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En la terraza del club Huracán, el gimnasio permite paladear los fantasmas del legendario Ringo Bonavena. Una bolsa desvencijada se abolla con los golpes de un grandote al que apodan Tyson. Sobre una tarima de madera, una morocha de actitud felina se entretiene saltando una soga. Marcela Acuña es la única mujer en un grupo de varones de narices chatas.
La Tigresa, como se la conoce, es la única boxeadora argentina con experiencia, que recibirá la licencia profesional a partir de que, esta tarde, quede reglamentada la actividad en nuestro país. "Es una oportunidad que venía esperando desde hacía tres años. En un principio iba a ser la única profesional, pero tras una reunión con Osvaldo Bisbal (presidente de la FAB), otras chicas podrán presentar sus antecedentes para gestionar una licencia", explica entusiasmada.
Ramón Chaparro la mira embelesado. Ramón tiene 47 años; es el técnico y el marido de Marcela, de 24. Ambos se conocieron en Formosa, en el gimnasio que él poseía, donde la Tigresa ingresó por primera vez a los 7 años para practicar full contact. "A los 12, ya era cinturón negro y a los 14, campeona sudamericana", cuenta Ramón. ¿Algo más? Cuando ella tenía 15 se fueron a vivir juntos y un año más tarde nació Maximiliano, que hoy tiene 8 (además, tienen otro hijo, Josué, de 6).
No es fácil para Marcela. Ser ama de casa y, encima, boxeadora, una actividad no muy bien vista por el ojo machista (no sólo el del hombre, que quede claro). "A la gente le llama muchísimo la atención cuando digo lo que hago", dice quien tuvo su momento de fama en diciembre de 1997, cuando viajó a Miami para medirse con Christy Martin, la estrella del momento. Marcela perdió por puntos y también cayó al año siguiente con la holandesa Lucia Rijker. Sin embargo, ella está convencida de que fueron experiencias muy positivas: "Es mi carta de presentación, porque peleé con las dos mejores del mundo. Aunque decían que estábamos locos, nadie me puede discutir que perdí por puntos con la campeona del mundo y que estuve a punto de ganarle".
Aquella pelea con Martin le trajo más celebridad que otra cosa a la Tigresa. Recuerda su marido que, mientras que la norteamericana se llevó 150.000 dólares, la formoseña embolsó apenas 4000.
Hace un año Marcela y Ramón dejaron atrás Formosa y se instalaron en Villa Dominico. La rutina de salir a correr todas las mañanas le deparó más de una anécdota a la Tigresa. "Dos veces tuve que reaccionar en la calle. Cuando estaba embarazada de tres meses, a uno le metí una mano al hígado y cayó redondo; después no pudo ni siquiera mirarme. Luego, con otro ocurrió algo hace dos años, un día muy temprano. Yo estaba corriendo y me empezó a decir cosas vulgares. Le dije: ¿qué te pasa? y, cuando se acercó, le puse una mano en el mentón y chau", sonríe.
Como no tiene oponentes de su mismo sexo, Marcela se dedica a guantear con varones. "Aunque es difícil de sobrellevar, a mí me conviene porque de ellos aprendo. De por sí, un hombre tiene más condiciones que cualquier piba. No te creas que se contienen;al contrario, de entrada siempre tratan de intimidarme. Pero si no me gustara cobrar no estaría en esto", señala.
No tiene representantes ni sponsors. Recibe el apoyo de la gobernación de Formosa y está en tratativas con Fila, la firma de indumentaria deportiva. Sin embargo, el promotor Osvaldo Rivero les prometió que, cuando Raúl Balbi pelee por el título liviano AMB, incluirá a Acuña en la cartelera.
Consciente de ser la pionera del boxeo femenino en nuestro país, la Tigresa -apodada así por su propio marido por su estilo de pelea- transita horas de expectación. Acuña dejó atrás su Formosa natal, apostó a un amor poco ortodoxo y a una pasión que parecía incompatible con una mujer:la del mundo de los puños. Ahora va por más.


