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Percibo algo así como una sensación de vahído. Es raro. No puedo explicarla. De pronto, todo se me clarifica y siento unos enormes deseos de sonreír...
Veo un fútbol sin violencia; con respeto. Se juega adentro y se disfruta o se sufre afuera, pero racionalmente. Recuerdo vagamente que una vez existió una Fundación Juego Limpio que, con sus presentaciones, movilizó a un juez admirador del tenis a poner en jaque a la AFA y a todo el negocio que gira en derredor del fútbol. Ahora eso no existe. Las hinchadas no se roban banderas, la pirotecnia -lamentablemente- sólo sigue utilizándose en Nochebuena o Año Nuevo y Agremiados convoca a una asamblea para realizar el balance de un ciclo exitoso y agradecer la colaboración de la Justicia para erradicar riesgos y proteger las fuentes de trabajo.
Enciendo la TV y observo la repetición de un gol de Diego Latorre, vistiendo la camiseta de Racing, a Boca, la entidad en la que se forjó profesionalmente. Y me provoca satisfacción que clave la vista en el césped y no festeje la conquista; que junte sus manos como pidiendo disculpas, con una sonrisa cómplice. Con altura. La misma que tuvo la hinchada xeneize al aplaudir el ingreso de su ex goleador y despedirlo con una ovación cuando deja la cancha.
Hojeo el diario y siento en la piel las vivencias de grandes figuras del tenis que disputan un torneo de veteranos en Punta del Este. Yno puedo evitar una fugaz carcajada imaginando las humoradas de José Luis Clerc y el cordobés nacionalizado peruano Pablo Arraya, dos típicos exponentes de la línea tenis-show que cultivaron Ilie Nastase y Yannick Noah. Yme digo:"¡Qué pena no haber estado anoche allí! ¡Qué suerte los que están de vacaciones en el Este y pudieron optar por ese programa!".
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Otra vez ese vahído. Yel portero eléctrico que suena -era el afilador- justo cuando estaba repasando los números que salieron en el loto millonario, con un solo ganador. Reacciono y me doy cuenta de que dormité fugazmente en el sillón del living. Acababa de pecar de soñador. Involuntariamente.
Retomamos la realidad. De la violencia y sus entretelones (absurda huelga incluida) ya hemos hablado bastante; también, de la insensata reacción de Latorre, más allá de los insultos de la gente que tantas veces gritó sus goles, en especial los que, seguido, le convirtió a River. Queda pendiente ese horroroso espectáculo que dieron, anteanoche, Batata Clerc y Arraya. Yno es bueno que se diluya así nomás.
Es cierto que Clerc se arrepintió, pidiendo disculpas a público y organizadores, pero no es normal que haya respondido con un salivazo a las cargadas y provocaciones gestuales del rival. Conociéndolo y habiendo compartido muchas de las bromas que lo acompañarán hasta la senectud, me llama la atención cómo se descarriló. Ysi el peruano se excedió en la dosis de intemperancia, Batata, sabiendo como fue, es y será su rival, debió tomárselo con mayor control; poniendo orden con medios civilizados. Si Arraya perdió el tren de la historia y se quedó colgado en algún partido de la Copa Davis, buscando repercusión a los 40, es un capítulo de la particular novela de su vida. Difícilmente sea recuperable. Pero ni la gente, ni la organización, patrocinantes y el deporte blanco en sí merecían tal afrenta. Aunque se haya apelado a los caminos conductivos a la redención.
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Qué lindas sensaciones me habían dejado esos minutos de relampagueante descanso! El afilador sigue su derrotero y vuelvo, presuroso, a ver los números del loto. Nada nuevo bajo el sol. O sí:la certeza de que, en el sueño, ganaba...



