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Hasta diciembre último, Alejandro Lanari fue un integrante más del plantel de Boca. Un mes más tarde se transformó en el médico de Almagro. Así de rápido, como por arte de magia para quienes no conocen su historia o como producto de un enorme sacrificio para sus más allegados, el arquero sufrió esta llamativa metamorfosis laboral.
Obviamente, Lanari no se recibió en la Facultad de Medicina de la UBA en sólo 30 días. Su otra pasión había nacido mucho tiempo antes, cuando estaba en la secundaria. "Siempre quise ser médico, desde chico. El fútbol surgió como un complemento de mis estudios", confiesa.
Para ser un futbolista profesional se necesita una dedicación exclusiva, y para terminar una carrera también. Cuando Alejandro pasó de Deportivo Italiano a Rosario Central le quedaban algunas materias por rendir. Jugaba en Rosario y estudiaba en Buenos Aires. ¿Imposible cumplir con ambos objetivos? De ninguna manera, al menos para él. Fue campeón con los Canallas y más tarde obtuvo el ansiado diploma.
"Fue una etapa increíble. A escondidas, me tomaba un ómnibus en Rosario, a las 4.30, y me bajaba en Puente Saavedra. Desde ahí iba en colectivo hasta la facultad para cursar dos materias que eran obligatorias. Antes de volver llamaba por teléfono a mi mujer, que estaba embarazada de 9 meses, porque en caso de urgencia me subía a un avión. Llegaba a entrenarme a las 16, media hora antes de que empezara la práctica", recuerda y se emociona.
Ya recibido y acostumbrado a ir de un lado a otro, Lanari pasó a jugar en Universidad Autónoma de Nueva León, de México. Los dirigentes aztecas le dieron la posibilidad de realizar la especialización en medicina deportiva. "A ellos les interesó que en el club hubiese un profesional y a mí me gustó la idea porque iba a crecer en lo personal. Aparte sabía que en la Argentina eran muy pocos los especialistas. Allí aprendí de todo. Trabajé con muchos deportistas y gané experiencia", dice al mismo tiempo que le da turno a un lesionado.
Después del paso fantasma por Boca -"Firmé contrato cuando ya estaba retirado y nunca jugué un partido"-, aceptó la propuesta de su ex entrenador en Argentinos Juniors y actual técnico de Almagro, Jorge Olguín, y arregló con el club. No como jugador, sino como médico. En su memoria hay varias anécdotas, que según su mirada parecen estar siendo proyectadas como una película en el techo recién pintado del consultorio del estadio. Los pedidos de un diagnóstico oculto de sus compañeros en la época de jugador se mezclan con los picados de estos días de delantal blanco.
A los 37 años, sus días de profesional transcurren entre la clínica especializada en lesiones deportivas que posee en El Palomar y la entidad de José Ingenieros. Sus momentos personales los reparte con Victoria, su mujer, y sus tres hijos, cuyos orígenes cambian de acuerdo con la carrera de Alejandro: Estefanía, 11 años, porteña; Fernando, 7, rosarino, y Rosario, 3, mexicana. La lectura es su pasatiempo favorito, "sobre todo las publicaciones médicas". Muchas cosas lo emocionan. Es capaz de darle más trascendencia a la satisfacción que le produce la mejoría de un paciente que a un logro deportivo, como el ascenso con Italiano en el ´86, el título con Central del ´87, la Copa América de Chile del ´93 con el seleccionado nacional y el ascenso con Argentinos del año último. Entonces, no hay motivos para no creer en sus palabras: "Yo jugué al fútbol por casualidad. En realidad, siempre quise ser médico". El médico del fútbol.



