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Boca hizo grato el inhóspito domingo de Buenos Aires. Ese Boca que tanto tardaron en detectar los fanáticos que siempre están de prisa -el Boca de La Volpe, el equipo repleto de ideas que a veces juega poco pero sabe ganar, verbigracia Jujuy, o luce espléndido en partidos como el de hace dos días- extasió a sus hinchas, les ayudó a "ver" más fútbol- no mas lindo, no tonteras- y los catapultó a la gloria anticipada. La que sepulta fecha a fecha el andar no menos extraordinario de Estudiantes, esperanza de sábado, desencanto del domingo, expectativa que abofetea la tabla de los lunes.
El gran triunfo pincharrata ante Racing, y las nubes de presagio que acompañaron la llegada a la Bombonera, amenazaban a los hinchas xeneizes. Y cuando el gol de penal de Fernández, ese cielo negro y cercano, el viento arremolinado y molesto, parecía hacer mella en el humor del estadio. Pero había un segundo tiempo: cuarenta y cinco minutos de toque y rotación, de sociedades exitosas como las de Morel y Dátolo, Ibarra y Palacio, Silvestre y el Cata, de Gago con todos, de físico superior, de mentalidad más fuerte. Y Colón, triturando sus toques colombianos por la presión sin pausas de Boca, marginados los delanteros en celdas lejanas a Totono y Giovanni, superados los defensores por la velocidad endemoniada de Palacio, entendió muy pronto lo que resignación quiere decir.
Son botellas, las que se hacen de un soplo, no equipos de fútbol. Ahora que lo tiene y lo disfruta, el aficionado boquense debería mirar hacia atrás, aprender la lección que le propina La Volpe: le pidieron que robara su sueldo, que se sentara al borde del camino a mirar un equipo que como todo en la vida, alcanzó la cresta y bajo con la ola, una decadencia lenta, invisible a los ojos del apasionado en las tardes de victoria. Devolvió, en cambio, el hervor de una historia renovada: atizó las potencialidades de los jóvenes del plantel, resucitó -como con Dátolo, este domingo- capitales muertos del club, tomó riesgos y en vez de quedarse en la pequeña apuesta del que va a lo seguro, se lanzó a quebrar la banca. Un hombre que repudia la comodidad, que denuncia sin sutilezas el vil negocio de Boca vendiendo a Rusculleda por 130 mil dólares a esos grupos inversores de los que desconfían hasta los incautos. Un hombre que puede hacer historia, como la de Bianchi o la de Lorenzo, pero recorriendo el andarivel de sus propias convicciones.
Quien escribe se tiene que bancar el hecho de no hacerse entender debidamente. Sin embargo, es parte del vértigo de las lecturas que sólo buscan la complicidad servil del elogio, haber entendido que la presencia de Grondona en el ultimo artículo debilitaba el aprecio por este fútbol de Boca, cuando en realidad, se recurría a un simple encadenamiento de los hechos para abarcar en el comentario de un partido, los sucesos extraños, contranatura, de ese domingo que termino con la buena victoria en Jujuy, al cabo del sainete de los jugadores y los dirigentes martillando sobre la credibilidad del fútbol. Si esto sucede con una simple nota que intenta evadirse de lo que decenas de comentarios ofrecen cada lunes, cual no sería el infortunio de La Volpe si sus méritos se estrellaron más seguido ante la buena tarde de un arquero, o los tiros de ayer, todos a un rincón imposible, dieran en los caños.
Ahora, caminar entre los hinchas cuando salen de la Bombonera es una experiencia que merecerían los oídos de La Volpe. Cuanto aprendió esa gente en unas pocas semanas. Que bien hablan de fútbol, como disfrutan, si caminan de la mano del triunfo, de las lecturas más exigentes a las que les obliga el equipo. Los turistas que van a ver la fiesta loca del fútbol en las tribunas, percibieron que en la cancha, también había motivos para celebrar la vida.
Las hijas de Bush en uno de los palcos de Boca, pudieron constatar que ese esfuerzo extraño de jugar a la pelota con los pies, tiene un encanto que vale la pena descifrar. Han vivido mucho esas chicas en estos días. Carne rica, punguistas intrépidos, gente linda, tango en las calles de San Telmo, y fútbol en la Bombonera. No se pueden quejar: descubrieron el fascinante juego el mismo día que Diego descubrió su monumento. Y con una mano en el corazón, como Diego en la estatua, estarán diciendo gracias.
<b> Barrilete Cósmico. </b>



