

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
PARIS.- Cuando Marco Pantani se paró en el podio sobre Champs Elysées, con esa típica imagen del Arco del Triunfo a sus espaldas, no sabía bien lo que ese triunfo significaba. Se trataba del final del Tour de Francia de 1998 y nadie, ni siquiera el italiano, era capaz de intuir que una nueva era estaba por comenzar; que un ciclista que no participó de la carrera ese año, que apenas la había corrido en dos oportunidades, tendría el talento, la fortaleza y la inteligencia para convertirse en el más ganador de la competencia más importante del calendario. ¿Quién era Lance Armstrong en 1998, cuando Pantani se consagraba con la camiseta amarilla? Pocos lo tenían en cuenta. Sí, había sido una promesa en los primeros años de la década del 90, pero se había quedado en eso, como tantos otros. Todos sabían, entre sus compañeros y rivales, que el cáncer lo había castigado, que estuvo un año y medio luchando contra esa enfermedad y que, contra los pronósticos, había vuelto a la actividad. Claro, Lance ya triunfó, pensaban; pero ninguno jamás imaginó lo que el texano estaba por conseguir.
Quizá Armstrong haya meditado acerca de eso cuando ayer se subió al mismo podio que Pantani hace ocho años, el mismo que él visitó por séptima temporada consecutiva. Son siete títulos en el Tour de Francia, una cifra que nunca nadie consiguió. El norteamericano instauró una hegemonía en la competencia ciclística por antonomasia. Y lo hizo después de haber renacido del dolor y la agonía. Ahora, con ese número mágico ligado a su apellido para la historia, el texano dice adiós. Se retira, como lo anunció a comienzos de la temporada. Se va como lo hacen los grandes, campeón, imbatido, dueño de una superioridad aplastante. Se va, entre otras razones, por esos tres chiquitos que subieron con él al podio: para estar más tiempo con sus hijos, Luke, Isabelle y Grace.
"Papá, ¿vamos a casa a jugar?", cuentan que le dijo su primogénito, de 5 años, apenas bajaron de la premiación. Será éste el momento de disfrutar de la vida, de no exigirse por ser el mejor. Ese fue siempre el motor para Armstrong. Desde que comenzó a andar en bicicleta, cuando tenía la edad de Luke, o cuando se convirtió en profesional: su primera carrera fue en 1992, en la clásica San Sebastián. Salió último entre 111 participantes. Pero no se dio por vencido, y la ganó en 1995. Dos años antes, con apenas 21 años, se consagró campeón mundial de ruta, en Noruega.
Sin embargo, le llegó aquel golpe el 2 de octubre de 1996; ese día le diagnosticaron cáncer testicular. La enfermedad se le extendió a los pulmones y el cerebelo. Luchó y salió. Y volvió para ser el mejor. Desde entonces, su vida fue color amarillo, el tono que distingue a los mejores de la competencia francesa. El resto es historia conocida: el regreso al Tour de Francia (un año más tarde que Pantani, fallecido en circunstancias poco claras en febrero de 2004) lo encontró vencedor. Para el mundo, era un relato que superaba la hazaña deportiva; era el milagro de la vida y la recuperación hecho carne en Armstrong. Se repitió en 2000, y todos seguían asombrados por su vuelta. Pero en los siguientes, se empezó a vislumbrar que el norteamericano era un dotado, que estaba llamado a ser historia. No se detuvo en el quinto título, para igualar a Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain. No, los superó a todos en 2004 y ayer sumó el séptimo.
Este año volvió a demostrar sus cualidades, aunque fue más conservador. Ganó la contrarreloj individual, anteayer; en las etapas previas se dedicó a cuidar sus fuerzas y evitar que sus principales adversarios se le escaparan. Y, pese a ello, su dominio fue tan abrumador como en sus triunfos anteriores, siempre sustentado en un equipo que trabaja para ayudarlo y protegerlo. Su capacidad para demoler rivales le generó miles de fanáticos en todo el mundo, aunque también detractores. Estos últimos dicen que es frío, que parece una máquina, que hizo aburrido el Tour. Hay quienes, incluso, piensan que su historia es demasiado bella para ser cierta, que una recuperación como la suya sólo puede ser sostenida por la ingesta de sustancias prohibidas. La sombra del doping se cierne sobre él desde su primer éxito, pero nunca pudo ser comprobado. Sin embargo, muchos enfermos terminales encuentran en Armstrong un ejemplo de que superar la enfermedad y llevar una vida normal es posible. Acaso para él, ésa sea su principal satisfacción.
La victoria de ayer, consumada ante cientos de miles de personas que se acercaron a ver el último recorrido profesional del campeón, tiene otros dos nombres que también se repitieron las siete veces: Johan Bruyneel, el jefe de equipo del Discovery Channel, el estratega y amigo de Armstrong, y George Hincapié, principal ladero de Lance y confidente desde que eran adolescentes. Sin ellos, suele admitir, nada de esto podría ser posible.
El retiro del campeón abre un buen número de interrogantes; el principal, respecto de su sucesor. Hay varios candidatos para recoger la corona que deja Armstrong: el italiano Ivan Basso, símbolo de una nueva generación, que concluyó segundo en el Tour 2005; el alemán Jan Ullrich, el hombre siempre postergado por Lance, el que más sufrió su hegemonía, que sigue dispuesto a sumar su segundo Tour; el ucranio Yaroslav Popovych, el joven en el que están depositadas las esperanzas del equipo Discovery Channel; o Alexandre Vinokourov (ganador de la etapa de ayer), Alejandro Valverde, Francisco Mancebo...
Sin embargo, para muchos no habrá nadie que pueda superar lo del norteamericano; o, al menos, pasará mucho tiempo antes de que alguien se le acerque. La experiencia, empero, indica otra cosa: en 1995, con el retiro de Miguel Indurain, la marca de cinco Tour consecutivos parecía inalcanzable, y sólo pasaron cuatro años hasta que surgió la figura de otro héroe.
Lo único seguro es que, el año próximo, el Arco del Triunfo será testigo de otro rey. Será un año difícil para el Tour. En este tiempo de dominio, la figura del norteamericano opacó el interés por la competencia; recuperar la atención del público sin el texano no será sencillo. Incluso, la valía del nuevo campeón quedará algo disminuida. Porque Lance Armstrong se retira en forma, dejando la sensación de que tiene capacidad para seguir batiendo récords. Pero ya dijo adiós. El gran monarca del Tour de Francia se despide con honores. Habrá que rendir pleitesía a este caballero de la bicicleta.


