruguayo Walter Gómez, otro ídolo riverplatense y compañero de Loustau en los comienzos de los cincuenta, recordó que los hinchas se divertían viendo jugar a Chaplin.
Consultado sobre si fue el mejor puntero, fue concreto: “No hubo nunca un 11 como él. Fue el mejor de la Argentina y uno de los mejores del mundo. Fue completo en todos los aspectos”.

